7 de julio 2026

    7.Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.Sal.32:5b He aquí un breve resumen de la doctrina bíblica del perdón de Dios a un pobre pecador. Desde el principio del mundo, Dios declaró con palabras explícitas y numerosos ejemplos, la forma en que los hijos de Adán obtendrían su gracia. Prestemos cuidadosa atención a las palabras de David, cuando dice: “Confesaré mis transgresiones a Jehová; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado”. La suya no es una confesión meramente formal o rutinaria. No, es la expresión de un pobre y afligido pecador.

    Sin embargo, también hemos de distinguir entre una aflicción y otra. Muchos confiesan su pecado con cierta aflicción, con algo de arrepentimiento, pero siguen caminando en tinieblas, como Saúl, cuando confesó: “Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová, y tus palabras” (1 S.15:24), aunque nunca buscó una verdadera reconciliación y comunión con Dios.

    Lo mismo sucedió con el Faraón de Egipto; cuando dijo: “He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo somos impíos” (Éx.9:27). Esa confesión no era más que el resultado de las ocho plagas que lo castigaron y asustaron, pero no de un corazón sinceramente arrepentido, que deseaba reconciliarse realmente con el Dios de Israel.

    Inclusive Caín confesó: “Grande es mi castigo para ser soportado” (Gn.4:13). Pero al mismo tiempo se alejó del rostro del Señor, sin buscar su gracia. Eso ocurrió también con Judas: Con profundo arrepentimiento exclamó ante los sacerdotes del templo: “¡Yo he pecado, entregando sangre inocente!” (Mt.27:4). Pero ya no buscó la paz de Dios, sino que “fue y se ahorcó” (v.5).

    En todos estos ejemplos vemos que una verdadera confesión requiere arrepentimiento y conversión: Que se considere al pecado como una repudiable transgresión contra el piadoso Dios, transgresión de la que uno se arrepiente. Esto sólo es posible por obra del Espíritu Santo, que crea en el alma la necesidad de declararle su pesar al Señor, e implorar su perdón.

    Como hemos visto, muchos impenitentes, esclavos de sus pasiones, pueden confesar ocasionalmente sus pecados con profundo dolor, pero sólo por causa de las terribles consecuencias. No sienten pesar por el pecado, por haber desobedecido al piadoso Señor, ni les interesa volver a estar en paz con Dios. Es sólo un susto momentáneo, debido a las tremendas consecuencias del pecado, pero no obstante piensan permanecer al servicio del mismo pecado más adelante.

    Pero una saludable confesión de pecados requiere que la voz de Dios haya despertado la conciencia y le haya dado a conocer el justo juicio divino; sobre todo, que le haya hecho escuchar el piadoso llamado de Dios a la reconciliación; o sea, el Evangelio de la gracia de Dios por amor de Cristo Jesús, que le haga suspirar al alma por piedad, y acudir al trono de la gracia implorando misericordia. Quien no sabe nada de esa gracia, sino sólo de pecado y juicio, no vuelve a Dios.

    De modo que hace falta un mínimo de fe para una sincera confesión. En tanto que Adán y Eva no sintieron otra cosa que su pecado y el juicio merecido, huyeron de la presencia de Dios.

    Eso hizo también, por algún tiempo, el rey David, cuando se mantuvo alejado de Dios, tratando de ocultarle su transgresión. Pero al hacer eso “envejecieron sus huesos” y “su verdor se volvió en sequedades de verano”, “en su gemir todo el día”. Pero: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová, y Tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal.32:3-5).

    Quien desea saber en qué consiste el verdadero reconocimiento y la confesión de pecados, que vea lo que dice David en el Salmo 51. Permítanme destacar dos aspectos en esa oración de su corazón. Si bien había causado una gran ofensa contra otras personas con el pecado que menciona ahí, y una maldad especialmente grave contra Urías, la ofensa cometida contra Dios le aflige mucho más que el crimen cometido contra las personas. Dice en el v.4: “Contra Ti, contra Ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”. ¡Esa es la imagen de un corazón realmente temeroso de Dios!

    En segundo lugar, no es sólo la grosera manifestación del pecado lo que le aflige. También le preocupa el origen, la maldad de toda su naturaleza. Va a la fuente misma y dice: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (v.5). Reconocer la maldad de la propia naturaleza, la total depravación de nuestro ser, es lo más importante.

    Mientras sólo se mira algún pecado puntual, y no se reconoce toda la perdición del corazón, la pecaminosidad del mismo ser, la persona aún puede tranquilizarse con un falso consuelo. No se siente realmente perdida. En consecuencia tampoco llega a considerarse totalmente libre y salva en Cristo.

    Por eso la parte más importante en toda confesión verdadera, es reconocer la depravación del propio corazón; o sea, su terrible desprecio a Dios; su incredulidad, hipocresía y malvada perfidia; de modo que nuestro conocimiento coincida con la descripción de nuestro corazón que hace Dios mismo, cuando dice: “Engañoso es el corazón (del hombre), más que todas las cosas, y perverso. ¿Quién lo conocerá?” (Jer.17:9).

    Publicado por editorial El Sembrador