9.Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.1 Co.5:7
Los hijos de Israel suspiraban bajo un régimen déspota e insoportable. Desde Egipto subía una continua invocación al cielo por tanta opresión y sufrimiento, de los que nadie podía librarlos. El faraón y su ejército eran demasiados poderosos. El peor momento de esa agobiante servidumbre llegó con Moisés. Cuando Moisés comenzó a instigarlos a que salgan de la tierra de esclavitud, y dijo al Faraón: “Así dice Jehová el Dios de Israel: ¡Deja ir a mi pueblo!” (Éx.5:1), la opresión y tiranía se volvieron realmente apremiantes. La gente lloraba y gemía, totalmente abatida.
Se quejaba de que Moisés los había hecho abominables a los ojos del faraón, alentándolo con sus palabras a ser más cruel todavía. ¡Prácticamente, habían dejado de creer en su liberación de la esclavitud! Pero en ese preciso momento llegó la hora del Señor. ¿Cómo se produjo su liberación? Sólo gracias a la milagrosa ayuda del Dios Todopoderoso. En una noche terriblemente oscura, el Señor se vengó de los opresores de su pueblo, dando muerte a todos los primogénitos en Egipto. Y fue la sangre del cordero pascual la que salvó a los primogénitos israelitas de la espada del santo Vengador.
¿No es esto un magnífico ejemplo de la liberación de todo el mundo por medio de Jesucristo? ¿Acaso no tenemos que celebrar también nosotros una gran redención? Lo arriba descrito es apenas una débil sombra de la gran redención consumada con la muerte de nuestro Señor Jesucristo. Pensemos en ella: Por la caída del hombre, todo el mundo estaba en poder del diablo. La imagen de Dios se había perdido, y también el libre albedrío. La humanidad llegó a ser esclava del “faraón” de los abismos, gobernada y dirigida por las bajas pasiones y los horribles engaños, que eran como los “capataces” que el diablo puso sobre nosotros.
Bajo esa tiranía suspiraba toda la humanidad. Los seres humanos, sin embargo, no comprendieron toda la magnitud de su desgracia hasta que vino la Ley, y habló en forma aun más explícita que la conciencia natural, acerca las demandas de Dios. Sólo entonces los aguijones de la conciencia comenzaron a herir más a los hombres. No se podía ignorar ni un punto ni una tilde de la santa Ley de Dios. La implacable sentencia de la Ley era que quienes habían pecado, debían morir, y no había un solo justo en toda la tierra. La desgracia general llegó a ser inmensa. Pero entonces el Dios misericordioso tuvo piedad. No podía tolerar que los seres humanos, sus hijos creados a su imagen, se perdiesen eternamente. Por eso, cuando llegó el tiempo señalado, “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá.4:4-5). Como anticipara el profeta Isaías: “Se alegrarán delante de Ti como se alegran en la siega; como se gozan cuando reparten despojos. Porque Tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor” (Is.9:3-4).
Notemos cómo el Espíritu del Señor mira retrospectivamente la desgracia de Israel durante su esclavitud en Egipto, hablando del “pesado yugo”, de “la vara de su hombro” y del “cetro de su opresor”. De la misma manera habla también el profeta de la obra redentora de Cristo por todo el mundo.
¿Cómo se describe en el Nuevo Testamento la redención obrada por Cristo? El apóstol dice. “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda su vida sujetos a servidumbre” (He. 2:14-15).
Y en otra parte dice: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros” (Gá.3:13). Y en Efesios 1:7: “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”. Así también, el Espíritu del Señor expresamente menciona la esclavitud y la opresión de los que Cristo nos redimió: El pecado, la maldición de la ley, y el diablo. Y el Señor también menciona al último enemigo, la muerte, diciendo: “De la mano del Seol los redimiré, los libraré de la muerte. Oh muerte, Yo seré tu muerte, y seré tu destrucción, o Seol” (Os.13:14).
¡Ah, qué magnífica y poderosa sentencia contra la muerte! ¡Qué amor eterno, digno de toda alabanza! ¡Qué consuelo tan poderoso para nuestros pobres y pecaminosos corazones! ¡He aquí nuestro Cordero pascual, nuestra grandiosa y eterna redención! ¡El pecado de todo el mundo, la impiedad de toda la humanidad, desde Adán hasta el último último ser humano que ha de nacer en el mundo, fue cargado sobre el inocente Cordero de Dios! Y esa insoportable carga lo oprimió tanto, que le exprimió sangre por sudor (Lc.22:44). Cristo oraba, suspiraba y gemía como el animal del sacrificio en el matadero. Sin embargo, perseveró hasta el final. Toda la maldición de la Ley, todas sus amenazas de castigo por el pecado, estaban sobre Él, de manera que llegó a ser maldición en nuestro lugar; pero de esa manera nos redimió de la maldición, para que heredásemos bendición.
Por último vino también la muerte, la “paga del pecado” (Ro.6:23), y atacó al “Príncipe de la vida”, pero acabó siendo devorada por Él, en la victoria de la vida sobre la muerte. Así derribó “al que tenía el imperio sobre la muerte, esto es, al diablo” y libró “a todos los que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre” (He.2:14-15). Ahora Él es nuestro deleite pascual y nuestro himno de victoria: “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ¡Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (1 Co.15:55-57).