9 de septiembre 2026

    9.Pero la Ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia.Ro.5:20

    Uno no puede honrar bien al que le quitó sus pecados, mientras su propio pecado y la santa Ley de Dios no lo presionen primero. Dios quedó reconciliado con nosotros por medio de Jesucristo (2 Co.5:19). Tambien nos dice por boca del profeta Isaías: “No me acordaré de tus pecados” (Is.43:25). Su misericordioso corazón arde de amor hacia todos los que redimió por medio de tanto dolor. Sin embargo, no pueden ser salvos ni desean huir a las “ciudades de refugio” (Nm.35:11), mientras no los acose el vengador de la sangre derramada. Por eso Dios, siempre tiene que fustigar, atemorizar y cansarnos con los Mandamientos y las condenaciones de la Ley. Como José, que ardía de amor hacia sus hermanos cuando éstos llegaron a Egipto (Gn.42:7), e inmediatamente resolvió hacerles bien, aunque primeramente les habló “ásperamente” por medio de un intérprete, y ordenó a sus hombres que los atasen, encarcelasen y atemorizasen a fin de ablandar sus corazones (vs.7-22). Así también nuestro Señor tiene que atemorizar, presionar, encarcelar y asustarnos por medio de su siervo e intérprete Moisés, o sea por medio de la Ley.

    “Pero sabemos que todo lo que dice la Ley, lo dice a los que están bajo la Ley, para que toda boca se cierre, y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Ro.3:19), esto “a fin de que abunde el pecado”, y quede revelada nuestra necesidad de un Salvador.

    En Romanos 7 el apóstol muestra cómo la Ley nos lleva a “abundar en pecado”. La Ley no sólo nos muestra nuestro pecado como un espejo. Por medio de sus prohibiciones, también despierta el pecado dormido en nosotros a la acción y lucha, a fin de que no siga oculto y el pecador no crea que está libre de pecado. Porque “yo sin la Ley vivía en un tiempo…” y “sin la Ley el pecado está muerto… pero venido el Mandamiento, el pecado revivió… y produjo en mí toda codicia”. En consecuencia, el pecador inmediatamente se siente miserable y perdido; el pecador que anteriormente estaba tan satisfecho consigo mismo; que se sentía tan seguro y virtuoso…

    Ahora la vida en pecado, que era tan deliciosa anteriormente, se le vuelve insoportablemente amarga; el extravío en tierra extraña le pesa como una pesadilla; la vida en la casa del Padre, en cambio, ahora le parece tan codiciable, que prefiere estar allí aunque sea como un pobre peón. Ah, ¡cuántos beneficios resultan de esa abundancia de miseria y pecado! Y esto no se produce por la falta de la Ley, sino por su presencia. Para este propósito sirve la Ley, y no para convertirnos en piadosos. Por favor noten y recuerden de una vez por todas lo que dicen las Escrituras: “La Ley se introdujo para que abundase el pecado” (Ro.5:20). Notemos que no dice, “para que el pecado sea eliminado”, sino “para que abundase”. Por eso, a partir del momento en que pretendo mejorar por medio de la Ley, me vuelvo peor. Cuando pretendemos conducirnos bien y santificarnos por la Ley, llegamos a ser cualquier cosa menos buenos y santos. Abunda el pecado señalado por la Ley. Queremos amar a Dios, pero sentimos sólo aborrecimiento, o al menos una inso portable indiferencia hacia todo lo divino. Cuando queremos ser bondadosos y humildes, la Ley nos hace hervir de amargura. Cuando queremos ser puros de mente y corazón, se suscitan toda clase de concupiscencias en nuestros corazones (Ro.7:8). Cuando queremos mostrarnos contritos y humildes, la Ley nos muestra que somos duros como una piedra, obstinados y arrogantes. San Pablo dice: “Hallé que el mismo Mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte”, “a fin de que por el Mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso” (Ro.7:10). Tales son los efectos reales de la Ley cuando obra en el corazón.

    Nos suele parecer absurdo y desubicado que un pecador reciba la gracia de Dios en medio de su miserable condición espiritual. Por eso normalmente nos volvemos a todos lados y buscamos otras salidas. Es decir, si la Ley no nos golpeó lo suficientemente fuerte, los pecadores podemos hallar alivio y consuelo en nuestras propias obras, en nuestro arrepentimiento, nuestra piedad, nuestra conversión, nuestra victoria sobre ciertos vicios, nuestra nueva vida religiosa, etc.

    De esa manera se forma un fariseo. Uno confía en sus buenas acciones, obras de caridad, actividad en la iglesia… Otro busca su salvación en sus penitencias, lágrimas, renunciamientos y muerte a las vanidades de este mundo; en su consagración y humildad… Un tercero cree poder dominar sus temores ocupándose en la lectura, la meditación, el aprendizaje de conocimientos claros y hermosos, sin vivir conforme a lo que ha aprendido. Entonces llegó la hora para la censura del Espíritu (Jn.16:8-11). El Espíritu Santo “convencerá” a todos esos falsos santos. ¿De qué? “De pecado, por cuanto no creen en Jesús” (v.9).

    El Espíritu Santo les dirá que, si bien hicieron todo lo que un pobre mortal es capaz de hacer: Hicieron tanta penitencia por sus pecados que incluso ”lloraron sangre”; estuvieron orando día y noche de rodillas; mortificaron su carne en la forma más severa, y resistieron hasta la sangre combatiendo el pecado (He.12:4); prohibieron a sus ojos ver, a sus oídos oír, y a su lengua hablar vanidades; le negaron a sus bocas gustar, y a sus cuerpos disfrutar lujos superfluos; repartieron sus posesiones a los pobres, y dedicaron sus vidas a la ayuda del prójimo; inclusive profetizaron en Nombre de Jesús, y en su Nombre hicieron muchas maravillas… pero, a pesar de todo ello, Cristo con sus heridas en las manos y en su costado les dirá. “¡Apartaos de Mí, malditos hacedores de maldad, al fuego eterno”, porque estabais cargados de pecado, y no creísteis en Mí! (Mt.25:41; 7:21-23; Jn.16:9).

    Sepámoslo de una vez por todas: Mientras los méritos de Cristo no llegen a ser los nuestros; mientras su justicia, sus oraciones, sufrimientos y su muerte no se nos acreditan a nosotros por medio de la fe, estaremos eternamente perdidos.

    Publicado por editorial El Sembrador