8 de marzo 2026

    8.Hubo también entre ellos una disputa, sobre quién de ellos sería el mayor.Lc.22:24

    Aquí podemos ver cómo Jesús trata a ciertos discípulos que habían pecado en forma muy vergonzosa. Porque sin duda, fue sumamente vergonzoso discutir sobre quién de ellos era el mayor o el más importante. Tan sólo los pensamientos en ese sentido son repugnantes pecados. Pero aquí el pensamiento se hace visible en la forma de una discusión sobre el asunto. ¿Era decoroso algo así para los discípulos de Jesús? ¿Queda bien que los cristianos hagamos tales cosas? ¿Cómo reaccionó Jesús? ¿Le gustó esa disputa? ¡Dios nos guarde de esas cosas!

    El Señor los censuró enérgicamente. Les dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, mas sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” (v.25-26).Y para reprenderlos aún más se pone a sí mismo como ejemplo, agregando: “Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve?¿No es el que se sienta a la mesa? Mas Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (v.27). Con esas palabras les mostró su indignación. Y se lo merecían.

    ¡Pero vean lo que el Señor sentía en su corazón! Junto a las duras palabras de censura por el pecado que cometieron, comienza a hablarles acerca de los sitios de gloria en el cielo y de cómo habrían de sentarse en tronos con Él en su Reino, juzgando a las doce tribus de Israel. Ah, ¿qué veo ahí? ¿Qué oigo? ¡Qué Salvador más amable! Pensé que por causa de nuestra pecaminosidad e indignidad perderíamos su amor y los derechos de hijos, o que seríamos excluidos de su gracia, por lo menos por un tiempo. ¡Pero no! ¡Aquí veo algo tan inesperado!

    ¡En medio del reproche aun habla a los discípulos acerca de sus tronos en el cielo! La gracia con la que Dios nos adoptó como hijos es algo totalmente aparte, que no puede ser anulado. Descansa en un fundamento diferente y mucho más firme. Que los discípulos ahora eran hijos de Dios y que estarían eternamente en el cielo con Cristo, era un asunto decidido, y que no dependía de su pobre e imperfecta piedad. Jesucristo solo quiso reprender, corregir y exhortarlos, nada más. ¡Vean cómo actúa nuestro bondadoso y fiel Salvador!

    El diablo, en cambio, apunta a nuestra vida y salud; quiere condenarnos inmediatamente, cuando hemos pecado. Cristo no procede así.

    ¿Y qué podemos aprender de todo esto? ¿Que no es peligroso pecar contra Dios? ¿Porque Cristo reaccionó con tanta gracia y paciencia frente a ese vergonzoso pecado de sus discípulos? ¿Vamos a discutir nosotros también acerca de cuál persona o grupo es el mejor, o por cosas parecidas? No faltan los que pretenden sacar tales conclusiones cuando se cita el ejemplo aquí descrito. Esos corruptos ya fueron expresamente denunciados por el Espíritu del Señor en Ro.3:8, donde el apóstol dice de ellos: “…cuya condenación es justa”.

    Pero los evangelistas tampoco escribieron estos ejemplos de la flaqueza de los discípulos y de la bondad de Cristo para que los pasemos por alto silenciosamente; al contrario, es para que reflexionemos. No son pecados característicos de ciertos incrédulos, sino flaquezas de los creyentes, y por eso se nos advierte al respecto. Antes de su muerte, Jesús les dice claramente a esos mismos discípulos: “Yo soy la vid; vosotros sois los pámpanos”; “Yo en ellos, y ellos en Mí”; “vosotros ya estáis limpios…” (Jn.15:5ss). Que estos mismos discípulos recibieran luego, en el gran día de Pentecostés, un poder todavía muy superior, no los convirtió en cristianos y amigos de Cristo, sino en apóstoles.

    Fueron dotados con tal “poder de lo alto” como no lo tuvo nadie más desde entonces (Lc.24:49). Sin embargo, ni siquiera después de eso estuvieron libres de faltas.

    Quien desee guardar pura la verdad del Evangelio, debe recordar que la gracia de Dios no depende del grado de piedad y de la fortaleza del creyente. Quien piense así se está equivocando en cuanto a la fe. Si pensamos que la gracia de Dios depende de nuestra santificación, inmediatamente le hemos puesto a nuestra fe otro fundamento que el puesto por Dios (1 Co.3:11). Pero como la fe no depende del grado de nuestra santificación, está bien que los evangelistas describan la tolerancia de Cristo frente a sus débiles discípulos, como un ejemplo del amor del Señor.

    Y ahora también estamos en condiciones de comprender qué conclusiones y lecciones deducir de este ejemplo. No significa que el pecado no importe, que podemos repetir las flaquezas de esos discípulos y seguir siendo cristianos.

    Significa que la gracia de Cristo es tan grande que no puede ser anulada por las caídas de sus amigos, como acabamos de ver. Debemos aprender a valorar la reconciliación y el perdón de pecados que obtenemos de Cristo, por la fe en Él, de modo que nuestra pobre fe se fortalezca. Luego, esa fe fortalecida producirá un creciente amor y tendremos poder para hacer buenas obras. Aprenderemos que “el amor de Cristo nos constriñe” (2 Co.5:14), siempre que seamos miembros vivientes de su cuerpo.

    Si en cambio esto tiene el efecto contrario, de modo que te sientes envalentonado a pecar libremente porque la gracia de Dios es tan grande, es una señal de que estás espiritualmente muerto. La rama que produce hojas, flores y frutos al calor del sol está insertada al árbol frutal y recibe abundante savia; mientras que la rama cuyas hojas se secan al calor del mismo sol está muerta, y ya no está insertada en el tronco.

    Publicado por editorial El Sembrador