8 de septiembre 2026

    8.Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis.Gn.3:4

    Notemos aquí, cómo el diablo comienza su ataque. Comienza aflojando astutamente el lazo que liga al ser humano con su Creador, es decir, su fe en la Palabra de Dios. Le infunde duda, diciéndole: “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Habla cautelosamente. No afirma de entrada nada definido y contradictorio a la Palabra de Dios. Somete la orden divina a la consideración de Eva y le sugiere usar su propio criterio para decidir si ese Mandamiento de Dios era razonable, o tal vez lo había entendido mal.

    Y tan pronto como Eva se dejó embrollar en un diálogo, la audacia de Satanás inmediatamente creció, de manera que entonces declara con todo atrevimiento: “¡No moriréis!”

    Así suele proceder el diablo. Comienza alterando la fe, confundiendo el intelecto respecto a lo que se aprendió de la Palabra de Dios, y sembrando en el alma del creyente la duda en cuanto al significado de lo que Dios habló. Si logra eso, lo logró todo.

    Si la persona, en cambio, persevera firme en la Palabra, con una fe viva y bien fundada en la misma, entonces por más poderosa que sea la tentación y profunda la caída, todo aún puede ser remediado. Y el diablo lo sabe. “Por eso”-observa Lutero- “el diablo trató primero de apartar a Eva de lo que Dios había dicho. Y ni bien le había quitado la Palabra, destruyó la buena voluntad que la criatura había poseído anteriormente, de modo que se rebeló contra Dios. Al mismo tiempo el diablo pervirtió y destruyó el intelecto de Eva, de modo que comenzó a dudar de la buena voluntad de Dios. Esto produjo una mano desobediente, que desafió a Dios y se extendió para arrancar la manzana contrariamente a lo que Dios había mandado. La consecuencia siguiente fue una boca transgresora y una dentadura infractora. En fin, a la incredulidad frente a Dios y a la duda frente a su Palabra, le siguen toda clase de males. Y ¿qué puede ser peor que volverse desobediente a Dios y obediente al diablo?”

    A eso apuntó el diablo con su primera pregunta, atrevida y capciosa: “¿Conque Dios os ha dicho…?” Y también con la impúdica mentira: “¡No moriréis!” Como queriendo decir: “Ustedes sí que son unos grandísimos estúpidos si creen que Dios ha dicho eso. Porque Dios ciertamente no puede darle tanto valor a algo tan trivial como comer o no comer de ese fruto. Recuerden que ustedes fueron puestos como administradores de toda la tierra. ¿Acaso les agrada estar sujetos a semejante reglamentaciones? ¿No les gustaría tener la libertad de poder comer de todos los frutos del jardín? La prohibición de no comer del fruto del árbol del conocimiento, ¿no contradice a esas otras palabras de Dios: “He aquí que os he dado… todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer?” (Gn.1:29). De esta manera la vieja serpiente se las ingenió para confundir a la mujer, y llevarla a la incertidumbre e incredulidad frente a la Palabra de Dios.

    Hoy aplica la misma estrategia. No es extraño que uno frecuentemente oiga todavía las mismas palabras exactamente: “¿Con que ha dicho Dios?” de boca de tantos engañadores, por medio de los cuales el diablo trata de desviar de la fe y obediencia a almas sencillas y piadosas.

    Por ejemplo: ¿Habrá dicho realmente Dios que el que no cumple toda la Ley será condenado? O: ¿Habría colocado Dios al ser humano sobre la tierra, sabiendo que caería y que Él finalmente tendría que condenarlo? O: ¿Permitiría Dios que un inocente sufriera por los culpables? O: ¿Habrá dicho el Dios de amor, que no dará por inocente al que tomare su Nombre en vano? (Éx.20). ¿Será tan sensible Dios?

    De esa forma el diablo fortalece a los impíos en su impiedad. Los anima a tener una confianza imperturbable en la indulgente bondad de Dios. Los anima a confiar en que ningún mal los herirá. Les dice: “¡No moriréis!” Por otro lado, hostiga todo el tiempo la confianza saludable de los creyentes. A éstos, la pregunta: “¿Con que ha dicho Dios..?” viene por ejemplo da la siguiente manera: ¿Habrá dicho Dios que no me acusará por mis pecados? (Sal.32:1-2), (Me refiero al pecado que efectivamente tengo y siento). ¿Habrá dicho realmente Dios que Él me da justicia, la justicia de Cristo, una justicia que no poseo ni siento en mi persona? (2 Co.5:21). Duele confesarlo, pero peco todos los días. ¿Habrá dicho Dios que a pesar de ello soy su querido hijo, como si nunca hubiese pecado? ¿Y que soy justificado por pura gracia, únicamente por los méritos de su propio Hijo, que se entregó a sí mismo por nosotros, por nuestros pecados? ¿Habrá prometido Dios que estará conmigo todos los días, aun en mi pequeña habitación, y que escuchará todos mis suspiros y oraciones?

    De esa forma la vieja serpiente ataca cada día nuestra fe en la Palabra de Dios. Quiere minar nuestra seguridad y avivar nuestros propios razonamientos. Si logra eso, entonces puede llevarnos a donde quiere. Por eso siempre hemos de estar preparados. Contra eso siempre tenemos que estar en guardia.

    Publicado por editorial El Sembrador