8 de enero 2026

    8.Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.Gál.4:4-5

    ¡Ah, eterno amor de Dios, que se apiadó tanto del mundo! Aquí se nos dice la razón por la cual el Hijo de Dios se convirtió en un ser humano, cuál fue su gran misión, y el propósito de su venida al mundo. Fue puesto bajo la ley, “para redimir a los que estaban debajo de la ley”. ¡Ah, tinieblas oscuras de incredulidad, que no nos quieren permitir entender esto! Observa a los que realmente creen que Dios nos ha dado a su Hijo para cumplir la ley por nosotros. No me sorprende que amen a ese Dios y Salvador. No me sorprende que por causa de ese sublime encanto celestial, y de la paz y del amor que los embarga, se vuelvan fervientes en el espíritu. No me sorprende que estén ardiendo de celo contra cualquier otro sacrificio que pretenda hacernos santos y justos.

    Cuando Dios quiso salvar a la humanidad caída, y redimirla de la condenación de la ley, ¿qué habría de hacer? La ley debía ser satisfecha, de modo que no se anulase ni una jota ni una tilde de los requerimientos de la justicia divina (Mt.5:18). Y ahora el apóstol nos dice que el propio Hijo de Dios, puesto bajo la ley, efectivamente rindió esa satisfacción. Él que es el Señor de la ley, resolvió volverse su siervo y cumplirla en nuestro lugar. ¡Qué incomparable es el amor de Dios!

    Si crees lo que declara toda la Escritura, que Cristo cumplió la ley, faltaría solo una cosa más para que estés tranquilo: que sólo gracias a la justicia de Cristo llegásemos a ser justos ¿Estás seguro que Cristo ha cumplido la Ley a la entera satisfacción del Padre eterno?

    Te respondo: Sí, puedes quedarte completamente tranquilo: Cristo cumplió la ley perfectamente. Amó a Dios de todo corazón, con toda su alma, y con todas sus fuerzas, y con toda su mente. Cumplir la voluntad de su Padre fue su comida (Jn.4:34). Y en igual plenitud “amó a su prójimo como a sí mismo”, tanto que aún se olvidó de sí mismo y “derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Is.53:12). “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente a la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8). Porque fue “puesto bajo la ley” (Gal.4:4), también fue sometido al juicio y a la maldición de la ley que condenaba a los pecadores, como dice en Gá.3:13: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros”. Y en He.2:14-15: “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”.

    Así cumplió todo por nosotros. ¡Alabado y engrandecido sea su Nombre! Él fue el único que pudo hacerlo. “Para esta tarea nos quedaba excesivamente grande la armadura”-diría Lutero. Y también: “Nos caímos de la montura…” Ahora el mundo entero debería darle todo el honor a Cristo por la tarea cumplida, y reconocer que el Señor lo consumó todo. Lamentablemente, el diablo ofusca de tal modo los sentidos de la gente, que muchos cruzan por la vida sin reconocer el verdadero valor de lo que Cristo ha hecho.

    Leemos, cantamos y decimos que Dios nos dio a su propio Hijo por hermano, para que cumpla la Ley y sea sacrificado como Cordero por nuestros pecados, y no obstante seguimos obsesionados con la idea de que, para agradar a Dios y estar seguros de su gracia y amistad, nosotros mismos debiéramos ser los intachables cumplidores de la ley. Con ampulosas palabras de nuestros labios alabamos al Mediador, pero luego apelamos nuevamente a nuestras obras para reconciliarnos con Dios.

    Hay mucha gente que jamás, en toda su vida, demostró interés o aprecio por Cristo. Detengámonos entonces por un momento, y pensemos en lo que la Escritura dice en cuanto al beneficio y servicio de este gran don que Dios nos dio, cuando sometió a su Hijo a la ley. El apóstol dice que fue “para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá.4:5). ¿No has visto u oído estas palabras nunca antes? ¿Acaso no debiéramos celebrar inmediatamente ese divino amor, y reconocer que lo que nuestro perfecto Cumplidor de la ley ha hecho por nosotros es suficiente y eficaz? El apóstol dice aquí que no lo hizo para sí, sino “para redimir a los que estaban bajo la ley”.

    Que todos los que desean ser cristianos se detengan por un momento para considerar seriamente lo que significan las palabras: Cristo es el fin de la ley.

    Sí, Él es el centro y meollo de la Escritura. Como dice en Ro.10:4: “Cristo es el fin de la ley, para justicia a todo aquel que cree”.

    Publicado por editorial El Sembrador