9.En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicistéis.Mt.25:40
“Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a Mí… De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis” (Mt.25:35-40). De las acciones que nuestro Señor Jesucristo enumera aquí aprendemos sobre el campo de acción y los alcances de la caridad cristiana. Notamos que el Señor apoya una actividad volcada hacia afuera de la iglesia. No habla sólo de las virtudes que uno puede practicar dentro de su casa, pues dice: “Estuve enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a Mí”.
Es extraño que entre cristianos pueda haber diferencias de opinión en cuanto a las obras de caridad: Si debemos ir en busca de los necesitados, o solamente esperar que golpeen en la puerta de nuestra casa.
Algunos se quejan porque están muy ocupados con las tareas de su propio hogar, y dicen que por eso no tienen la posibilidad de hacer esas buenas obras. No ven que es precisamente en su hogar, con las personas más allegadas, donde pueden practicar las obras de caridad.
Otros pretenden ser cristianos, pero rechazan de plano toda acción solidaria hacia afuera, y quieren limitarse sólo a su familia. Sin embargo las palabras de Cristo: “Estuve enfermo… y en cárcel, y vinisteis a Mí”, como también el Mandamiento general del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo,” tendrán que convencer a cualquier cristiano, que no debe ocultar y excusar su mezquindad, sino servir a todos los hombres, conforme a su capacidad y a la necesidad. No hemos de limitar nuestro servicio a nuestros familiares y amigos, pues “¿no hacen lo mismo aun los publicanos?” (Mt.5:46). No, sino que hemos de socorrer también a los de afuera.
En los días de Jesús hubo un hombre que quiso eludir el Mandamiento del amor al prójimo, preguntando: “¿Y quién es mi prójimo?” Entonces Jesús mostró con la parábola del Buen Samaritano, que inclusive cuando haya grandes diferencias, como había entre los judíos y los samaritanos, hemos de socorrer a cualquier necesitado.
Por eso hemos de hacer bien y prestar la ayuda que agrada a Dios, cultivando primero nuestra comunión con Él por medio de la fe en Jesucristo, y cumpliendo, con paciencia y lealtad, nuestra vocación en el hogar, ya sea como padre, madre, hijo, o sirviente. En todos estos casos hay mucho bien para hacer, muchas obras que frecuentemente demandan enorme paciencia y mortificación de la carne.
Quien las realiza fielmente, agradará al Señor, porque Él mismo las ordenó. Y si además por amor de Jesús puedes socorrer espiritual o materialmente a los que no son de tu casa, a enfermos, pobres, ignorantes etc., el Señor reconocerá esas buenas obras como hechas a Él, y el día del Juicio final nos dirá: “Estuve enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a Mí”.
Lutero dijo: “La caridad de los cristianos no tiene nombres”. O sea, el cristiano no elige una obra especial de caridad, como los hipócritas, que se limitan a hacer la buena obra que eligieron y lo pregonan a los cuatro vientos. Sino que el verdadero cristiano obra por amor, y realiza toda clase de acciones benéficas, de acuerdo a las palabras de Jesús: “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”(Mt.7:12).
Los cristianos disfrutamos la inmensa gracia de vivir en paz y comunión con Dios, bajo un perpetuo y eterno perdón, gracias al sacrificio de nuestro Salvador.
Además, nuestro Señor Jesucristo se complace tanto en nuestras acciones de caridad, que quiere decir de todas ellas, aun de las más simples: “A Mí me las hicisteis”.
Cuán grato es entonces pensar en Él, tanto en los servicios más importantes, como en los menores, y decir: “Por amor a mi Salvador quiero darle a este pobre una prenda de vestir; y darle a ese ignorante una orientación; y tenerle paciencia a esa persona malvada; ser amable y decir una palabra de aliento al abatido… Por amor a mi Salvador quiero molestarme en socorrer a los que sufren y necesitan… ”Para el que tiene el consuelo y el amor (que viene de la fe), en su alma, todo esto le resulta fácil. Por eso, cuando el Señor mencione todo lo que le hemos hecho, nos parecerá que no hicimos nada y diremos: “¿Cuándo nos permitiste servirte, y tuvimos la suerte de poder hacerlo?” Él entonces responderá: “De cierto os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis”.