8.Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.Mt.5:44
Estas palabras nos muestran la actitud de nuestro Señor Jesucristo frente a los enemigos, y la conducta que los cristianos estamos llamados a imitar.
“¡Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, orad por los que os ultrajan y os persiguen!”
¡Reflexionemos en la alta meta que el Señor nos propone aquí! Así por lo menos sabremos qué es la santidad, y no cruzaremos por la vida en la oscuridad de nuestra naturaleza corrupta. El Señor Jesucristo no sólo reprueba y condena a los que odian, difaman o hacen mal a sus enemigos. Él tampoco aprueba a los que no aman a sus enemigos, ni les hacen bien. Pues cuando ordena: “Amad a vuestros enemigos”, “amar” efectivamente significa amar; o sea, tener sincera compasión y verdadero deseo de hacerles el bien.
En segundo lugar, el Señor quiere que el amor se manifieste en palabras e intercesiones benignas, pues dice también: “Bendecid a los que os maldicen… ¡y orad por los que os ultrajan y persiguen!” Cuando el odio y la enemistad no se pueden expresar con hechos violentos, generalmente se manifiestan en palabras. Una persona puede desacreditar a su enemigo de muchas maneras, por ejemplo arruinando su reputación, o difundiendo todo tipo de calumnias contra él.
Jesucristo dice que, por el contrario, hemos de hablar bien de nuestros enemigos y no desearles ningún mal. Hemos de bendecir a los que nos maldicen. Y el apóstol Pablo ordena lo mismo: “¡Bendecid a los que os persiguen! ¡Bendecid, y no maldigáis!” (Ro.12:14). ¡Ay, Dios mío! ¡Cuán lejos estamos de tu modo de pensar y juzgar! “¡Bendecid a los que os persiguen!” ¡Ah, Señor Dios ten piedad de nosotros!
En la epístola a los romanos el apóstol Pablo repite la orden de bendecir, con lo que nos da a entender que es necesario tomar esta amonestación a pecho y observarla. Pero si hemos de amar, bendecir y hablar bien de nuestros enemigos, de las personas que nos persiguen, ¿quiénes son entonces las personas a las que hemos de aborrecer y rechazar? Parecería que esto no cuadraría para nada en una mente santificada, en la conducta de un discípulo de Jesús, que no debe odiar, ni desprestigiar, ni maldecir a nadie…
Sin embargo, alguien puede señalar con razón: “¿Acaso la Escritura no nos dice que también los santos, los apóstoles y Cristo mismo ocasionalmente emitieron palabras durísimas contra sus enemigos? ¿Palabras que eran cualquier cosa menos bendiciones y expresiones de afecto? Respondo: Las palabras y los duros juicios que los santos pronunciaron en Nombre de Dios, eran juicios y maldiciones del santo Dios contra sus enemigos, no juicios de hombres contra sus enemigos personales. Lo que un servidor de Dios hace “ex oficio”, como cuando un juez pronuncia una sentencia condenatoria justa, o cuando un carcelero encierra a un criminal, o un Pastor o maestro censura y reprende a una persona rebelde conforme a la Palabra de Dios y en el Espíritu de Cristo, todo eso es castigo de Dios. Y lo que hace Dios es justo y correcto. Pero en el Sermón del Monte, Cristo dice qué debemos hacer a los que nos ofenden personalmente como seres humanos. No habla de lo que alguien debe hacer como funcionario, sino como individuo particular. A sus discípulos en particular, sólo les ordena amar, bendecir y hacer el bien.
También lo que el Señor ordena en el versículo 42 (Mt.5) forma parte de la demostración del amor: “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses”. Aunque fuese nuestro enemigo el que se encuentra en problemas, socorrámosle. “¡Haced bien a los que os aborrecen!” Y el Señor agrega dos razones convincentes, por las que hemos de amar y hacer bien aun a nuestros enemigos. Primero, porque de esa forma nos asemejamos a nuestro Padre celestial, como fieles hijos suyos. Dice Jesús: “… para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (v. 45). El Señor menciona el sol y la lluvia, dos importantes factores por medio de los cuales nos da los frutos y las bendiciones de la tierra. Con eso resumió la inmensa riqueza y los incontables dones de la tierra, que Él prodiga constantemente, tanto a sus enemigos como a sus queridos hijos. Tal es el “corazón” de Dios. Y de ese temperamento hemos de ser también nosotros.
La segunda razón que el Señor menciona, es que en el caso opuesto no nos semejamos a Él, sino a los impíos e infieles. Dice: “¿Porque si amáis a los que os aman, qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? ¿Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles?” (v.46,47).
Las personas que quieren ser buenas y piadosas, pero son tan mezquinas en su amor que aman y sirven solamente a sus amistades, ¡al oír estas palabras del Señor Jesucristo deberían despertar!
Aun la gente malvada, los ladrones y bandidos, no son tan malos como para romper la amistad dentro de su grupo. Jesús dice que hasta los diablos poseen esa afinidad. Si no fuera así, su reino pronto se derrumbaría (Lc.11:14-23).
Analicemos la calidad de nuestra generosidad y amabilidad, para ver si somos “buenos” sólo con nuestros amigos. En ese caso somos tan “piadosos” como los ladrones, bandidos y demonios.