8 de diciembre 2026

    8.Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.Ro.11:6

    Este es un texto de la Escritura, destinado especialmente a revelar y a mostrarnos, el significado de la gracia de Dios. Aclaraciones como éstas son muy necesarias.

    Miles de personas dicen y aún cantan que somos salvos sólo por gracia; Pero, si esperan ser dignos de la gracia por medio de sus buenas obras, si confían en algo bueno que supuestamente existiría en ellos mismos, todavía están en tinieblas, porque confunden la gracia y los méritos. Por ejemplo, se dan cuenta de que son perversos y de que constantemente están pecando y nunca obtienen paz, por eso andan apesadumbrados, creyéndose parcialmente condenados por Dios, por más que hablen de su “gracia”. Reconocen que no viven ni son como Dios quiere, por más que sostengan que la salvación es por gracia, no por obras. Así confunden gracia y obras, olvidando que son cosas contrarias.

    Esta confusión es perjudicial para la vida espiritual. Cuando uno no está en paz ni está seguro del amor y la amistad de Dios, no puede tener el poder ni el deseo ni la voluntad de hacer el bien, ya que esto es solamente un fruto de estar reconciliado con Dios, teniendo consuelo y paz con el Señor. Por lo tanto, deberíamos considerar detenidamente este texto, para entender bien la gracia.

    El apóstol nos dice: “Y si por gracia, ya no es por obras”. Si es que solamente por la gracia de Cristo somos justos y puros ante Dios, entonces ya nada tienen que ver en ello nuestras buenas obras, piedad, obediencia, amor, arrepentimiento y oraciones. Todas tus faltas no disminuyen ni en lo más mínimo el amor de Dios, por cuanto su amor se basa en su gracia…sólo en la gracia.

    Así, pues, “es por gracia”, sin relación con nuestros méritos internos ni externos. De lo contrario, la gracia no sería lo que es: Un regalo que no merecemos en absoluto. Si no fuera así, la gracia sería algo absurdo. Y no un regalo que se nos otorga gratuitamente. Cuando la Palabra de Dios habla de gracia, excluye todos nuestros méritos. Si fuésemos justificados ante Dios por medio de nuestras buenas obras o méritos personales, ya no sería por gracia.

    Entonces no deberíamos decir que somos salvos por gracia, porque de lo contrario los méritos no serían méritos. La gracia y los méritos son totalmente contrarios entre ellos.

    Si fuésemos justificados ante Dios por medio de buenas obras o méritos propios, deberíamos darle valor a las obras y méritos y dejar de decir que somos salvos por gracia. El mérito que no alcanza a merecer una recompensa, sino que todavía necesita gracia, no es un verdadero mérito. De esta manera tan tajante habla el apóstol aquí, como queriendo decir: O es por gracia, y en ese caso nada, absolutamente nada tienen que ver nuestras obras y méritos; o es por obras, y en ese caso no habría gracia, absolutamente ninguna gracia. No es una gracia que alguien se muestre amable con una persona que merece su aprecio. No es gracia si no es algo totalmente inmerecido. Eso es lo que el apóstol quiere decir. Aclarado esto, lo más importante es saber si Dios salva a los pecadores por pura gracia. ¿Qué ha decidido y qué nos ha revelado el Señor al respecto? De esto depende mi paz y consuelo en la hora de mi muerte. Quiero estar completamente seguro de lo que dice el Señor sobre un tema tan importante. Sí, ¿qué dice Dios en su Palabra respecto al Hijo que ha enviado? Veámoslo.

    La principal prueba de que Dios quiere salvarnos por gracia, y no por medio de nuestras obras, se basa en que Él envió a su Hijo unigénito al mundo, y lo puso bajo la ley en nuestro lugar, para que sea el sacrificio por nuestros pecados. La obra redentora de Cristo y todo lo que Dios ha revelado al respecto, son el fundamento para creer en la inmerecida gracia.

    Desde el comienzo de la creación, Dios ha revelado su intención de enviar a su unigénito Hijo, para que sea nuestro Salvador. El día de la caída en el pecado Dios prometió un descendiente de la mujer, que habría de aplastar la cabeza de la serpiente (Gn.3:15). Luego, durante un largo período de tiempo y por medio de innumerables sacrificios simbólicos y renovadas promesas, Él continuó alentando la esperanza de su pueblo en la venida del Salvador que había anunciado. Finalmente, su venida fue anunciada y certificada por ángeles; y fue acompañada por señales y por la venida del Espíritu Santo. Entonces “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn.1:14).

    Y fue visto como el obediente siervo de Dios, “nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley” (Gá.4:4-5). Él dijo que había venido “para dar su vida en rescate por muchos” (Mt.20:28); y siendo santo e inocente se entregó a sí mismo en sacrificio, para padecer y morir por nuestros pecados. Esto demuestra -muy claramente- que Él quiere salvar a toda la humanidad por pura gracia.

    Ahora que el Señor Dios nos ha dado a su Hijo unigénito para que sea nuestro Redentor, entregándolo en sangriento sacrificio por nuestros pecados, cada uno puede concluir si es que Él todavía desea tener en cuenta algún mérito o dignidad nuestro. “Si por la ley -por obras o méritos nuestros- fuese la justicia, por demás murió Cristo”, dice el apóstol (Gá.2:21).

    Publicado por editorial El Sembrador