6 de septiembre 2026

    6.Tú dices que Yo soy Rey. Yo para esto he nacido…Jn.18:37

    El Señor confiesa aquí delante de Pilato: “Sí, soy Rey, como tú mismo dices”. En efecto, en el Día Final, este Cristo desconocido para todo el mundo y despreciado por Pilato, se manifestará como el Rey más grande y poderoso que existe.

    Él posee un inmenso reino en la tierra. De hecho, todas las naciones, todos los países y todos los territorios son suyos. Y en última instancia, están bajo su dominio. Los incrédulos son espiritualmente ciegos: oyen y hablan del reino de Cristo, pero no lo conocen. No perciben nada de este Reino. Para ellos el Reino de Cristo es como una fantasía. Sólo existe en la imaginación de cierta gente fanática. Pero, ¡miren el extraordinario poder que este Reino ejerce en el mundo! ¡Cómo pueblos y países fueron completamente transformados tan pronto como el evangelio de Cristo comenzó a reinar entre ellos! Miren cómo conquista victorias sin emplear espadas, en medio de sus más encarnizados enemigos, no pudiendo derrotarlo ningún poder humano.

    Cuando este Rey ordenó a sus pobres discípulos: “¡Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura!” (Mr.16:15), ellos fueron. No le pidieron permiso a ningún gobernante. ¡No! Desafiaron a las más severas prohibiciones y a la violenta resistencia de los emperadores. Éstos no pudieron contra el reino de Cristo a pesar de sus enormes ejércitos, su gran armamento y sus terribles instrumentos de tortura. Todas las hogueras, hachas y espadas fueron impotentes. El Reino de Cristo no es ninguna fantasía, como lo llama el mundo, porque el número de verdaderos mártires –los testigos que dieron su vida por la fe-, es tan grande que llega a varios millones. Y me refiero sólo a los que tuvieron el valor de soportar las peores y más crueles torturas por causa de Cristo. El reinado de Cristo ciertamente no es ninguna fantasía.

    Su Palabra, lo que Cristo habló por boca de sus apóstoles y profetas, toda la santa Biblia, ¡ya fue traducida a cientos de idiomas!

    El reinado de Cristo no es una fantasía. Tal vez hayamos conocido personalmente a gente cuyo corazón carnal y mente impía ningún poder o saber humano fue capaz de cambiar. Pero bajo la influencia del evangelio de Cristo cambió totalmente. ¡Sólo Jesucristo pudo hacerlo! Tal vez conocimos a una persona que estaba totalmente entregada a la codicia; que día tras día todo el tiempo sólo se ocupaba de lo material; pero que recibió una mentalidad totalmente distinta, un corazón y entendimiento espiritual nuevos, de modo que ahora piensa en Cristo y habla de Él, y de todo lo relacionado con su Salvador.

    Ahora desea servirle con palabras y hechos. No por presión externa, sino con profundo gozo y por inclinación de su propio corazón. Tal vez conocemos a una persona que antes siempre se mostraba confiada y satisfecha consigo misma, pero ahora está descontenta consigo misma y se refugia únicamente en su Señor. O tal vez conocemos alguien que anteriormente se sentía infeliz y disconforme con Dios y con sus semejantes, pero cuyo corazón rebosa ahora de una maravillosa paz y alegría en su Salvador. O una persona que antes nunca se interesaba por el eterno destino de sus hermanos, pero que ahora siente tal interés por ellos, que se pasa todo el tiempo pensando cómo llevarle el evangelio a este o a aquel inconverso, para rescatarlo. Y así podríamos seguir enumerando un caso tras otro… Y ¿acaso no son todos estos casos pruebas de un poder grande y maravilloso, capaz de regenerar lo más íntimo del ser humano? Todas esas conversiones, ¿no son evidentes a nuestros ojos? Reconozcamos, pues, el reinado de Cristo; y sepamos que Él verdaderamente es Rey. Un Rey grande y poderoso, cuya causa avanza a pesar de la resistencia de todos los reyes de la tierra. Un Rey que realiza hazañas que ningún poder o saber humano puede realizar. Esas cosas -que ya percibimos en parte con nuestros ojos- son lo que podemos esperar de este Rey.

    Cuando recordamos quién es realmente este Rey, y que hace mucho tiempo Él ya reveló lo que haría en la tierra, comprendemos que no puede ser de otra manera.

    “Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo”, dice Él. ¿Quién lo dice? La palabras “He venido al mundo” deben entenderse en el mismo sentido que cuando Él dijo: “Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre” (Jn.16:28). Habría de nacer en Belén Aquel cuyas “salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Mi.5:2).

    Jesús es un Rey que ya estuvo con el Padre antes de que fuese creado el mundo…

    Pensémoslo: ¡Cómo no habría de gobernar tal Rey, y poseer un grande y poderoso Reino! Tales cosas también ya fueron anunciadas en todo el Antiguo Testamento. En el Salmo 2:8 el Padre le dice al Hijo: “¡Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión los confines de la tierra!” Y en Isaías 49:6: “Poco es para Mí, que Tú seas mi Siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra”.

    “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite” (Is.9:7). Así aparece también en la visión del profeta Daniel: como un Hijo de Hombre que viene en las nubes, y al que luego “le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Dn.7:14). Por eso el Apocalipsis también lo presenta como un Rey, que luce varias coronas en su cabeza: “En su vestidura, y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes, y Señor de señores” (Ap.19:16).

    Publicado por editorial El Sembrador