9.¡Venga tu Reino!Mt.6:10
Con estas palabras, le pedimos a Dios que nuestro Señor Jesucristo domine cada vez más dentro de nosotros, y derribe todos los enemigos espirituales en nuestras almas. Rogamos que el Reino de Dios dentro de nosotros, o sea, la obra del Espíritu Santo: El temor de Dios, la fe, el amor y la santificación crezcan cada vez más en nuestras vidas. Pero frecuentemente nuestras almas experimentan una terrible lucha. Pareciera que en realidad sucede todo lo contrario: Que todo lo inicuo predomina y todo lo bueno, disminuye. ¿Cómo puedo consolarme entonces? No existe otro remedio, ni en el cielo ni en la tierra que este: Dejar que nuestro Señor Dios ocupe el trono de nuestro corazón y sea lo que efectivamente es, es decir, el Dios veraz, fiel y todopoderoso; capaz de imponerse inclusive a poderes tan grandes y perversos como tu porfiado corazón.
Espera y piensa. ¡Dios nos permite orar aun en contra de los dictados de nuestro propio corazón! Jamás nos enseñó que con nuestro propio esfuerzo podemos implantarnos un corazón bueno y sobreponernos a nuestras maldades. Por el contrario, nos enseñó que solamente Él puede crear en nosotros un corazón nuevo. Más aún, este Dios omnipotente y fiel dijo que su Reino, edificado dentro de nuestro corazón, quedará tan protegido bajo su poderosa mano, que ni siquiera las puertas del infierno prevalecerán en contra del mismo (Mt.16:18). Así que, tan sólo debemos buscar y esperar su ayuda.
Jesús tampoco nos enseñó que las fuerzas del infierno no nos acosarían, sino dijo que “no prevalecerán” contra nosotros. Esto nos habla de una lucha de vida y muerte. Por eso, la Palabra de Dios nos advierte muchas veces que el Reino de Dios en nosotros sufrirá ataques, de dentro y de fuera, tan pronto como hayamos escapado del dominio del diablo. Nuestra naturaleza carnal está llena de toda clase de pecados; nuestro corazón es perverso y engañoso; el diablo es activo y astuto para atacarnos por todos lados, para inspirarnos toda clase de deseos abominables e impuros, y desviar nuestros pensamientos de Dios. El Señor dejó en el mundo todas esas cosas que combaten su Reino.
La intensidad y persistencia de la lucha, nos llevará más de una vez a los más angustiosos conflictos… al extremo que nos parecerá inevitable la pérdida de toda nuestra esperanza y paz, y que Cristo ya no seguirá siendo nuestro único Dios y Salvador. ¿Pero, qué nos enseñó a hacer Él en tales tentaciones? Nada más que invocarlo y seguir escuchando su Palabra; sabiendo que Él prometió atender siempre esas oraciones y darnos su Espíritu.
Los que desafiando a sus propios corazones corruptos piden por el Espíritu Santo, y buscan el Reino de Dios para sus almas, ¡no serán defraudados! El Señor afirma eso muy claramente, en Lc.11:11-13.
Allí dice: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Esta verdad es capaz de hacer desaparecer todas nuestras montañas de dudas, arrojándolas al mar.
Ahora, apliquemos esto a la oración en la que estamos meditando. En ella pedimos auxilio contra el poder del pecado y de Satanás; pedimos por el Espíritu Santo, y Jesús expresamente nos asegura que el Padre se lo dará, “al que se lo pida”. El propio Señor nos instruyó a acudir a Él en cualquier emergencia y nos advirtió que sin Él “nada podemos hacer” (Jn.15:5). “¡Invócame en el día de la angustia!” (Sal.50:15); “¡pedid, y recibiréis!” (Jn.16:24).
Cuando te reconoces pobre de espíritu, y en tu aflicción simplemente haces lo que el Señor te ordenó, confesándole tu impotencia e implorando su salvación, ¿puedes imaginar que Él podría negarte su ayuda, y permitir que tu inicuo corazón y el diablo prevalezcan y te causen la eterna perdición? ¿Piensas que cuando el hijo pide pan, el Padre le dará una piedra? Que cuando el creyente pide un corazón nuevo y humilde, cuando ruega que el Espíritu Santo le conserve en la fe, en la salvación y en la eterna bienaventuranza, ¿el Padre podría abandonarlo a la eterna condenación? Eso ciertamente sería dar una piedra; sí, ¡dar serpientes y escorpiones en vez de pan! ¡Es absolutamente imposible que el buen Dios haga eso!
Cuando nos rodea el poder de las tinieblas, nuestro corazón puede ver serpientes y escorpiones; y desde la caída tenemos el veneno de la antigua serpiente, que nos hace delirar imaginando a Dios como un monstruo. Pero si bien es cierto que “Satanás pidió zarandear a los discípulos” y Dios le permitió que hiciera caer a Pedro (Lc.22:31), y que “abofetease” a Pablo (2 Co.12:7), sin embargo representarías a Dios como un demonio, si pensaras que quiere llevarte a la eterna perdición. ¿Acaso Él podría permitir que tu aflicción te lleve a la condenación, contradiciendo su propia promesa y burlándose de tu fe? Recuerda que Él mismo te enseñó a rogar por su ayuda. Por eso, si en vez de darte el pan que te prometió te daría el escorpión de la perdición eterna, sería una burla cruel de tu confianza en su Palabra. Aprende, entonces, de una vez por todas, que Dios jamás puede abandonar a la perdición eterna a un alma que busca socorro en el Nombre de Jesús. Pero recuerda también que los caminos de Dios son inescrutables (Ro.11:33); y que esta oración por la venida del Reino de Dios no sería necesaria si ya poseyésemos definitivamente ese Reino, y pudiésemos disfrutarlo sin perturbaciones. O sea, sin que el reino de las tinieblas nos rodease y acosase continuamente.