7.Tomad, comed. Esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido. Haced esto en memoria deMí. 1 Co.11:24
Uno de los mayores inconvenientes para disfrutar la Cena del Señor, algo que preocupa al corazón de muchos fieles y los priva del consuelo, la paz y el gozo que la Santa Cena les debiera proporcionar, es la idea equivocada de que esa Cena es la celebración solemne de un sacrificio. Que somos nosotros los que debemos ofrecerle algo bueno a Dios, subiendo al altar con una ofrenda agradable a Él. Esa ofrenda podría ser nuestra piedad, fe, oración u obras de caridad.
Los que piensan así, no se dan cuenta que la Santa Comunión es un Medio de Gracia, y que no somos nosotros los que le prestamos un servicio a Dios, sino al revés: Dios desea atendernos y servirnos a nosotros, sus pobres, miserables y perversas criaturas, concediéndonos la fortaleza, la paz y el aliento que necesitamos.
Notemos, por favor, que la Santa Comunión es un Medio de Gracia, lo mismo que el Evangelio predicado. Y así como no oímos la predicación para darle algo bueno a Dios, sino sólo para recibir bendición de Él, para obtener poder y ayuda para nuestra débil fe, para que Él perfeccione nuestro imperfecto arrepentimiento y nuestra oración, del mismo modo debemos ir a la Santa Cena del Señor, para que Él nos conceda todo lo que nos falta.
Algunos temen ir a la Mesa del Señor porque saben que su vida diaria está llena de defectos; son conscientes de que no viven como debieran vivir. Hay algo de morboso en su fe o en su vida; alguna falta grave en su cristianismo, por lo que no pueden ir contentos a la Mesa del Señor.
Pero, ¿qué otra cosa es esto sino ignorar completamente el verdadero propósito de la Santa Comunión, o sea que es un remedio precisamente contra todas esas enfermedades y faltas en nuestra fe y conducta? Si nuestro cristianismo, nuestra vida y conducta ya estuviesen en perfecto orden, no necesitaríamos acudir a este Medio de Gracia… Cristo no vino para llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores (Lc.5:32), como Él mismo afirma: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. (Lc.5:31). Imagínate que le aconsejas a un enfermo que consulte al médico, y él te responde: “No me atrevo, porque mi sangre está contaminada y tengo una infección muy grande. En ese estado no debo ver al doctor. Primero tengo que mejorar, ¡por lo menos un poco…!” ¿No te parecería descabellada esa postura? ¿Acaso no debemos consultar al médico precisamente cuando tenemos problemas de salud? Pues bien, es exactamente lo mismo cuando alguien, por causa de su enfermedad y deficiencia espiritual, teme ir a la Santa Cena del Señor. ¡No olvidemos nunca el gran amor de nuestro piadoso Señor Jesucristo, cuando instituyó este Medio de Gracia! Pues, ¿qué dijo Él mismo acerca de su sangre, al ofrecer la copa de bendición?
De todo lo grande y maravilloso que pudo haber dicho acerca de su sangre, sólo mencionó que es derramada para la remisión de los pecados (Mt.26:28).
Ahí vemos su objetivo: Ofrecer una, liberación de la plaga más grande del hombre que es el pecado; un remedio contra ese problema, el más apremiante problema de sus hijos. Fue con ese objetivo que instituyó esa Mesa y ese Medio de Gracia: Para la remisión de los pecados.
Es el pecado, la conciencia de los pecados y de nuestra infidelidad frente a Dios, lo que nos priva de la tranquilidad y libertad que debiéramos sentir frente a Él. Por eso, como un remedio contra esa calamidad y desgracia, el Señor instituyó esta bendita celebración en memoria de su muerte expiatoria. El Señor dispuso la mesa de la Santa Comunión como refugio y descanso, a lo largo de nuestra peregrinación por el camino de la vida.
Cuando nos cansamos, cuando nuestra alma pasa hambre y se debilita, cuando tropezamos, nos lastimamos y flaquean nuestros pies, podemos acudir a esa mesa y fortalecernos con el Pan de Vida, haciendo memoria de Él, y nutriéndonos con el cuerpo que fue entregado por nosotros, y con la sangre que fue derramada para la remisión de nuestros pecados. Así podemos recobrar la seguridad de que Dios ya no está airado con nosotros.
Por eso, el momento oportuno para acudir a la Mesa del Señor es cuando nos sentimos particularmente débiles o espiritualmente insolventes. O sea, por el mismo motivo que acudimos a la predicación del Evangelio. A la pregunta: “¿Cuándo debemos acudir a la Cena del Señor?” Lutero contestó: “ Debes ir frecuentemente a la Mesa del Señor, especialmente cuando estas preocupado por tus pecados que son muchos y grandes”. También un doctor en Teología dijo: “Cuando los pensamientos de culpa y temor quieren reemplazar la confianza de nuestro corazón en el amor de Dios”. Los dos habían entendido muy bien que la Santa Comunión es un Medio de Gracia.