8 de mayo 2026

    8.Ya vosotros estáis limpios por la Palabra que os he hablado.Jn.15:3

    Miremos un poco la razón profunda y secreta por la que nuestro Señor Jesucristo pudo llamar limpios a sus discípulos, a los mismos discípulos cuya historia está tan repleta de errores y faltas; más aún, de gravísimos pecados.

    Notemos que en la misma noche en que anunció y sufrió las caídas y los pecados de ellos, pudo llamarlos “limpios” dos veces. Él les dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la Palabra que os he hablado”(Jn.15:3). Su Palabra había creado en ellos la fe que acepta al Salvador, su pureza y sus méritos. La segunda vez sus palabras fueron: “El que está lavado… (por la fe en la sangre de Cristo) está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos” (Jn.13:10-11).

    Nuestro Señor Jesucristo estaba hablando de una limpieza o pureza espiritual. Porque en cuanto a la pureza física (o levítica) Judas estaba tan limpio como los demás discípulos.

    Pero aquí Jesús habla de la pureza oculta, de la justicia imputada, que el creyente recibe al creer en Él. Jesús dice: “Estáis limpios”, y lo dice en la misma noche en que pecaron tan alevosamente; lo dice Aquel cuyos ojos son “como una llama de fuego” (Ap.19:12), el que juzgará a todo el mundo en el postrer día. Si Él hubiese mirado la justicia personal de los discípulos, jamás podría haber dicho: “¡Ya vosotros estáis limpios”. ¡No! Fue el lavamiento obrado por su Palabra lo que los había limpiado. Vale decir, no ante los ojos de ellos o de otro ser humano, sino sólo ante Aquel que puede ver todo y valorar también la justicia de Cristo, ¡que es eterna e invariable!

    Pero ¿cómo? ¿Acaso Dios no repudia eternamente el pecado? ¿Acaso no ama invariablemente la justicia? ¿Cómo puede entonces considerarnos justos y aceptos siendo que erramos y pecamos, y no siempre hacemos su voluntad?

    Respondo: Dios ciertamente siente un santo y eterno repudio hacia el pecado. Pero volcó todo ese repudio e ira contra su propio, unigénito Hijo. Lo descargó en Él. “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros… Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is.53:5,6b).

    Si nosotros no estuviésemos cubiertos con su justicia, la menor transgresión bastaría para condenarnos. Pero con los ojos puestos en la justicia de Cristo el apóstol puede decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús…” (Ro.8:1).

    Y cuando Dios reprende los pecados de sus hijos, con los que mantiene una relación muy particular, ya no lo hace por enojo, o por reclamar el pago de sus culpas, sino por puro amor, con el objeto de debilitar y destruir de raíz los deseos pecaminosos que todavía tienen. Por eso dice de los seguidores de su Hijo: “Si dejaren sus hijos mi Ley, y no anduvieren en mis juicios.., entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia” (Sal. 89:30,32,33).

    De esto dice también Lutero en su explicación del salmo 51: “Al pecado hay que considerarlo de dos maneras: Primero, como perdonado y cubierto por la justicia de Cristo, con la que fuimos revestidos por la fe en Él, y gracias a la cual los pecados que aún cometemos por debilidad, no nos son imputados.

    Y segundo, como aún adherido a nosotros, y del cual tenemos que lavarnos todos los días, mediante el poder del Espíritu Santo, que debilita y mortifica el pecado dentro de nosotros.

    San Agustín explica que la depravación o maldad con que nacemos permanece aun en los santos, se mueve en la carne, y nunca queda totalmente aniquilada y extirpada, pero les ha sido perdonada y no les es imputada a los fieles. Ya no puede condenarlos. Mientras nos gobierna la gracia y misericordia de Dios, el pecado no nos puede condenar, ni provocar el enojo de Dios. En los piadosos, santos y justos aún queda algo pecaminoso, como malos deseos, concupiscencias y otros vicios. Y David ruega aquí, ser librado también de eso. Por eso, ambas cosas son ciertas: Que el cristiano ya no es un pecador, y que todos los cristianos son pecadores”.

    “Es un arte bastante difícil entender y aprender bien este sublime, grandioso y sumamente consolador secreto. Es decir: Que la gracia de Dios y la justicia de Cristo son tan independientes de nuestras obras, que en Cristo los creyentes somos en todo momento igualmente justos y absueltos. Sí, que “en Cristo” el malhechor en la cruz a la derecha de Jesús es igual de santo que San Pedro. Y que no influye nada que los apóstoles Pedro y Pablo hayan realizado mayores hazañas que el malhechor, o que tú y yo”.

    Es realmente un arte muy difícil entender y aprender bien este secreto del Evangelio. En efecto, si Dios mismo no nos ilumina con su Espíritu y abre nuestros ojos y sentidos, nos resulta totalmente imposible. Porque por naturaleza somos todos “insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho” acerca de Cristo (Lc.24:25).

    Publicado por editorial El Sembrador