9 de febrero 2026

    9.Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la Ley, mediante el cuerpo de Cristo.Ro.7:4

    Es necesario tener bien en claro que disfrutamos de libertad de la Ley sólo porque “hemos muerto” a la Ley. Debido a nuestra incredulidad, nos resulta difícil y hasta absurdo aceptar la posibilidad de estar totalmente libres de las demandas y condenaciones de la Ley. Cuestionamos y dudamos, pensando: “¿Nosotros libres de la Ley? No, porque constantemente sentimos sus demandas y juicios. Si estuviésemos libres de la Ley estaríamos completamente a salvo, y eso es esperar demasiado”. Así razona nuestro corazón incrédulo.

    Pero viene el apóstol Pablo y declara: “Queridos hermanos, si están muertos para la Ley y unidos a Cristo resucitado, entonces están verdaderamente libres de todas las demandas y juicios de la Ley”. Tan libres como los que ya disfrutan eterna bienaventuranza en el cielo; tan libres, como si Dios jamás nos hubiese dado una Ley, ni siquiera uno solo de los Diez Mandamientos. Tenemos esta libertad porque hemos “muerto” a la Ley, y resucitamos para vivir en una nueva relación con Dios, en un mundo nuevo.

    Lamentablemente hay muchas personas irresponsables, que toman a la ligera esta consoladora verdad, sin comprenderla realmente. Estas personas pueden caer en una engañosa actitud carnal, pensando: “Somos libres de la Ley. ¿Por qué habríamos de preocuparnos todavía? De todos modos, ¡nadie puede cumplirla!”

    Pero ahí viene el apóstol nuevamente y dice: “No, ¡esperen! Nunca quise decir que todo el mundo está libre frente a la Ley. Están libres los que, por la fe en el Salvador, murieron para la Ley. Pero los que no creen en Jesús ni murieron para la Ley, no están libres. Éstos todavía están bajo la Ley, sujetos a sus demandas y condenaciones, y no deben engañarse absolviéndose a sí mismos”.

    No toda mujer casada está libre “de la ley” que la une a su marido. Para ser libre, su marido debe morir. “¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la Ley), que la Ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que, si se uniere a otro marido, no será adúltera” ( Ro.7:1-3).

    La gran enseñanza aquí es que sólo por causa de muerte quedamos libres de la Ley. Vemos así cuán falso y equivocado es imaginarnos que poseemos la gracia de Cristo, cuando todavía no hemos “muerto para la Ley”, y nuestros corazones todavía confían que, observando la Ley, alcanzaremos justicia y salvación.

    Muchos piensan que tener fe en Cristo es invocarlo a Él en los momentos de grandes dificultades; o pedirle ayuda para completar nuestra jus ticia, cuando no nos alcanzan nuestros méritos personales. Sin embargo, eso no es otra cosa que adulterio espiritual. En tanto que el marido vive, la esposa está sujeta a su marido por la ley, de modo que si en esas circunstancias se une a otro varón, con toda razón se la llamará adúltera…

    Mezclar dos clases diferentes de justicia, tratando de justificarnos por la Ley y al mismo tiempo por la gracia de Jesucristo, es infidelidad y adulterio espiritual. Hacer eso significa romper nuestro compromiso con la Ley, la cual deberíamos cumplir perfectamente, si pretendemos justificarnos por medio de ella.

    La gracia del Señor Jesucristo, y la libertad frente a la Ley, pertenecen a un grupo muy diferente de personas; es decir, a las que están “muertas” para la Ley, y buscan toda su justicia únicamente en Cristo resucitado.

    Por naturaleza, todo el mundo está en la más oscura ignorancia; nadie entiende que existen dos reinos espirituales muy diferentes, cada uno con sus respectivas leyes y derechos; dos alianzas, dos testamentos, dos diferentes formas de buscar la justificación y la salvación; es decir, el reino de la Ley y el de la gracia; de la obras, y de la fe en Jesús (Ver Ro.4:4-5).

    En Gá.3:10 el apóstol habla tan enérgicamente contra la posibilidad de que quienes buscan la gracia por el camino de las obras la hallen, que afirma: “Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas”.

    Esto significa que por este camino tenemos que cumplir toda la Ley, o caemos bajo la maldición de Dios. ¡Qué lamentable es el engaño de esperar gracia, mientras uno vive aun bajo la Ley! Esto está simbolizado por el repudio pronunciado contra una mujer, que mientras su marido todavía vive, se relaciona sexualmente con otro hombre.

    Y la segunda lección que hemos de aprender aquí es cuán perfectamente libre de la condenación de la Ley queda la persona que ha “ muerto” para la Ley y se ha unido a Cristo. El apóstol dice aquí que es tan libre como la mujer que ha visto morir y ha sepultado a su marido. Ya no hay Ley que la sujete a ese hombre. El lazo del matrimonio quedó disuelto. La muerte de su marido lo anuló completamente, de modo que ahora puede casarse libremente con otro hombre, sin cometer pecado. Así como el marido muerto y sepultado ya no tiene ningún derecho o poder sobre la que era su esposa, tampoco las demandas y los juicios de la Ley afectan al creyente, unido a Cristo por la fe. La Ley ya no puede ni justificar ni condenar más al cristiano.

    Publicado por editorial El Sembrador