9.Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.Ro.3:22-23
¿Cómo debemos entender correctamente estas palabras? Parece absurdo pretender que no existen diferencias entre los pecadores. Nuestros ojos nos enseñan lo contrario: ¡Que existen diferencias muy grandes! Pues vemos que mientras uno vive abiertamente en toda clase de pecados, otro lleva día tras día una vida honesta. Para aclararte este asunto, te pido que observes bien a qué se refiere nuestro texto. Estas palabras hablan exclusivamente de la justicia del hombre ante Dios; hablan de la “gloria de Dios” que el hombre debería poseer para obtener la salvación. Solamente con relación a Dios se acaban todas las diferencias entre pecados mayores y menores.
Por otra parte, la Escritura declara categóricamente que habrá diferentes grados de bienaventuranza o condenación eterna, que dependerán de nuestro comportamiento. Por ejemplo, en Mt.10:15 se mencionan castigos más tolerables, o más insoportables. Además, en 1 Co.15:41 también dice que la gloria de los bienaventurados será como el brillo de los astros celestiales, donde uno difiere del otro en esplendor. Pero cuando se trata de nuestra justicia y gloria natural ante Dios, como en nuestro texto, entonces ciertamente no hay diferencia; no son suficientes las obras de ningún ser humano; quedamos tan alejados de la justicia que vale ante Dios, que desaparece toda diferencia.
Vaya aquí una comparación: En el relieve de la tierra vemos que existe una gran distancia entre los picos más elevados de las montañas y el nivel más bajo de los valles. Pero si hablamos de la distancia de la tierra al sol, no tenemos más en cuenta los desniveles en la superficie terrestre. No decimos: La distancia del sol a los picos más elevados de las montañas es tal, y la del sol al fondo de los valles es otra. Antes decimos: La distancia es tan enorme, que los desniveles en la superficie terrestre no inciden ni interesan. “No hay diferencia”. Lo mismo sucede entre los hombres. Ciertamente existe una gran diferencia entre la delincuencia y la honestidad. Pero siendo que aun la persona más piadosa está todavía infinitamente alejada de la gloriosa justicia de Dios, no hay diferencia delante del Señor, en cuanto al mérito del piadoso y del impío.
Imaginémonos una prisión en la que los presos -todos criminales y asesinos convictos- comiencen a discutir sobre cuál de ellos es el más digno de un puesto de honor en el gobierno… ¡Sería absurdo! Todos merecen ser castigados por sus actos. ¡No hay diferencia! De la misma manera, cuando pensamos en que somos superiores debido a nuestra justicia natural, debemos recordar que delante de Dios todos somos grandes criminales, que transgreden diariamente el mayor Mandamiento, el de amar a Dios y confiar en Él sobre todas las cosas. Y aun el cristiano más devoto y consagrado, todavía debe pedir cada día perdón de Dios, y reconocer que sólo merece su castigo, si Dios quisiera juzgarlo conforme a su ley.
No obstante, hay gente que se cree muy superior a otra, pensando que gracias a sus largas oraciones, vigilias, penitencias y lealtad a la Iglesia, han progresado tanto, que ya no se los debiera comparar con otros cristianos más débiles. Ellos piensan que son una raza particularmente santa.
Pero ¡ay de ellos! Porque se dejaron seducir así por el Engañador. Si de veras fuesen sobrios y vigilantes, ciertamente se sentirían como se sintió David cuando dijo: “No entres en juicio con tu siervo, porque no se justificará delante de Ti ningún ser humano” (Sal.143:2). Y hablando de gente no convertida, aun sus mejores acciones son sólo pecado e hipocresía, siendo que sus corazones no están en una relación de fe y amor con el Señor. No importa lo grande que sea la diferencia externa entre ellos: Si son nobles y respetables miembros de la sociedad, personas de alta moral y responsables en el cumplimiento de sus deberes, inclusive celosos de Dios (aunque no conforme a ciencia, sino con la intención de auto justificarse (Ro.10:2); o si se trata de sujetos desvergonzados y degenerados, que practican abiertamente toda clase de delitos y maldades. Ante Dios, ambos caen bajo la misma sentencia, y necesitan la misma gracia, que para ambos está igualmente accesible, y es concedida a ambos con igual compasión, cuando la buscan a los pies de Jesucristo.