7.(Cristo) por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.2 Co.5:15
Primero hemos de participar de los méritos de la muerte de Cristo, de modo que su muerte en el Calvario, que se produjo hace ya cerca a los dos mil años atrás, llegue a ser nuestra muerte, exactamente como si nosotros mismos hubiésemos estado allí, sufriendo nuestra merecida ejecución.
Pero, al mismo tiempo también fuimos consagrados a seguirle en su muerte. Tan pronto como llegamos a ser cristianos, participantes de los méritos de nuestro Señor Jesucristo y de todos los privilegios y tesoros de su Reino, también somos consagrados a morir al pecado. Inmediatamente quedamos obligados a desprendernos de nuestra anterior vida pecaminosa y de nuestro servicio a la injusticia. Somos llamados a crucificar diariamente nuestra naturaleza carnal, a morir cada vez más al pecado y a vivir para Dios, de la manera en que Cristo, con su muerte en la cruz, se deshizo de los pecados que había cargado. Y de la manera en que luego se ofreció a Dios en un sacrificio expiatorio eternamente válido, nosotros también hemos de ofrecernos a Dios en sacrificio de gratitud, agradable a Él. Y todo esto porque Cristo murió por nosotros, y porque creemos en Él, y nos hemos revestido con su justicia. Tal vez nos parezca poca cosa que Cristo haya muerto por nosotros, que ya no estemos más bajo la Ley sino bajo la gracia y que estemos libres de la culpa del pecado, como para mortificar por ello seriamente nuestra carne.
Tal vez nos sintamos más felices al servicio del pecado, porque así podemos escapar de esa amarga mortificación, y por no tener que negarnos más a nosotros mismos todo el tiempo, ni cargar nuestras cruces y seguir al Señor. Veamos: Nadie nos obliga a servir a Cristo contra nuestra voluntad, y sin duda es más agradable a la carne vivir para el pecado. En Lc.14:28ss. Jesús nos dice: Piénsenlo bien antes de integrar mi compañía. No sean como ese hombre que comenzó a construir una casa sin haber calculado los costos, y que después de muchos días de trabajo y de grandes inversiones, debió abandonar el proyecto, como el hombre que fue a la guerra, sin calcular el poder del enemigo…
El pecado le ofrece muchos placeres a la carne, pero no sería justo guardar silencio en cuanto a las consecuencias del pecado: “Porque la paga del pecado es muerte” (Ro.6:23).
Si los beneficios de Cristo nos parecen poca cosa debiéramos tener en cuenta los resultados de no tener estos beneficios. Debiéramos pensar en lo que significa no pertenecer a Cristo, no estar bajo el régimen de la gracia, sino bajo el de la Ley… qué significa no estar libres de la condenación del pecado y estar sin el Salvador en el momento de la muerte; cargar con la culpa del pecado, la maldición de la Ley, y en el Juicio Final recibir la paga del pecado, que es la muerte eterna en el abismo del infierno. Tales son las condiciones del servicio al pecado. Si las tomamos bien en cuenta, preferiríamos mil veces ser crucificados por corto tiempo, aquí, con Cristo; preferiríamos morir al pecado y vivir con Cristo para siempre en el Paraíso, que deleitarnos aquí por poco tiempo con el pecado y tener que soportar luego eterno sufrimiento. Por la gracia de Dios, por el aliento del Espíritu Santo, y por el consuelo de la Palabra, ganamos mucho más ya aquí en la tierra, de lo que podemos llegar a perder.
Rociados con la sangre de Cristo, poseemos ya aquí y ahora, una buena conciencia, que es un “continuo banquete” (Pr.15:15).
Sí, ¡tú eres una de esas personas felices! No sólo has sido bautizado “en Cristo”, también has sido iluminado para la fe. Puedes tener la certeza de ser salvo.
Sabes que has sido librado del pecado y que ya no estás más bajo el régimen de la Ley, sino bajo el de la gracia, de modo que nada de todas las maldades que te afligen te será imputado. La Ley divina ya no te condenará. Dios no está enojado contigo. Pero si aún no has obtenido esa fe y esa paz, sino que aún te preocupas por librarte de tu culpa y reconciliarte con el bondadoso Dios, entonces primero tienes que obtener la libertad de los hijos de Dios por medio de la fe en Jesús, pues por ti mismo no eres capaz de morir para el pecado y de vivir para Dios.
Si en cambio ya fuiste librado del yugo de tu pecado por medio de la fe en Jesucristo, de modo que te regocijas en tu Salvador y sabes de qué forma poderosa y suficiente Él resolvió tu situación; si has gustado la bondad de tu Señor, has recibido el testimonio de su Espíritu referente a tu adopción y tienes al Espíritu Santo en tu corazón, entonces también debe deleitarte morir con Cristo al pecado, ser crucificado con Él, y consagrarte enteramente a Él. Y por eso sientes que ya no eres más el dueño de tu propia vida, ni puedes poner en primer lugar tus impulsos carnales, ideas, voluntad, gustos y placeres. Antes quieres renunciar para el resto de tu vida a toda impiedad y codicia mundana y llevar una vida piadosa, justa y casta en este mundo (Tit 2:12). Sí, te sientes impulsado a vivir para Jesucristo, pues “Él por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co.5:15).