7.Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar… y hallaréis descanso para vuestras almas.Mt.11:28-29
Cuando estas dulces palabras llegan a los oídos de los desdichados, a los pobres y quebrantados… a los que yacen enfermos en sus camas…a los desesperados por sus pecados…y a los que reconocen que su arrepentimiento no es suficiente para salvarlos… éstos comienzan a comprender lo que el Evangelio en realidad contiene y promete. Toda la superación que en vano buscaron ansiosamente en sí mismos; todo lo que trataron de merecerse con obras de caridad, penitencias, oraciones y sacrificios… lo mereció otra Persona en lugar de ellos, y Él les ofrece por pura gracia lo que tanto necesitan. Más aún, Jesús les ofrece y promete todo eso sin esperar dignidad o mérito alguno de parte de ellos. Sí, Él les asegura todo eso en su testamento eterno.
Y cuando se comienza a comprender el Evangelio, se producen maravillosos frutos. Las Buenas Noticias del amor de Dios en Cristo ejercen un efecto absolutamente cautivante en los corazones, y enciende en ellos una fe verdadera, viva y salvadora. El alma comienza a maravillarse, a suplicar, a deleitarse y a esperar. Nace una mayor preocupación y un mayor pesar por el pecado, y una nueva certidumbre del perdón y el regocijo por el mismo. Todo gracias al vivificante Evangelio y a la fe en el mismo. Uno comienza a preguntarse: ¿Puede esto ser realmente tan bueno así? ¿También yo puedo disfrutar de la gracia de Dios? Así surge el deseo de poseer a Cristo; el hambre y la sed de su justicia llenan el corazón.
Algunos se quedan más preocupados que antes. Sus corazones, que estaban endurecidos bajo la influencia de la Ley, comienzan a ablandarse bajo la influencia del gran amor de Dios, manifestado en el Evangelio; surge así una nueva preocupación, pero esta vez acompañada de esperanza y del sincero deseo de recibir el amor y de la gracia de Dios. Otros pasan directamente de la peor angustia, a la mayor felicidad. El modo de obrar del Espíritu Santo varía según las distintas circunstancias y personalidades.
Sin embargo, todos los que estaban afligidos y preocupados con sus esfuerzos propios, pero percibieron lo suficiente del Evangelio, pusieron luego su fe en Cristo crucificado. Y de confiar en su justicia propia, pasaron a confiar en la Justicia de Cristo; de confiar en la obediencia propia, a la del Salvador; de la penitencia propia, a la agonía de Jesús; de su propia devoción, a la piedad de Él… de modo que toda su esperanza de salvación, toda su aspiración y anhelo ahora están colocados en Él.
En todas estas personas el Espíritu Santo ya encendió la fe salvadora, la fe en Cristo. Por eso lo alaban todos los que acuden a Él. Ahora toda su necesidad se encuentra en Jesucristo. Jesucristo y en su gracia; como esa mujer que se acercó a Jesús y tocó el borde de su manto para curarse de su enfermedad, y que fue sanada en el acto (Mt.9:20). Jesús le dijo: “¡Ten ánimo, hija!; tu fe te ha salvado”. O la pecadora que en la casa de Simón, el leproso, lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, hasta que Jesús le anunció la absolución (Mt.26:6-13).
De estos ejemplos dice Lutero: “Esa gente había escuchado la buena fama (el Evangelio) de Jesús, que Él ayudaba y animaba a todo el mundo, y había creído en ese mensaje, por lo que acudió a Él impulsada por su desgracia. Si no hubiesen creído, tampoco habrían ido a Él”. Notemos que la fe de esas personas por lo pronto sólo se había manifestado en buscar a Jesús y pedirle ayuda. No obstante, Jesús reconoce esa fe como verdadera fe salvadora. En Mt.9:22 dice expresamente: “¡Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado!”
También vemos esa misma búsqueda, el hambre y la sed de la fe viva y activa, en el padre del hijo mudo y endemoniado, cuando imploró con lágrimas la ayuda de Jesús y exclamó: “Creo, Señor. ¡Remedia mi incredulidad!” (Mr.9:24). La fe que manifestó la esposa en el Cantar de Salomón, cuando de noche recorría la ciudad buscando al amado de su alma y preguntándoles a los guardas: “¿Habéis visto al que ama mi alma?” (Cnt.3:3). Y el patriarca Jacob, cuando exclamó: “No te dejaré, si no me bendices” (Gn.32:26).
Esta fe solícita, hambrienta, sedienta y que clama a Jesús, realmente es fe salvadora; porque desespera de todos los esfuerzos humanos y abraza a Jesús, buscando la salvación sólo en el Señor. A esa fe le sigue tarde o temprano otra etapa, la del encuentro, la confirmación y la respuesta, haciéndole exclamar a la esposa: “¡Hallé al que ama mi alma!” (Cnt.3:4) Y: “Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío” (Cnt.6:3).
Al fin cae el velo de mis ojos. Los abro, y ahora veo lo que no podía ver antes: Que Cristo lo ha cumplido todo perfectamente, en mi lugar. ¿Qué más quiero y espero ahora? Todos mis pecados e impurezas; toda mi frialdad y dureza, todo ha sido plenamente expiado, pagado y borrado por Él. Sí, arrojado a lo profundo del mar. Sólo por causa de mi incredulidad yo vivía infeliz. Pero ahora puedo decir: “Si uno murió por todos, luego todos murieron” (2 Co.5:14). En Cristo he muerto y resucitado.
Esta es la plena certeza de la fe, siempre acompañada de paz, de la bendita paz de Dios; paz de conciencia frente a los inquietantes pecados, que fueron borrados y perdonados en su totalidad, dando lugar ahora a una estrecha comunión con Dios. De esta paz dice el apóstol “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.5:1).