9.Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado (la perfección).Fil.3:13
Aquí podemos ver un ser interior fuerte y sano. Escuchemos al gran apóstol Pablo; dice que él mismo todavía no lo alcanzó. ¿Qué quiere decir? ¿Que todavía no había llegado a la fe, a la libertad, a la vida evangélica, y a la salvación en Cristo? No, porque escribió esta epístola a los Filipenses cuando ya había llenado toda la tierra con el Evangelio.
Si tenemos esto presente, y no obstante le oímos decir aquí: “Yo mismo no pretendo haberlo alcanzado ya”, quedamos perplejos y nos preguntamos: ¿Cuál debe haber sido el estado interior del apóstol? ¿Habla aquí en el nombre de otras personas? ¿Expresa la situación de un neófito (nuevo), en el cristianismo, de un hombre todavía inseguro de la gracia, que todavía no había ingresado por la puerta estrecha? ¡No! En los versículos 1 a 14 de este capítulo nos relata claramente su propia historia espiritual. Habla sólo de sí mismo. Y confiesa aquí con toda franqueza: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo alcanzado ya”.
La persona que pronuncia estas palabras no es un novato en la iglesia. Por el contrario, está a una altura espiritual que ciertamente nadie de nosotros alcanzó. El que hace esa confesión es el mismo apóstol que pudo decir: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gá.2:20). El mismo campeón de la fe que fue capaz de exclamar con voz triunfante: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Ro.8:35); el mismo santo en quien Cristo había sido formado como en ningún otro creyente; el que pudo exhortar con todo derecho: “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros” (Fil.3:17). Pablo confiesa aquí francamente que ni siquiera él había logrado entenderlo, ni había llegado a ser perfecto.
Más de un cristiano evangélico se quedará perplejo frente a esto. Y tenemos motivos para quedarnos así. Pero, al mismo tiempo entendamos el tema correctamente. Porque cuando San Pablo habla aquí de su imperfección, no habla de lo que él es ante Dios, gracias a Cristo. Al hablar de eso emplea otra expresión. Dice: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?… ¿Quién es el que condenará?” “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”; “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Ro.8:33-34; 5:1; He.10:14). En este sentido –ante Dios- San Pablo era perfecto. Cuando habla de su imperfección se refiere al estado de su corazón, a su relación interior con su Salvador, a su vida y conducta en la fe. En cuanto a eso admite no haber logrado todavía la perfección, no haber alcanzado todavía la meta por la que está luchando. Todavía no había comprendido cabalmente el secreto de la expiación de Cristo. Todavía no había encontrado todo el gozo y el aliento que buscaba y que la fe lleva al corazón. “Pues bien”- dirá alguien- “¿qué tiene de extraño esa humilde confesión? Porque ¿quién querría jactarse de ser perfecto, y de haber alcanzado ya la meta en su conducta cristiana?”
Pero, ¡qué nadie diga eso! Sin duda hay personas que se creen perfectas y ya no buscan progresar. Gente que está satisfecha con el nivel espiritual que ha alcanzado. Todos poseemos un corazón engañoso y desesperadamente malo dentro de nosotros (Jer.17:9). Todos tenemos un enemigo que ha jurado destruirnos y trata de hacerlo. Cuando ya no puede retener a alguien en pecado manifiesto e incredulidad, toma otro giro y trata de infundirnos un falso consuelo -una seguridad imaginariacon lo que obtendrá su objetivo. El consuelo falso es éste: “Ahora eres un cristiano iluminado y te has convertido al evangelio. No necesitas nada. Todo está bien”. Y aun cuando no se diga eso con estas mismas palabras, no obstante el diablo sopla este somnífero aliento en nuestras almas y las reduce a la somnolencia e indiferencia. La consecuencia será la misma, es decir: El alma quedará satisfecha y contenta con su estado; no se preocupará por la renovación ni por el crecimiento en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Quien recibe realmente la instrucción del Evangelio, y no lo tiene sólo en su intelecto y en la boca sino que desea conocer su poder en la fe, en la paz, en el gozo, el amor y en la piedad en general, nunca se sentirá como quien ya lo sabe todo. Por el contrario, sentirá cuánto le falta todavía. Esta es la razón, por la que advertimos tanto en contra de sentirse espiritualmente satisfecho. Es que esto revela un estancamiento, una extinción de la vida en la gracia. Tal vez todavía llevamos una así llamada “vida cristiana”. Seguimos teniendo cada día devociones haciendo lecturas, oraciones y otras prácticas saludables. Y hasta podemos confesar con sinceridad que nuestros pecados fueron perdonados. En tal y tal momento recibimos la seguridad de ello. Y entonces nos quedamos contentos y satisfechos. Pero ¿realmente está todo bien? ¿Hemos alcanzado nuestro objetivo? “Sí” decimos, “-¿Acaso no alcanzamos nuestra meta? ¿No está todo bien entonces?” En efecto, si ahora creemos en Cristo, ciertamente todo está bien con respecto a nuestra justicia ante Dios. ¡Recordémoslo: ante Dios, en Cristo! Por los méritos de Cristo quedamos tan perfectos ante Dios, que ni siquiera somos capaces de comprenderlo correctamente. Dios nos conceda la gracia de poder conservar esto bien en claro siempre. Pero, al mismo tiempo, exactamente cuando todo está bien con nuestra vida en la gracia y perfección ante Dios, hemos de sentir dentro de nosotros que todavía falta algo. Hemos de tener la conciencia de San Pablo y decir: “No pretendo haberlo alcanzado ya, pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que queda adelante, prosigo a la meta”. Hemos de sentir nuestras numerosas deficiencias en la vida de la gracia, de nuestra fe y de nuestro gozo en el Señor; de nuestro amor y de nuestra piedad. Hemos de sentir diariamente hambre y sed por la justicia y por la perfecta piedad, como ocurrió con el apóstol Pablo.