8 de agosto 2026

    8.Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en Mí.Jn.15:4

    Tal vez suspires diciendo: “Soy espiritualmente tan frío… ¡Tan impotente en la lucha contra las tentaciones! Oigo las advertencias de peligro, pero me opongo con todas mis fuerzas. Leo las palabras de amonestación, pero todo parece ser en vano ¡Sigo frío y débil! ¿Qué pasa conmigo?”

    Pasa exactamente lo mismo que cuando te arrepentiste por primera vez, cuando estabas igual de angustiado ¡Es incredulidad! La niebla fría y mortífera de la incredulidad envuelve tu alma, y no te permite reconocer debidamente a tu Salvador, ni sentir el amor de Jesús. El remedio es que te arrojes nuevamente, tal como eres, a los brazos perdonadores de Jesús, y descanses allí hasta que vuelvas a ser restaurado y a fortalecerte. O sea: desviando la atención de tu propio comportamiento, de tu vileza y de tus pecados y mirando sólo el corazón de Dios, pensando sólo en la sangre propiciatoria de Cristo y en su intercesión por ti. ¡Ah! ojalá pudiésemos grabar con letras de oro en los corazones de todos los creyentes, que nuestra salvación y bienaventuranza eterna dependen últimamente de un solo factor: Que permanezcamos en Aquel que nos amó y nos salvó. Así hallaremos también el verdadero remedio contra el pecado.

    Cierta mujer cristiana cayó en pecado por descuido. Al principio su falta no fue muy grave, pero de todos modos, destruyó la fe y la paz de esa mujer. Ella trató de recuperarlas, restaurando por medio del arrepentimiento la buena relación con su Salvador. En su opinión, lo primero que debía lograr era sentir remordimiento por algún tiempo, después mejorar su conducta, y finalmente buscar la gracia y perdón. Pero, ¿qué ocurrió? La tentación a repetir el pecado se volvió cada vez más intensa. Y en el mismo grado la incredulidad.

    La impotencia espiritual aumentó, de modo que cayó de nuevo. Y con esto encontró doble razón para desesperar, y para separarse definitivamente de su puro y santo Dios. Por su incredulidad esa pobre mujer se fue alejando, paso a paso, de su único Salvador, hasta que finalmente creyó que todo estaba perdido.

    Entonces, para tranquilizar su angustiada y clamorosa conciencia, comenzó a buscar falsos consuelos, como excusas por sus concesiones al pecado. Y trató de disolver, en la impiedad y en el desenfreno general del mundo, los últimos vestigios de la fe que una vez tuvo y que había perdido. Y cuando llegue su fin, si muere en ese terrible estado espiritual, ¿cuál habrá sido la causa decisiva de su desastre? Que no buscó inmediatamente después de pecar, la gracia del perdón, la reconciliación por medio de Cristo, el lavamiento purificador en la sangre del Cordero. En cambio, fue tratando de remediar el mal por sí misma, con su penitencia y esfuerzos de reparación. Por supuesto que fue malo que cayera en pecado. Mejor hubiera sido velar y luchar contra el pecado hasta vencer la tentación. Sin embargo, habría sido posible remediar su caída, por medio de la gracia de Cristo Jesús, si enseguida se hubiese refugiado en Él. Porque “Cristo tomó (obtuvo) dones para los hombres, también para los rebeldes” (Sal.68:18). El error fatal de esa mujer fue dejar que su propia razón y el diablo la aconsejaran mal, desviándola de Jesús y del camino de la restauración.

    Aquí vemos nuevamente ante nuestros ojos el camino angosto. En el momento de la tentación e incluso antes, tenemos que sentir temor y espantarnos ante la posibilidad de caer. Pero después del pecado, si sufrimos la desgracia de la caída, tenemos que volver valientemente al trono de la gracia, cerrar nuestros ojos y oídos a los malos consejos de nuestra razón y de nuestros sentimientos, meternos de lleno en el río de la gracia de Cristo, lavarnos y deshacernos allí de todas nuestras impurezas. El peligro es que seamos demasiado confiados y valientes antes de pecar, y demasiado tímidos y cobardes después de pecar.

    Es parte de nuestra vigilancia espiritual, que al primer asomo de arrogancia en nuestra imaginación y de confianza en nuestra supuesta capacidad, sintamos miedo de una caída (Lc.12:35-40). Ante la primera señal de la presencia de una tentación, hemos de ponernos en guardia e implorar inmediatamente la ayuda del Espíritu Santo. Siempre que nuestra ocupación lo permita, hemos de evitar todas las ocasiones, los lugares, las personas y condiciones que nos involucrarían en tentaciones. Porque si oramos: “No nos metas en tentación”, pero nos arrojamos deliberadamente en ella, nos burlamos del Señor y nos engañamos intencionalmente a nosotros mismos.

    Por otro lado, es propio de la verdadera fe, que tan pronto como hemos caído, no tratemos de auxiliarnos a nosotros mismos, sino que busquemos la gracia exactamente del mismo modo en que lo hicimos la primera vez. Este ejercicio herirá nuestro orgullo, contristará y ablandará nuestro corazón, y nos impulsará a recurrir diariamente a la Palabra y a la oración. Si reaccionamos así luego de una caída, recibiremos la misericordia que nuestro fiel Señor nos consiguió, al morir por nosotros en la cruz.

    Por eso, si nos sentimos tentados a la idolatría y comenzamos a amar más un bien terrenal que a Dios, Él nos lo quita y nos causa tanto sufrimiento, que lloramos y nos lamentamos de dolor. O tal vez nos dé lo que le pedimos, pero dejará que eso se nos convierta en un grandísimo problema. O si no podemos conservarnos humildes, y comenzamos a ser presumidos, Dios permite que el diablo nos ataque, para que caigamos en graves tentaciones, en pecado y vergüenza. Y no obstante perdemos menos con eso, que si Dios nos hubiese dejado andar en nuestra soberbia. Porque en ese caso todo estaría perdido. Esta es la regla: Una persona recibe tanta santidad y dones de gracia, como la humildad que aprenda. Si comenzamos a menospreciar y a desobedecer la Palabra de Dios, Él nos deja caer a ese fuego infernal, en que comenzamos a dudar del origen divino de las Escrituras. Con tal de que seamos sinceros en nuestra voluntad de santificación, Dios, por amor de Jesús, ciertamente nos santificará. Aunque posiblemente lo haga en forma diferente de la que esperábamos.

    Publicado por editorial El Sembrador