8.Y tomad el yelmo de la salvación.Ef.6:17
Del pasaje paralelo de 1 Ts.5:8 aprendemos que es ese “yelmo de la salvación”. Ahí dice: “Nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de la fe y del amor, y con la esperanza de la salvación como yelmo”. De modo que nuestro yelmo es la esperanza de la salvación; la esperanza firme y viva de la bienaventuranza eterna en el cielo. El yelmo -o casco- protector de la cabeza en la lucha, era una defensa metálica para la cabeza del antiguo guerrero. Protegía una parte muy importante del cuerpo. Porque un solo golpe de espada en la cabeza podía llevar a la muerte inmediata, o inhabilitar al guerrero para el resto del combate.
Nuestro yelmo espiritual es igualmente importante. Si se nos quita la esperanza de la salvación, inmediatamente se esfuma todo poder espiritual, y la Palabra de Dios pierde su importancia. Entonces veremos sólo “las cosas visibles” (2 Co.4:18), y ya no seremos aptos para hacer, ni para sufrir por causa de Cristo.
Pero así como el protector metálico en la cabeza del guerrero lo habilitaba para avanzar en la batalla con doble temeridad, sin temor a los golpes de espada del enemigo, así también una esperanza firme y viva en la salvación eterna nos capacita a no preocuparnos demasiado por lo que puede pasarnos aquí en este mundo, en el tiempo presente. La esperanza cristiana nos hace buscar sólo lo que agrada a Dios. Porque sabemos que hay cosas tan gloriosas esperándonos después de la lucha, que todos los sufrimientos del presente no son comparables con ellas (Ro.8:18).
Pero para que la esperanza de la salvación realmente llegue a ser ese yelmo y sea poderosa en la lucha, se necesita algo más que hermosas palabras e ideas. Hacen falta profunda reflexión y verdadera fe. Cuando nuestra vida va relativamente bien, uno fácilmente puede hablar y cantar de la bienaventuranza eterna, sin necesitad de aliento. Pero ¡preparémonos! Porque también vendrán otros tiempos. Es decir, días malos y oscuros, cuando todo el mundo se nos volverá demasiado estrecho; cuando nuestro corazón querrá partirse de angustia, y deseemos morir; cuando se esfume la felicidad de nuestras vidas, y nada nos interese más que el fin de nuestra existencia.
Por eso, ¡Preparémonos cuidadosamente! ¡Pensemos seriamente si tenemos un fundamento real y seguro para nuestra esperanza! E imploremos a Dios que nos envíe su Espíritu Santo, a fin de imprimir profundamente en lo más íntimo de nuestras almas esa esperanza, de modo que llegue a ser nuestro pensamiento principal y nuestra guía durante toda nuestra vida. La cierta y segura esperanza de salvación coloca en nuestras almas el fundamento para la verdadera sabiduría, nos da el profundo e imperturbable consuelo en todas las aflicciones, y la paz y el poder divinos para todas las luchas y pruebas.
Esto no es para cualquiera. Es como salmuera tibia en la boca para quienes desean tener su Paraíso aquí, y vivir como la gente mundana. “¿Qué? ¿El cielo? ¡No, gracias! ¡Háblennos de algo más concreto: De salud y alegría aquí, en este mundo!” Así piensan los incrédulos y materialistas al oír el Evangelio. “Queremos buenos empleos, viviendas cómodas, suficientes alimentos, ropa, y diversiones. ¿El cielo? El cielo puede esperar. Que llegue a su debido tiempo. Ahora no lo necesitamos”.
Incluso entre los que comenzaron a buscar las cosas de arriba y están en el pacto de gracia con Dios, hay muchos que no conocen el valor y el poder de la esperanza de la salvación. Particularmente los que todavía no han sido mortificados, y abrigan muchos hermosos planes y expectativas para su vida en este mundo, porque no han sufrido suficientes desilusiones, ofensas, golpes y contratiempos.
Pero, preparémonos para el cielo, porque habrá momentos en los que no encontraremos en toda la Escritura palabras más dulces que las que nos hablan de la feliz partida de esta vida. Pues, tan cierto como que pertenecemos a Cristo, nuestro viejo hombre debe ser crucificado, con todos sus vicios y malos deseos. Y una vida crucificada ciertamente es una vida dolorosa, una muerte lenta. ¿Y qué alivio se le puede dar a una persona colgada en la cruz? Por la gracia de Dios puede recibir un alivio y descanso momentáneo, como ocurrió también con Jesús, cuando vino un ángel del cielo, para fortalecerlo en el Getsemaní.
Pero un nuevo golpe, nuevas penas y amarguras, lágrimas y gritos interrumpirán pronto ese alivio.
Cuanto más tiempo vivamos como cristianos en este mundo, tanto más acertadas nos parecerán las palabras del apóstol: “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Co.15:19). Cuanto más tiempo vivamos, tanto más acertadas nos parecerán las palabras del Antiguo Testamento: “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Sal.90:10).
Nuestra esperanza de salvación se fortalecerá, si tenemos bien presente que nada en este mundo puede satisfacer el profundo e infinito deseo del hombre por felicidad eterna, y que toda esta vida es sólo una grande y engañosa vanidad. El más rico y feliz rey de Israel, durante una larga y gloriosa vida había buscado su felicidad en todo lo que este mundo puede ofrecer. Finalmente sacó la conclusión de que todo fue un engaño y vanidad (Ec.1:2; 12:8). Este mundo no tiene lo que puede hacer feliz al alma inmortal.
Hasta la persona más rica y famosa siempre enfrentará la triste realidad de que todo su esplendor acabará irremediablemente.