7.Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.Ef.6:16
En la antigüedad los soldados iban armados con un escudo en el brazo izquierdo, para proteger el cuerpo contra las flechas y lanzas del enemigo. El soldado podía tomar posición y protegerse detrás del escudo. Lo propio ocurre con el escudo de la fe, que busca protección únicamente detrás de Cristo y su Palabra. La fe avanza detrás del propio Hijo de Dios, cuando ya nada más ayuda. La fe protege todo nuestro ser, por numerosos y graves que fuesen nuestros pecados y errores.
Tú, que lees estas líneas: Si quieres ser cristiano, graba esta instrucción profundamente en tu corazón. Estamos convencidos de que, por genuina que fuese la obra de Dios dentro de nosotros, y por seriamente que nos pongamos toda la coraza de Dios y velemos y oremos, siempre seguiremos sintiendo y viendo mucho más pecado e incredulidad que piedad y justicia dentro de nosotros.
Todo lo que quedó en nosotros desde la caída de Adán, es una inmensa depravación, de modo que finalmente nosotros debemos salvarnos al igual que el ladrón o asaltante: sólo por gracia, sin merecerlo. Hemos de salir del monte habitado por puros ladrones, e ir directamente a Jesús.
Trabajamos, predicamos, amonestamos, reprendemos, advertimos, oramos y alentamos con el objeto de que los cristianos se vuelvan más santos en todo su ser. Y no hay nada que mueva más a las almas honestas a arrojarse ante el trono de gracia que el deseo de librarse de su maldad. Sin embargo, nunca será diferente en este mundo; la naturaleza carnal siempre estará llena de iniquidad y pecado. Y es lamentable, pero eso muchas veces se manifiesta en hechos.
Incluso todas las obras del Espíritu: fe, esperanza y amor, siempre aparecen infectadas y mezcladas con las impurezas del vaso que las contiene. Por eso, al fin y al cabo tenemos que apelar sólo a la inmerecida bondad -la gracia- de Dios, al igual que otros grandes pecadores. Tenemos que pedirle a Cristo que nos cubra, proteja y defienda con sus méritos, contra todas las tribulaciones de Satanás. En caso contrario estaremos perdidos, aún si nuestra vida estuviese en su mejor expresión moral. Tenemos que mantener siempre esta verdad bien en alto, y respetarla de manera inviolable sobre todo lo demás: ¡Somos salvos sólo gracias a Cristo! Siempre hemos de mantener en alto, ante nuestra vista, la justicia de Cristo para presentarnos ante Dios. Porque ni siquiera la fe en sí misma, como una virtud dentro de nosotros, nos puede proteger contra la justa ira de Dios. ¡No! Sólo el objeto de nuestra fe: Cristo mismo, con su perfecta obediencia y cruel muerte por nosotros, es el escudo que detiene y apaga todos los dardos encendidos del maligno.
¡Que todos los cristianos se acostumbren a usar bien este escudo de la fe en todas las situaciones, sobre todo lo demás que se pueda imaginar o mencionar! Valoremos sobre todo a Dios, y sirvámosle con el mayor de los respetos, viviendo conforme a lo que Él nos advierte o recomienda, nos manda o prohíbe. Debemos invocar su gracia para poder obrar de acuerdo a ello. Sin embargo, tan pronto como vemos nuestras grandes deficiencias y faltas… al notar que no hemos cumplido ni podemos cumplir todo lo que Dios ordenó, inmediatamente hemos de recordar que sólo Cristo el Redentor nos protege contra la ira del Juez.
El pacto de la gracia de Dios por amor de Cristo Jesús es un tema aparte. Quedará firme siempre, por mejor o peor que fuese nuestra obediencia y piedad, en tanto que permanecemos ante el “trono de la gracia”. Entre los cristianos hay diferentes grados de piedad y buena conducta, pero la salvación y bienaventuranza eterna dependen de una sola cosa: ¡Que por medio de la fe estemos unidos a Cristo! Como dice San Juan: “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn.5:12). Por lo tanto, te falte lo que te falte, di inmediatamente: “¡Qué Dios me perdone y me ayude a mí, pobre pecador, por amor de Jesucristo, su Hijo!”
Es lamentable y terrible que todavía seamos tan miserables. Pero, ¡Alabado sea Dios, y gracias infinitas al eterno Rey: Hay otro que es nuestra Justicia delante de Él! El malvado Satanás ha contaminado todo nuestro ser con maldad, y ahora quiere aterrorizarnos hasta la muerte, y condenarnos al infierno. Pero hay uno que se lo impedirá: Su Nombre es Jesucristo. Él es nuestro fiel y eterno Salvador. Él es nuestra plena y perfecta Justicia.
Satanás tiene razón en que no estoy tan ceñido con la verdad como debiera estar. Es lamentable reconocerlo, hay todavía mucha falsedad en mi corazón. Sin embargo, conozco a un Hombre cuyo pecho fue abierto con una lanza. Sólo en ese pecho latía un corazón completamente entregado a la verdad. Ese pecho es ahora mi escudo contra las flechas de fuego que el diablo lanza contra mi conciencia. Es cierto y deplorable que mis buenas obras y mi discipulado todavía son muy vacilantes y defectuosos. Pero conozco a un Hombre con manos y pies heridos. En esas manos están mis buenas acciones y en esos pies está mi vida recta.
Es cierto -y es mi diario tormento- que todavía tengo muchos malos pensamientos. Pero he visto una cabeza santa cubierta con una corona de espinas por mí. En esa cabeza están mis pensamientos buenos. Me alegraría muchísimo que mi vida cristiana fuese perfecta. Oro constantemente para crecer en santidad. Pero cuando se trata de mi salvación y bienaventuranza digo abiertamente: ¡No quiero saber de otra justicia sino la de mi Señor Jesucristo! Si las obras de Cristo no son las mías, estoy eternamente perdido.
Mi propia piedad no aprueba el Juicio de Dios, pero ¡la santidad de mi Señor Jesucristo ciertamente lo aprueba! Por eso Él es tan valioso, estimado e imprescindible. De esa forma, con este escudo podemos atajar y apagar “todos los dardos encendidos del maligno”.