9.Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.Ro.12:10
Aquí la Escritura, habla del amor entre los que están hermanados en Cristo.
Y el apóstol lo describe de tal manera, que muchos de nosotros seguramente nos sentimos culpables y juzgados. En el idioma original las palabras “amor fraternal” describen el amor que existe entre una madre o padre y sus hijos; o entre los hermanos de una familia. Esa simpatía cordial y sincero amor fraternal es lo que tendría que haber entre todos los cristianos, que son hermanos y hermanas gracias a su adopción celestial.
Pero algunos cristianos tienen una actitud fría y distante hacia sus hermanos.
No piensan ni hablan mal de ellos, pero no demuestran sincero amor. Simplemente no se interesan y no existe una buena relación con ellos. Esa actitud dista mucho del amor fraternal, y será reprendida.
Si realmente somos hermanos por toda la eternidad, tendríamos que conocernos y amarnos los unos a los otros. Deberíamos abrazarnos entre nosotros con sincera simpatía, tanto en las penas como en las alegrías. Y hacerlo con el mismo cuidado, responsabilidad y bondad que los padres tienen con sus hijos. A eso se refiere el apóstol aquí.
Lutero dijo: “Lo que este amor fraternal es capaz de hacer y sufrir por los demás lo podemos ver en la relación natural de una madre con su hijo. Cristo nos ha tratado de manera similar y sigue actuando así con nosotros. Él nos aguanta y cuida mucho todo el tiempo a nosotros, que somos tan pecadores y débiles que ni parecemos ser discípulos suyos. Pero Su amor nos convierte en cristianos, más allá de nuestras imperfecciones”. Pensándolo bien, el amor fraternal entre los cristianos tiene profundos fundamentos. En primer lugar, el Señor lo ha ordenado en su Palabra. En segundo lugar, con su amor hacia nosotros Cristo nos ha dado un ejemplo inspirador.
Y, al final de cuentas somos hermanos real y verdaderamente. Hemos nacido de un mismo Padre y estamos destinados a compartir la misma herencia. Por eso Cristo nos ha enseñado a orar: “Padre nuestro, que estás en los cielos”. Siendo así, tenemos grandes motivos para amar a nuestros hermanos. Básicamente, debemos amarlos por causa de nuestro Padre, así como amamos a nuestros hermanos naturales.
¿Cómo no habríamos de amar a los que comparten con nosotros la misma adopción de parte de Dios? Decimos que somos “hermanos y hermanas”, y eso es verdad. Recordemos, pues, que como dice el apóstol Pedro: “ante todo” hemos de tener “ferviente amor entre nosotros” (1 P.4:8). También la Palabra dice: “En cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Ro.12:10).
Aquí se nos enseña que los cristianos no sólo debemos tener amor en nuestros corazones y expresarlo en obras concretas, sino además respe tarnos y honrarnos mutuamente. Es decir, cada uno debería mostrar en primer lugar respeto y brindar atención a los demás. Y esto no solamente con gestos externos, sino con toda sinceridad. Como dice el mismo apóstol: “Estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo” (Fil. 2:3).
Ser amables sólo en apariencia no es lo que corresponde a los hijos de Dios. Pero si tenemos humildad, amor, y cariño en nuestro corazón, también debemos –de acuerdo a nuestro texto- demostrarlo con nuestra conducta. Los cristianos no deberíamos ser personas rudas y descorteses. No, aquí se nos recuerda que hemos de ser humildes, amables y solidarios.
Recuerda cómo nuestro Señor inculcó esto a sus discípulos, al lavarles los pies. Esto quiere decir que cada uno debería considerarse el menos importante y servir a los otros. “El amor y la bondad de Cristo hacia nosotros –dijo Lutero- hace que también nosotros nos valoremos y estimemos mucho entre nosotros, a causa de Cristo. Él está en nosotros, y por eso no debo despreciar a mi hermano por sus defectos. No, sino que debo pensar: El Señor vive en ese vaso débil y lo honra con su presencia. Si Cristo es tan bondadoso y en su generosidad decide compartir también con él todos sus bienes, como lo hace conmigo, entonces tengo que respetar y honrar a mi hermano como templo del Dios viviente y morada de mi Señor. ¿Qué me tiene que importar a mí lo humilde que pueda ser esa morada, si el Señor vive en ella? Si para Él mismo no es demasiado baja como para estar en ella, ¿cómo no habría de honrarla yo también? Después de todo, sólo soy un humilde siervo Suyo”.
Quiera Dios darnos su gracia para seguir esta enseñanza.