9 de mayo 2026

    9.De manera que la Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo.Gá.3:24

    Aquí vemos el propósito del conocimiento del pecado por medio de la Ley, y la prueba de la veracidad de ese conocimiento. El propósito no es que Dios nos conceda su perdón. Para cumplir eso, otra persona -Cristosufrió hasta que “su sudor vino a ser como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lc.22:44). Tampoco el conocimiento del pecado eliminará nuestra maldad. Para eso hace falta el Espíritu, que llega con la predicación del Evangelio para crear la fe. Es cierto que el conocimiento del pecado nos puede enseñar a dejar muchas malas costumbres y puede producir seriedad y responsabilidad. Pero la depravación interior y real crecerá en la misma medida.

    El propósito de la Ley fue llevarnos a Cristo, haciendo que no encontrásemos paz y descanso en ningún otro lado sino en Jesucristo, nuestra “ciudad de refugio” (Nm.35:11; Sal.32:7 etc.). Por eso, la clara señal de que realmente reconocemos nuestro pecado, es el cumplimiento de este propósito en nosotros.

    Es decir, que ya no esperamos conquistar el favor de Dios con alguna obra nuestra, y en cambio, buscamos solamente la gracia de la redención hecha por Cristo. Pero si alguien todavía puede seguir en amistad con el mundo impío y el pecado como antes, el tal ni siquiera despertó de su sueño espiritual, ni conoce su propia naturaleza y su impotencia para santificarse a sí mismo. Tal persona no sabe todavía qué es el pecado. Y aun el que fue despertado, si se quedó en sus propias penitencias, en su propio arrepentimiento, remordimiento y oración… y funda su esperanza, consuelo y paz en esos ejercicios espirituales, todavía no conoce bien la depravación pecaminosa de su naturaleza. Todavía está “fuera” de Cristo, y está tan perdido como cualquier pecador confiado. Es aquí donde se revela un falso conocimiento del pecado, como el de Caín (Gn.4:13,14).

    Algunos “iluminados” y religiosos reconocen y confiesan muchos pecados; a veces hasta se sienten condenados por Dios. Pero a pesar de todo se las arreglan para seguir viviendo día tras día en la misma condición. Y esto es posible. Tal vez no están muy contentos consigo mismos, sin embargo pueden soportarlo.

    Pueden comer y beber, trabajar y dormir, sonreír y bromear, aunque saben que no tienen la gracia de Dios y tal vez hasta confiesen abiertamente que son reos de condenación. Cuando oyen que se les alaba y se les ofrece la bondad no merecida de Dios, rápidamente oponen resistencia, y con un falso sentimiento de humildad, se niegan a recibirla en su actual condición.

    Con lo que dicen o pretenden decir: “¡No, no! ¡No somos tan presuntuosos! Reconocemos que nuestros pecados son demasiado graves como para que nos beneficiemos con tanta bondad y gratuitamente. ¡Sólo los que no conocen tanto su pecado como nosotros pueden hacer eso!”. Y así disfrutan una secreta satisfacción. Piensan que su situación es aún mejor que la de esos creyentes, que -según imaginan- no pueden reconocer sus pecados como ellos. El conocimiento del pecado de esta gente es realmente extraño. Cuesta creer que todavía sientan una profunda satisfacción consigo mismos. En ellos prevalece un espíritu de arrogancia, que convierte hasta los tormentos de su conciencia en voces de consuelo, con lo que quedan excluidos de Cristo, de los méritos de su sangre, y de sus grandes bendiciones.

    Aunque estas personas se atormentasen hasta la muerte, en penitencia por sus pecados, aún estarían lejos de Jesucristo, de la “ciudad de refugio”, de la única salvación válida ante Dios. Y de esa forma morirían en sus pecados.

    Los rasgos característicos de éstos se hallan bien ilustrados en la historia de Caín, quién le dijo a Dios: “Grande es mi castigo para ser soportado” (Gn.4:13). Evidentemente sintió terrores de conciencia, que lo aguijoneaban y asustaban, y un espíritu intranquilo que temblaba “ante el movimiento de una hoja” (Lv. 26:36). Dios era un extraño para él. Se sentía desdichado todos los días. Pero notemos: A pesar de todo, fue capaz de irse a la tierra de Nod, al oriente del Edén, y de construir una ciudad, y de tener mujer e hijos. No le preocupó demasiado que Dios estuviese enojado con él. Fue capaz de soportarlo. No quiso arrodillarse ante Dios a fin de obtener la seguridad de su gracia.

    Notemos aquí la diferencia entre una mala conciencia, y el despertar realizado por el Espíritu Santo; entre el dolor y la desgracia causada por el pecado en sí, y la aflicción del alma provocada por el Espíritu Santo, mediante la Palabra. Lo primero se puede encontrar muchas veces aun entre la gente más impía, especialmente después de ciertas manifestaciones del pecado, pero a pesar de eso, no cambian. Porque todo lo que es producto de la capacidad humana, como la voz de la conciencia, jamás podrá rehabilitarlos. Porque para eso hace falta el Espíritu Santo.

    El despertar y la aflicción por el pecado que realiza el Espíritu Santo, siempre lleva al arrepentimiento y a la fe, produciendo una completa conversión. Por eso la evidencia de un sincero arrepentimiento del pecado siempre será la conversión el surgimiento de una vida nueva, y el alejamiento del pecado. El convertido ya no se puede quedar donde está. Busca la salvación. Y no la busca en sus propios méritos, sino en Cristo; y no halla descanso, mientras no reciba la gracia de su Salvador y la seguridad de la misma. Una gracia y seguridad que producen paz, amor y un ánimo nuevo, consagrado a Dios y a todo lo bueno. El propósito de la aflicción provocada por el verdadero conocimiento del pecado, no es hacer que Dios quiera darnos su gracia, sino que nosotros queramos recibirla.

    Publicado por editorial El Sembrador