8.Padre nuestro, que estás en los cielos.Mt.6:9
Ningún cristiano debería seguir orando el padrenuestro, sin antes haber analizado cuidadosamente si entiende lo que dice cuando llama a Dios “Padre”; es decir, que Dios efectivamente es su piadoso y benigno Padre y él su amado hijo. Porque el consuelo y el poder de esta sublime oración dependen de la sincera fe en la palabra: “¡Padre!” Así que, ¿Puedes llamar a Dios Padre, de todo corazón?
¿Crees en tu corazón que eres un amado hijo de Dios? ¿Te das cuenta de lo que eso significa? Si es así, también podrás orar el resto de esta preciosa oración con toda confianza.
Pero aquí encontramos nuevamente toda clase de flaquezas, aún en las almas creyentes. Las personas que todavía no conocieron la libertad de servir a Dios por la fe en Jesús, le sirven por un sentido de obligación; otros se consideran hijos de Dios, pero no en el maravilloso y verdadero sentido de la palabra, como la empleó Cristo, sino solamente en el sentido de que ya no se identifican con el mundo impío, sino con la religión, pues intentan buscar y amar a Dios. En ese sentido superficial de la palabra, muchos pueden pensar que son “hijos de Dios”, pero en realidad no lo son. Pues, ser una persona religiosa no equivale necesariamente a tener la verdadera fe. La fe confía y sabe que, gracias a Cristo, “Dios es nuestro verdadero Padre, y nosotros sus verdaderos hijos”, como bien lo explica Lutero en su Catecismo.
Aprendemos qué significa la palabra “Padre”, de lo que Cristo dice refiriéndose a nuestra relación con Él. Pensemos en su significado ¡y pidamos a Dios que ilumine nuestra mente para comprenderlo!
En el día de su resurrección, cumplida su obra redentora, el Señor comenzó a hablar sus discípulos de la siguiente manera: “Vayan a mis hermanos y díganles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn.20:17).
¿Ves ahí qué significa ser un hijo de Dios? Primero, Jesús llama a sus discípulos “hermanos”; pero como si eso no fuese suficiente, y para que nadie pase por alto lo que quiso decir al llamarnos “hermanos”, agrega: “… mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. Con esto el Señor Jesucristo indica con toda claridad qué quiso decir con la palabra “hermanos”. Así la expresión “hijos de Dios” adquiere tanta excelencia, que aun los ángeles del cielo pueden llenarse de admiración al oírla. “¡Hijo de Dios!” Esa fue la gloria en la que pensó Dios al principio cuando creó al hombre. Y cualquiera puede darse cuenta de que Dios lo ha creado todo en la tierra para beneficio del ser humano. El hombre, un “¡Hijo de Dios!” Por esa razón el unigénito Hijo de Dios también llegó a ser humano, y pudo decir que sus discípulos eran sus verdaderos hermanos. Sin duda, tenemos que reconocer que nuestro entendimiento es demasiado limitado, para comprender debidamente algo tan maravilloso… Existe una diferencia abismal entre la fe de uno y de otro sobre este tema.
Está el que nunca llega a admirar lo suficiente la altura y profundidad, la anchura y longitud de esta sublime condición; el que conociéndola y creyendo en ella, parece no poder apreciarla nunca lo suficiente, a pesar de que ser un “hijo de Dios” es la mayor alegría de su vida. Mientras que otro dice creer lo mismo, pero ni se maravilla ni alegra. Y es porque todavía no entiende qué significa realmente ser un hijo de Dios. La diferencia se debe a lo que las palabras “Padre nuestro” le dicen a uno y a otro.
Algunos fueron bendecidos con la gloriosa adopción como hijos de Dios durante cierto tiempo, pero luego, al enfrentar distintas dificultades, cayeron en la depresión, y viendo su falta de mérito propio, perdieron su fe como hijos de Dios. Aunque a veces todavía rezan la oración del Señor, lo hacen con liviandad, sin pensar seriamente en lo que dicen cuando pronuncian las palabras “¡Padre nuestro!” Las pasan por alto rápidamente. Pero precisamente por eso permanecen insensibles y se sienten frustrados, por más que repitan la oración.
Otros obviamente tienen sus conciencias aprisionadas, por haber caído seriamente en pecado, o por haber sucumbido a poderosas tentaciones, enredándose en los lazos de la iniquidad. Los recuerdos emergen de la memoria cuando quieren orar, y los acusan con aterradora voz: “¿Cómo te atreves tú a invocar a Dios, y llamarle “Padre”? ¿Tú que has hecho esto y eres culpable de aquello…?” Vemos así que se le hace muy difícil al pobre cristiano orar con toda confianza y decir: “¡Padre nuestro!” Pero recuérdenlo todos: Es muy importante que nadie siga diciendo “¡Padre nuestro” sin creerlo ni pensarlo!
Toda la vida espiritual depende de esto, o sea: De que tengamos plena confianza en Dios, por medio de la fe en Jesús. La misma clase de confianza que un querido hijo puede tenerle a su amoroso padre. Porque solamente entonces lo honramos cuando lo invocamos como “Padre nuestro”.
Si nuestra conciencia quedó nuevamente atrapada en los lazos de la Ley, de modo que nos sentimos aterrorizados y no nos animamos a presentarnos ante el Padre celestial con esta oración; o si repetimos las palabras “Padre nuestro” inconscientemente, sin pensar en lo que decimos… ¡hemos perdido la fe! Estamos espiritualmente muertos. Porque la vida espiritual, produce una profunda y sincera comunión entre el ser humano, adoptado como hijo, y Dios, quien en Cristo ha llegado a ser su Padre, como bien lo expresa el apóstol: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Ro.8:15-16).