7 de enero 2026

    7.Purificados los corazones de mala conciencia.He.10:22

    ¿Qué significa tener los corazones purificados? ¿Cómo ocurre eso? En Éx.12:22 se nos presenta un ejemplo de esto: Los israelitas debían mojar un manojo de hisopo en la sangre del cordero inmolado, y untar con ella el dintel y los dos postes del marco de la puerta de sus casas. El manojo de hisopo con el que deben ser untados nuestros corazones, es el Evangelio. Y éste efectivamente fue mojado en la sangre del Cordero de Dios. Y cuando se lo predica, se salpican gotas santas del mismo cordero en todas las direcciones.

    Del principio al fin el Evangelio habla de la salvación obrada por la sangre del Cristo. El Evangelio dice: “En Cristo tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef.1:7). “La sangre de Jesucristo, Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado” (1 Jn.1:7). Y: “Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Is.1:18).

    Tales declaraciones salpican nuestros corazones con la sangre de Cristo, librándonos de una mala conciencia. Recuerda estas palabras: de una mala conciencia. La sangre de Cristo nos tiene que salpicar para que obtengamos una buena conciencia, para que la culpa de todos nuestros pecados sea plenamente removida de nuestra conciencia, mediante una firme y sincera confianza en el perdón de Dios. De manera que, totalmente purificados y reconciliados con Dios, podamos dirigirnos nuevamente a Él como a un bondadoso y amante padre. Esta es la gloriosa libertad de los hijos de Dios, a los que ya no se les imputa ningún pecado. La Ley ya no los condena. Ellos ya no están más bajo la Ley, sino bajo la gracia. Y por eso están en paz con Dios, como si jamás hubiesen pecado y fuesen perfectamente justos y santos.

    Esta fe también nos libra del dominio del pecado. Cuando yo, pobre pecador, creo con firmeza y seguridad que Dios ya no me culpa de iniquidad, sino me dice: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” (Mt.9:2), entonces las cadenas de esclavitud se rompen y triunfo, me regocijo, alabo la gracia de Dios ¡y maldigo el pecado! Y mi deseo más ferviente es poder servir al Señor todos los días de mi vida.

    Pero para que esta salpicadura se realice, necesitas la fe que trae la paz a tu conciencia por todos tus pecados. Quien sabe, oye, canta y lee de la gran redención obrada por Cristo, pero sigue oprimido por sus pecados en su conciencia, pensando angustiosamente en la forma de reconciliarse, menosprecia con eso la sangre de Cristo, como si no hubiese sido suficientemente eficaz para quitar sus pecados.

    Hablando de los sacrificios levíticos, el apóstol dice que cuando alguien quedaba con mala conciencia después de haber ofrecido sus sacrificios, y por eso volvía a sacrificar siempre de nuevo, esto demostraba que la sangre de toros y machos cabríos no tenía el poder de quitar los pecados. “De otra manera cesarían de ofrecer, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado” (He.10:1-2). ¡Pensemos en estas palabras! Estaríamos declarando lo mismo acerca de la preciosa sangre de Cristo, si siguiésemos conservando una mala conciencia, después de haber sido “salpicados” con esa sangre. Con nuestra mala conciencia estaríamos declarando que la sangre de Cristo no fue capaz de quitar nuestros pecados. De otra manera estaríamos en paz con Dios, sabiendo que nos libró de nuestras culpas, y que fuimos purificados.

    Detente aquí un momento y pregúntate: ¿Qué creo yo? ¿Que la sangre de Cristo efectivamente propició por todos mis pecados; que los quitó y borró? Pregúntate: ¿La sangre de Cristo me dio algo más de lo que le daba la sangre de toros y machos cabríos a los israelitas? ¿O la sangre de Cristo tampoco puede quitar pecados?

    San Pablo expresamente recalca la diferencia entre la sangre de los sacrificios del Antiguo Testamento y la sangre de Cristo. Después de señalar que los primeros no pudieron quitar los pecados, observa con relación a Cristo: “Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados… declara: Nunca más me acordaré de tus pecados y transgresiones, pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado”. Y en seguida agrega: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo…, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia” (He.10:12,17,18,19,22). El apóstol quiere que de una vez por todas reconozcamos que la sangre de Cristo efectivamente ha quitado todos nuestros pecados, y que ahora estamos realmente libres. Despierta, entonces, alma mía, y piensa en el delito que estás cometiendo al seguir confiando en ti mismo y teniendo a la sangre de Cristo por nada, como si no fuese capaz de quitar tus pecados. Sin duda tus pecados pueden ser terribles, grandes y numerosos. Pero jamás pueden ser tan grandes y numerosos, que la sangre del Hijo de Dios no sea mil veces más poderosa en su poder purificador.

    Pídele fe a Dios, y deja que el Evangelio salpique tu corazón con la sangre de Cristo, hasta que quedes enteramente libre de una mala conciencia, de modo que confíes plenamente en la eficacia de la sangre de Cristo, y puedas desafiar felizmente así cualquier tentación, inclusive a la muerte, al diablo y al infierno.

    Ora porque nunca procures otra redención que la de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. ¡Sí, por nosotros!

    Publicado por editorial El Sembrador