9 de noviembre 2026

    9.He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.Ap.21:5

    Las “cosas nuevas” que el Señor crea en nosotros por medio del Evangelio, demuestran que hemos nacido del Espíritu; y que somos nuevas criaturas.

    Analicemos las cosas que están presentes en la vida de los que han nacido de nuevo: No son sólo vista y oídos nuevos, sino un nuevo corazón y nuevos pensamientos. De allí surge una nueva manera de hablar y una nueva relación con Dios y con las personas.

    Estas cosas son nuevas; el creyente no las conocía anteriormente. Cuando todavía no había oído los juicios y las promesas de Dios, antes de haber sido convertido, era espiritualmente ignorante.

    Antes de nacer espiritualmente de nuevo, podemos leer la Palabra de Dios y oírla, pero no la podemos comprender realmente. Por ejemplo, leemos acerca del Juicio Final y la eterna condenación, y reconocemos que es Palabra de Dios, pero podemos seguir comiendo y durmiendo como si nada. Pero después de haber sido convertidos, produce un efecto en nosotros; nos causa angustia y también nos consuela y alegra. Es decir, la Palabra de Dios ilumina y dirige nuestras vidas. Antes teníamos nuestra propia opinión de la vida y de Dios, según nuestros intereses y gustos. Ahora la Palabra de Dios decide sobre nuestras opiniones e ideas. Antes podíamos consolarnos pensando bien de nosotros mismos acerca de nuestra relación con Dios, aún sin el Evangelio de Cristo; ahora nos sentimos frustrados con respecto a lo que podemos hacer nosotros mismos para vivir en paz con Dios, y solamente tenemos consolación y paz en Cristo y su Evangelio.

    El cambio más importante que ha ocurrido con nosotros, es que hemos recibido un nuevo corazón. Tenemos nuestro mayor deleite en cosas que anteriormente rechazábamos, porque no nos gustaban. Y al contrario, ahora rechazamos y detestamos cosas que antes nos gustaban mucho. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34). Antes de creer en Cristo uno puede pasar largas horas en conversaciones superficiales y corruptas, pero no es capaz de hablar cinco minutos seguidos del Salvador Jesucristo, y de los bienes celestiales. Uno está espiritualmente ciego y sordo.

    Pero después de haber recibido el nuevo nacimiento al creer en Cristo, no hay nada que nos resulte más importante y sobre lo cual hablemos con más interés, que Dios, su Palabra y su gracia salvadora.

    También nuestra vida cambia. Antes podíamos vivir libremente de acuerdo a nuestra voluntad y deseos carnales, tanto como nos resultara posible y conveniente. Ahora hemos recibido dos nuevas actitudes: Amor por lo santo, y rechazo por el pecado. Resumiendo, ahora vivimos en un mundo nuevo, con nuevas tristezas y alegrías, nuevos temores y esperanzas. Estamos en una nueva relación con Dios, con nosotros mismos, y con los demás seres humanos.

    Con Dios, porque en el pasado Él era un ilustre desconocido para nosotros, o nada más que un severo Juez, pero ahora es nuestro querido Padre celestial.

    Con nosotros mismos, porque en el pasado estábamos de acuerdo con la corrupción natural de nuestros corazones; pero ahora estamos en permanente lucha contra esta corrupción.

    Con el mundo, porque en el pasado podíamos ser amigos de la impiedad, pero ahora el secularismo se ha convertido en nuestro enemigo espiritual, como nos enseña la Palabra de Dios, que “el mundo” es uno de los tres enemigos espirituales de los cristianos, los cuales son: La carne, el diablo y el mundo.

    “Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas” (2 Co.5:17). Nuevos corazones, nueva vida… es algo muy maravilloso, obrado en nosotros por Dios. Ningún poder humano es capaz de producir estos cambios.

    ¿No vamos a alabar a Dios por su inmensa bondad, porque se ha dignado hacer esos grandes milagros en nosotros? Y los que no han experimentado este cambio en sus vidas pero lo ven en otras personas, ¿no deberían ponerse a pensar que el nuevo nacimiento y la nueva creación espiritual, es algo necesario para la salvación de cada uno?

    Todo lo nuevo que ha sido engendrado en nosotros, se ha producido tan sólo por la gracia de Dios, mediante la promesa del Evangelio de Jesucristo. La ley no lo pudo lograr, como dijera el apóstol: “Aquel que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gá.3:5). Solamente por la promesa de perdón y salvación en Cristo, la nueva vida espiritual ha surgido en nosotros. Y esto generalmente sucede inmediatamente después de que hemos desesperado de nosotros mismos.

    A los cristianos acertadamente se nos llama: “Hijos de la promesa” (Gá.4:28). Solamente éstos son hijos de Dios. Por medio de la fe en las promesas de Dios, llegamos a ser verdaderos israelitas. Porque no son miembros del pueblo de Dios los que descienden físicamente de Abraham, sino los que creen en la Simiente prometida al patriarca Abraham. Como también lo explica San Juan en el primer capítulo de su evangelio, al hablar de los hijos de Dios.

    Allí dice: “A todos los que… creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Jn.1:12-13).

    Publicado por editorial El Sembrador