7.Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová.Lm.3:40
En el capítulo 3 del libro de Lamentaciones, el profeta Jeremías habla acerca de las aflicciones. Dice: “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno?” Y luego agrega: “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado”. Y: “Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Dios”.
¡Esta amonestación es vital si queremos ser librados del mal! El Señor es nuestro mejor Amigo, un Amigo fiel y eterno. Él quiere salvarnos de la condenación eterna. Así, aunque exteriormente suframos presiones por todos lados, nuestro ser interior será preservado en buen estado.
Por eso no seas carnal en tu manera de pensar, considerando solamente la realidad externa, cuando te suceda algo malo. Antes bien recuerda que hay un Dios que sabe hasta cuántos cabellos tienes en tu cabeza. Y ni el menor de los males puede acontecernos sin que Él lo permita.
Quédate tranquilo y escudriña tu vida, para ver si hay algo que el Señor quiere señalarte a través de ese mal que sufres. A menos que seamos ciegos, pronto veremos qué es lo que el Señor quiere enseñarnos. Y tendremos que admitir que algún pecado o infidelidad, es la causa del mal que padecemos.
No podemos excusarnos diciendo que el mal que sufrimos no está relacionado con nuestros pecados. Y a menos que busques la causa principal -tu pecado o infidelidad- y busques ser redimido, tu alma no tendrá verdadera paz.
El rey David cuenta cómo permaneció en silencio ante el Señor, antes de reconocer sus pecados. Dice al respecto: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Por eso orará a ti todo santo, en el tiempo en que puedas ser hallado. Ciertamente en la inundación de muchas aguas, no llegarán estas a él” (Sal.32:3-6). Aquí puedes ver la manera en que te puedes librar del mal.
Si puedes estar en paz mientras practicas algún pecado consciente y voluntariamente; o si eres capaz de vivir tranquilamente sabiendo que estás siendo infiel a Dios, -porque te has entregado a algún pecado que no quieres abandonar-, en ese caso el que no te suceda nada malo exteriormente es lo peor que te puede pasar. Porque entonces la aflicción te estaría reservada para más adelante, en el infierno. Por eso, no importa qué cosa mala nos suceda, sea cual fuere la calamidad que nos haya acontecido, no podemos orar: “Líbranos del mal”, sin pensar en nuestros pecados.
Esto se aplica a los verdaderos hijos de Dios, que tienen temor a Dios en sus corazones. Observa que si bien solemos ocuparnos primero de los padecimientos que sufre nuestro hombre exterior, no pasará mucho tiempo hasta que nos volvamos a nuestro ser interior, para reflexionar y descubrir lo que el Señor desea señalarnos. No habrá paz, ni verdadera confianza en el Señor, a menos que le confieses a Él tus pecados. Es necesario que te acuses y condenes a ti mismo, confesando tu culpa: “Merezco algo mil veces peor que lo que me ha pasado, en esta vida y en la eternidad. Porque he pecado. ¡Sálvame, líbrame de mi pecado!”
Y cuando nos humillamos ante el Señor, confesando nuestro pecado y aceptando sus juicios, entonces encontramos paz, consuelo y una confianza como la de los niños hacia sus padres. Y entonces estamos convencidos de que: “El Señor oirá mi oración, y me librará del mal”.
Todo lo que el Señor hace es para arrancar nuestra gran maldad y pecado, para convertirnos en personas espiritualmente íntegras, y para darnos la eterna salvación. ¿Qué crees tú que hace Dios para lograr esto? Él actúa muchas veces de manera muy diferente a lo que pensamos; y contrariamente a lo que deseamos. Él no nos quita las aflicciones externas, y a veces tampoco las de nuestro interior. Él puede permitir que seamos azotados por enfermedades y males espirituales, para cansar y rendir a nuestro viejo Adán, mediante continuas humillaciones. Y todo esto sucede mientras quisiéramos estar libres y seguros.
El Señor guía a sus hijos de maneras extrañas. Por eso Él permite que cosas malas te aflijan. A veces te parecerá demasiado pesado, y estarás tentado a murmurar contra Él, -a menos que recuerdes sus buenas intenciones y objetivos. El objetivo es purificarte y librarte de tu peor enemigo, el pecado. Él quiere santificar tu cuerpo y tu alma, y prepararte para el cielo. Y cuando somos conscientes de esto, no podemos hacer otra cosa que “gloriarnos en las tribulaciones” (Ro.5:3). Entonces podemos regocijarnos y agradecer a Dios por las experiencias amargas. Y por eso llegamos a preferir las tribulaciones al goce del pecado; los sufrimientos purificadores a los placeres impuros; la pobreza a la riqueza mal habida o frívola; al contentamiento en lugar del lujo; la muerte para ir a estar con Cristo, en vez de la vida en este mundo incrédulo.