7 de junio 2026

    7.Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos.Jer.10:23

    Al oír estas palabras, nos quedan sólo dos alternativas. Una es despertar y reconocer que no somos más que débiles y limitadas criaturas. Que Dios es tan superior a nuestros pensamientos, que no podemos comprenderlo, ni entender cómo cuida de nosotros. Y la otra alternativa es dejar de lado la Palabra de Dios.

    En el primer caso, tendremos que reconocer lo que declara toda la creación visible: Que Dios puede cuidar aun a sus criaturas más pequeñas. En el segundo caso, nos corresponderían las palabras del rey David: “Dice el necio en su corazón: ¡No hay Dios!” (Sal.14:1).

    Tal vez alguien diga: “Es verdad que lo que nos sucede ha sido enviado por Dios. Pero no cuando las cosas dependen de nuestra libertad. Si por nuestra decisión y malas inclinaciones hemos caído en desgracia, tenemos que culparnos por ello sólo a nosotros mismos. No podemos ni debemos consolarnos pensando que esa situación vino de parte de Dios…”

    Respondo: En sí mismo esto es correcto, pero muchas veces se lo interpreta erróneamente. Es verdad que Dios nos dio cierta libertad, y que con ella podemos causarnos desgracia temporal y eterna, esto cuando resistimos continua y deliberadamente al Espíritu Santo.

    Sin embargo debemos observar dos cosas: Primero, que aunque por culpa de nuestra maldad e insensatez hubiésemos caído en desgracia, si nos arrepentimos y queremos obedecer las instrucciones del Señor, la gracia y bondad paternal de Dios es tan grande, que convertirá todos nuestros males en beneficios, y todas las consecuencias de nuestra insensatez a nuestro favor. Porque “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Ro.8:28). Dios no guarda rencor para siempre. Es un Dios y Padre tan bondadoso, que aunque le hubiésemos resistido por mucho tiempo, si finalmente nos arrepentimos, será tan piadoso con nosotros, como si nunca hubiésemos pecado.

    Fue por culpa de un mal capricho que el pueblo de Israel tuvo reyes. Sin embargo, Dios no los abandonó; siguió haciéndoles bien como siempre, aunque debieron sufrir más. En su incredulidad, Saulo de Tarso había sido un enemigo y perseguidor de Cristo. A pesar de todo, Cristo lo convirtió en Pablo, el mayor de los apóstoles. Y de sus graves pecados sacó dos cosas buenas: Un poderoso medio para mantener humilde al apóstol, y un poderoso medio para consolar a los demás.

    Vemos que Dios puede convertir nuestras mayores faltas y torpezas en beneficios, si tan solo nos volvemos en arrepentimiento a Él. Lutero dice que Dios le muestra a sus santos la misma bondad cuando éstos dan pasos equivocados: “Es obra y arte de Dios convertir lo malo en bueno; cosas que nosotros arruinamos y descuidamos, en cosas útiles y beneficiosas. Confieso que yo mismo muchas veces obré en forma imprudente y necia, quedando luego sumamente asustado, al no saber cómo recomponer las cosas que en mi torpeza había arruinado, o cómo deshacerme de las mismas. Pero Dios después encontró la forma de arreglar nuevamente lo que yo había desarreglado, dejándolo todo bien. Es así como Dios dirige a todos sus santos. A pesar de que éstos se pueden equivocar y actuar mal, sin embargo todo debe acabar bien para ellos; o por lo menos sin mayores perjuicios. Dios es un todopoderoso Creador, que crea todo de la nada. Por eso también puede sacar bien del mal”. ¡Ah, qué Padre fiel y bondadoso es Dios! Esto es lo primero que debemos notar.

    Y lo segundo, es que alguien piense que aun está resistiendo, de alguna manera, a la voluntad de Dios. Que éste suspire alarmado diciendo: “¡Dios, ten piedad de mí! ¡Ayúdame a mortificar mi propia voluntad perversa, y haz que me deleite en la tuya! ¡Emplea para ello el medio que mejor te parezca, por amargo que sea, y haz que yo aprenda a serte sinceramente obediente!” Esa persona tiene todo el derecho de consolarse con la piadosa dirección de Dios. Pues quien se siente alarmado ante la resistencia de su corazón natural a la santa voluntad de Dios, e implora su omnipotente ayuda para someterlo, debe saber que eso no es otra cosa que la dura lucha del Espíritu contra la carne. Y cuando la mente está del lado de Dios, el asunto queda inmediatamente en las manos de Dios. Sólo al creyente le aflige la resistencia de su carne y eso lo impulsa a buscar cada vez más la ayuda de Dios. Porque no tenemos el poder de romper los lazos del pecado por nosotros mismos y de dominar nuestra naturaleza carnal. La Palabra de Dios afirma que no somos capaces de esto y la Palabra no puede mentir. Ella dice que el hombre es débil y que Jesucristo es nuestro defensor y nuestra fuerza.

    Puede ocurrir que el intenso sufrimiento sólo te agobie y mortifique hasta que tu obstinada voluntad se rinda a la voluntad de Dios. Y que entonces comiences a huir en serio de todo lo que la Palabra de Dios prohíbe. Si, en cambio, comenzamos a “andar en el consejo de los malos” (Sal:1:1), a excusar y a defender el pecado, y a encubrir nuestra preferencia por “el camino de pecadores”, entonces ya hemos apostatado. Hemos resuelto seguir en la senda de los inicuos. Entonces nuestra resistencia al Espíritu ya es intencional. En tal caso no debes consolarte con la dirección de Dios. Estarías yendo por tu propio camino, hacia el desastre.

    Publicado por editorial El Sembrador