9.Mas la Palabra del Señor permanece para siempre.1 P.1:25
San Pablo nos da a entender el valor y la importancia de una palabra o promesa dada por alguien que no la puede desmentir, cuando nos dice que la persona que anhela tener a Cristo con todos sus dones no necesita decir: “¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o: ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Más ¿qué dice la Escritura? Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la Palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca, que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón, que Dios lo levantó de los muertos, ¡serás salvo! (Ro.10:6-9).
¡Nota esto! Dice: “Cerca de ti está la Palabra”. Quiere decir: Ahí tienes todo lo que deseas obtener, ni bien crees en la Palabra. San Pablo declara que tener una promesa de Dios es como tener la cosa misma ya en la mano.
En cuanto a las relaciones humanas, sabemos que una promesa creíble es importante y valiosa. Pero en cuanto se refiere a cosas celestiales, donde tenemos al propio Dios como garante, es una gran torpeza no confiar en su Palabra.
Aún sin poseer ni un sólo centavo, puedo estar muy contento con un cheque hecho a mi nombre por una persona solvente, en un Banco confiable. Pero ¿qué le da tal valor a ese pedazo de papel? Sólo algunas palabras, una promesa, es decir que a requerimiento de su portador puede ser canjeado por dinero en efectivo. Aún más valor real tiene la Palabra y promesa de Dios, tiene valor real, cuando dice: “No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? O ¿quién descenderá al abismo?
Eso no es necesario –dice San Pablo- porque “cerca de ti está la Palabra”. Tienes a Cristo, el cielo y la eterna bienaventuranza, con sólo guardar la Palabra en tu corazón y confiar en ella. Nuestro Rey celestial emitió “cheques” en la tierra, es decir: sus Promesas.
Ojalá fuésemos tan sabios como para confiar de una vez por todas en la Palabra que Dios nos dio en su gran libro de “cheques”, la Biblia, ¡así como confiamos en la palabra y firma de la persona que nos da un cheque! Dios ciertamente no negará sus propias declaraciones cuando queremos convertirlas en los valores prometidos, esto es, cuando queremos obtener el propio cielo y la bienaventuranza eterna.
¡Que esta ilustración nos recuerde la importancia y el valor de cada palabra y promesa de Dios! Jamás podremos perseverar en la fe ni confiar en la inmensa gloria que la Palabra nos promete, si no grabamos profundamente en nuestras almas que es Dios mismo quien lo dice. Que Dios mismo nos haya dado tales promesas es algo tan estupendo, que no somos capaces de comprenderlo intelectualmente. No existe algo más seguro que lo prometido por Dios mismo. ¿Acaso sería posible que Dios viole su Palabra o niegue su promesa?
¡Cuán profundamente corrupta está nuestra alma por naturaleza, tanto que ya no podemos creer debidamente esta verdad!
El apóstol afirma que Dios no sólo pronunció, por amor de Cristo, la gran promesa de la vida eterna para nosotros; sino que también la confirmó con un solemne juramento. Dice en Hebreos 6:17, 13,18: “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento”; y: “No pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo”, “para que por dos cosas inmutables (la promesa y el juramento), en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros”.
¡Ah, cuán rico en gracia eres Tú, nuestro gran Dios! Has confirmado tu Palabra con un santo juramento ¡y nosotros todavía vacilamos para creer! ¡Socórrenos, socórrenos para disipar esa oscuridad y desconfianza de nuestros porfiados corazones! ¡Poderoso y bondadoso Dios, perdónanos y ayúdanos!