7 de noviembre 2026

    7.Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.Ro.10:4 Quizás quieras convertirte al Señor, cambiar tu manera de pensar, y mejorar tu vida para llegar a ser justo según la Ley, para ganarte la buena voluntad y la aprobación de Dios. ¡Es un engaño! Por un lado, en este mundo jamás podrás ser justo según la Ley. Y por otro lado, Jesucristo ha hecho exactamente lo que era imposible para la ley (Ro.8:3). ¿No sabes que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquél que cree”?

    Cristo, el eterno Hijo de Dios, ha estado bajo la ley, en nuestro lugar. Él ha cumplido todos los Mandamientos, por nosotros. Él amó a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Finalmente, Jesucristo sufrió la maldición de la ley que nosotros debíamos sufrir. Todo eso, Él no lo hizo para sí, porque no lo necesitaba. No, lo hizo por nosotros, “para justicia a todo aquel que cree”. Estas palabras contienen un consuelo inmenso. ¡No las olvidemos jamás!

    Tal vez comenzaste a creer en Cristo, pero luego de un tiempo te sentiste culpable, merecedor del castigo de Dios por haber cometido muchas faltas y excesos. Por ejemplo, debías amar a Dios sobre todas las cosas, y respetarlo debidamente, siendo consciente de que Él todo lo ve y todo lo sabe. Debiste haber sido más ferviente y constante en la oración; más agradecido por el perdón, más serio en la lucha contra el pecado… pero, muchas veces hiciste todo lo contrario, siendo indiferente y frío con Dios. En tu mente abundan pensamientos impíos y vanos, y no crees que Dios pueda aceptarte y estar en buena relación contigo.

    Este es el engaño que decía: Tratar de justificarse a uno mismo, de acuerdo con la ley. En este mundo, nunca llegarás a ser justo según la ley. Pero Cristo es el fin de la ley, para ti y para todos. “En Cristo” tienes la justicia de Dios, y estas bajo su buena voluntad, como si hubieses cumplido personalmente todos sus Mandamientos. Grábatelo en la memoria; no olvides nunca que Cristo obtuvo la justicia que necesitamos, y recibimos esa justicia como un regalo, sólo por gracia, al creer en Él como nuestro Salvador. Recuerda que no es posible ser salvo de otra manera. ¡Es imposible alcanzar la justicia y la vida eterna, por medio de la obediencia a la Ley!

    Para los cristianos, la ley de Dios todavía existe como norma de conducta; para indicarnos qué podemos hacer, y qué no debemos hacer. Pero en cuanto a nuestra justificación ante Dios y a nuestra eterna salvación, la Ley no tiene nada que ver. Es innegable que según la Ley, siempre somos culpables y merecemos el castigo de Dios; pero nuestra perfecta justicia está en Cristo. ¡Necesitamos que Dios abra nuestros ojos espirituales para ver esta verdad!

    Una gracia y una liberación tan grande llena el corazón de alegría y lo hace rebosar de alabanzas. Necesitamos saberlo, pero además, recordarlo y aplicarlo constantemente a nuestras vidas. Al respecto, Lutero dijo: “Estas palabras pueden hacer que uno resista todas las acusaciones del diablo, tanto por los pecados del pasado, como por los del presente. Podemos resistirle si hacemos la debida diferencia entre la conciencia y la conducta; entre la fe y las obras. Cuando la ley quiere dominarme y angustiar mi corazón, entonces debo escribirle una carta de divorcio, diciendo: Quiero hacer y promover buenas obras entre las personas, y para ello me guiaré por la ley. Pero en mi conciencia, en mi relación con Dios, no quiero saber nada acerca de mis buenas obras. Déjame en paz, y no intentes decirme cómo relacionarme con Dios. En cuanto a eso, no quiero escuchar ni a Moisés, ni a los fariseos. En mi relación con Dios, Cristo es el principio y el fin, el primero y el último. Es cierto que todavía hay pecado en mi vida, pero no voy a desesperar por eso. No seré condenado, ni necesito huir de la ley. Tengo un derecho y una justicia superior a la de Moisés. Me aferro de Aquel que se ofrece como mi Salvador, y apelo a Aquel que ha prometido recibirme, defenderme y ponerme a salvo. Él me ha prometido en su Evangelio que soy coheredero de todos sus bienes, y desea que crea firmemente en Él”.

    “Este conocimiento y arte solamente es para los cristianos. Existe sólo allí donde Cristo es el Salvador, y donde sólo Él dirige la conciencia, en la relación con Dios. No es algo que se deba predicar a los impíos y mundanos, porque están perdidos, y no lo pueden entender mientras permanezcan en la incredulidad” (Lutero).

    Quizás digas: “Creo que Cristo da justicia y salva a los que creen en Él. Pero, ¿cómo puedo estar seguro de que eso es para mi?” Respondo: Simplemente porque Dios promete que la justicia de Cristo es para todo aquel que cree. Dime, ¿crees o no crees? ¿Vives despreocupadamente como la gente incrédula del mundo, tratando de disfrutar la vida hasta donde se pueda?

    ¿Puedes vivir sin tener a Cristo como Salvador y Señor de tu vida? Si es así, entonces no tienes la verdadera fe. Pero si has acudido a Cristo tal como eres, con tus maldades y fracasos, y has buscado perdón y consuelo solamente en Él, en las promesas de su Evangelio, entonces sin duda eres un creyente. Y lo que Dios nos promete por medio de Cristo, es para ti. O sea, se acabó el derecho que la Ley tenía sobre ti. Dios ya no te juzgará según su ley, porque Cristo es el fin de la ley, para justicia a todo aquel que cree. ¡Alabado sea Dios!

    !Qué consuelo tan grande contiene este versículo para cada pobre y humilde pecador que necesita a Cristo!

    Publicado por editorial El Sembrador