9 de agosto 2026

    9.Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos, que agraden en todo, que no sean respondones; no defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.Tit. 2:9-10

    Notemos la razón que da el apóstol al aconsejar a los siervos: “Para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.” Dice: “Que agraden en todo”. Los obreros o empleados cristianos que trabajan en situación de dependencia, tienen que tratar de complacer a sus patrones, y no a sus propias opiniones o gustos. Deben complacer a sus empleadores “en todo” lo que éstos tienen derecho de mandar. Así era en épocas antiguas entre los fieles de Israel.

    Por eso David pudo remitirse a esa relación entre siervos y amos, para ilustrar la relación de los creyentes con Dios. En el Salmo 123 leemos las hermosas palabras: “He aquí, como los ojos de los siervos miran la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios” (v.2).

    En Colosenses 3:22 el apóstol Pablo dice:” No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios”.

    El empleado o la sirvienta, deben tener una sincera y fiel actitud de servicio, por amor al Señor, sin importar si el patrón o la patrona los ve. Si el que trabaja en situación de dependencia es fiel y cuidadoso sólo cuando su empleador lo ve, pero negligente, infiel y descuidado en su ausencia, entonces trabaja “al ojo”; y eso es hipocresía y menosprecio a la presencia de Dios, que todo lo ve. El propio Señor tendrá que castigarlo. Por lo tanto -dice el apóstol- sirvan “con corazón sincero, ¡Temiendo a Dios!”, vale decir, por causa del Señor, como trabajando en su presencia. Él ve nuestros trabajos en todas partes y oye todas nuestras conversaciones. Y recompensará todo servicio bien hecho. Por eso el apóstol vuelve a decir: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, ¡Como para el Señor y no para los hombres!” (v.23).

    Los que trabajan en situación de dependencia deben saber que sirven al propio Señor, cuando por orden de Él sirven al patrón o a la patrona. “Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (v.24).

    Aquí tenemos el fundamento para las obligaciones y para los incentivos del obrero: “A Cristo el Señor servís”. ¡Ojalá pudiéramos comprender eso! Parece que, tan pronto como se trata de ver los caminos del Señor, una gruesa venda cubre nuestros ojos. Ese es el poder del diablo sobre nuestros sentidos, que no nos permite ver muchas cosas gloriosas.

    Aquí el apóstol afirma que los cristianos que trabajan en situación de dependencia, sirven al mismísimo Señor Jesucristo, cuando sirven a su empleador o patrón. ¡Le sirven hasta con las tareas más simples! Pero, ¿quién puede ver eso? ¿Acaso no parece una insensatez lo que afirma el apóstol? ¿Servir al Señor? “No -dice nuestra razón-, un peón de campo que cuida vacas y caballos… una sirvienta que lava y plancha… hacen tareas agrícolas y domésticas, pero ¿acaso sirven al Señor? Ni siquiera sirven a la iglesia, ¡mucho menos al propio Señor Jesucristo…!”

    ¡Pero, cuidado con la falsa modestia! El peón atiende a caballos y vacas, y la mujer lava y plancha. Es verdad. Pero, ¿quién les ordenó hacer eso? ¿No fue su patrón o patrona? Y al atender a los animales y limpiar la casa ¿no les sirven a sus patrones, que les ordenaron hacer esas cosas? Porque uno sirve a la persona cuya orden obedece. ¿Y quién nos ordenó servir y obedecer a nuestros patrones y patronas? Con toda certeza fue el Señor, nuestro Dios. ¿Acaso no le servimos entonces a Él, que nos ordenó hacer precisamente eso? ¿No servimos también al Señor, al servir a sus criaturas, es decir, a nuestros patrones? Ellos no son menos criaturas de Dios que los animales domésticos de su propiedad. También son criaturas de Dios. ¿No querrá Dios que les sirvamos a ellos con el mismo cuidado con que nuestros patrones esperan que cuidemos de sus vacas y caballos?

    Necesitamos obtener la gracia de prestar atención a las palabras y a la orden de Dios, para que sean abiertos nuestros ojos. Entonces veremos que efectivamente recibimos el honor de servir no solo a la iglesia, ¡Sino al propio Señor Siendo que Dios nos ordenó servir y obedecer a nuestros jefes, le servimos a Él al hacer incluso las más insignificantes tareas que ellos nos mandan realizar.

    Tenemos aquí preciosas instrucciones para todos los que trabajan en situación de dependencia. La primera es que Dios nos ordenó servir y obedecer a nuestros empleadores. Por eso no nos corresponde preguntar qué clase de personas son, si son amables y simpáticas, etc. De cualquier manera, nuestro deber seguirá siendo el mismo, porque servimos al Señor. En segundo lugar, como cristianos deseamos realizar buenas obras para servir a Dios, pero a veces pensamos que nos faltan las oportunidades para hacerlo, que el servicio a Dios es algo muy especial, mientras que nuestra vida es común y corriente…

    Entonces hemos de recordar que en nuestra vocación ordinaria realizamos excelentes obras buenas, cuando por causa del Señor nos sometemos a los inconvenientes del servicio, y nos mostramos pacientes, obedientes y humildes hacia nuestros empleadores, “porque a Cristo el Señor servimos”.

    Publicado por editorial El Sembrador