7.No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad.Is.33:24
El perdón de pecados que Jesucristo nos obtuvo con su muerte, y que recibimos por la fe en Él, será nuestro por toda la eternidad. Es un beneficio cotidiano y eterno. No será revocado ni nos será quitado por causa de los pecados que nos afligen y que -lamento tener que decirlotodavía afloran una y otra vez.
No, en tanto que permanecemos en la fe en Cristo: disfrutaremos siempre de la misma gracia de Dios todo el tiempo, porque la gracia no se ajusta a nuestros méritos. En cuanto a nosotros mismos, todos somos igualmente merecedores de condenación, todo el tiempo. Pero en Cristo todos los creyentes somos igualmente justos, en todo momento.
Cuando el Señor se refiere en el Antiguo Testamento al Reino de Gracia que Cristo instauraría en el mundo, lo llama: “Sion, ciudad de nuestras fiestas solemnes, y Jerusalén, morada de quietud, tienda que no será desarmada” (Is.33:20). Y dice acerca de esta ciudad: “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad”. En el salmo 89 Dios habla del pacto con su Hijo, el pacto de la gracia eterna para con las personas que el Hijo salvó y defendió con su redención, los que creyeron en Él y se llaman “hijos suyos”.
Ahí dice: “Si dejaren sus hijos mi Ley, y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis Mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades, mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad; no olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios”. (Sal.89:30ss). Y en el Nuevo Testamento San Juan dice: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn.2:1-2).
Son innumerables y muy consoladoras las palabras de la Escritura acerca de esto. Meditemos en una de ellas, donde el Señor dice que los habitantes de la ciudad, o sea del Reino de Gracia, no tendrán necesidad de quejarse diciendo: “Estamos enfermos y somos débiles”, puesto que ya tienen el perdón de todos sus pecados. El perdón de los pecados presupone por adelantado que hay pecados y deficiencias. De lo contrario no se hablaría de perdón “de pecados”.
Pero al mismo tiempo presupone que Dios no contará, ni mirará, ni castigará esos pecados, porque habla de “perdón”. No hace falta seguir hablando de una cosa perdonada ni de alarmarse por ella. Pues lo perdonado está perdonado.
“No dirá más el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad”.
Este texto también nos recuerda algo muy importante para los creyentes con poca experiencia en la gracia. Ellos creen sinceramente en el perdón de sus pecados. Pero al mismo tiempo tienen algo más (eso piensan) que los perturba y preocupa. Es algo que no se animan a llamar pecado: Una debilidad, un defecto en su cristianismo. Dicen: -Creemos firmemente que Dios, por amor de Jesucristo, nos perdona todos nuestros pecados. ¡Pero aún somos tan débiles! Tenemos esta o aquella deficiencia…
Sin embargo, el Señor dice aquí que todo eso merece sólo un título: Pecado. ¡Que alguien me diga una sola enfermedad espiritual que no sea pecado! La Ley demanda nuestra obediencia total: Del corazón y la mente; de los pensamientos y sentimientos. Por eso también denuncia cualquier cosa que uno haga, piense o desee en contra de la voluntad de Dios. ¿Acaso las deficiencias de tu cristianismo no son pecados? ¿O no es un pecado ser frío e indiferente para aceptar lo que el Señor dice y enseña? ¿Ser lerdo para adorarlo, cobarde para confesar la fe, etc? Pues bien: Todo lo que es pecado cae también bajo el perdón de pecados. La Escritura no dice que Cristo expió sólo los pecados de la mano o de la lengua, sino todos los pecados del ser humano. Por eso, aunque los cristianos seguimos siendo imperfectos y teniendo pecado, -por más que vigilemos, oremos y luchemos contra el mismo-, ya no estamos más bajo condenación, si permanecemos en Cristo por medio de la fe (Ro.8:1). El perdón de Dios se extiende sobre todo lo que somos y tenemos.
Su perdón quita y cubre toda debilidad o iniquidad: “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que mora en ella le será perdonada la iniquidad”. A este respecto observa nuestro querido Lutero: “Podemos estar en paz con Dios sólo porque disfrutamos su perdón para nuestros pecados. Cuando el ser humano quiere presentarse ante Dios, no debe permitir que su pecado se lo impida, ni debe pensar que su justicia personal lo hace posible”.
Para ser considerado justo ante los hombres tengo que ser honesto y hacer muchas obras de bien. Pero cuando se trata de presentarme ante Dios y obtener su gracia, no necesito otra cosa que ser un pobre pecador, para que se me de el perdón de los pecados. Entonces puedo confesar valientemente mi fe: Si yo tengo pecados… ¡Cristo tiene justicia! Su santidad es mi santidad.
Estoy en un estado donde mis pecados ya no pueden alcanzarme ni dañarme.
Ese es el Reino de Gracia, la ciudad feliz, de la que el propio Señor dijo: “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad”.