6 de octubre 2026

    6.¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.Ro.8:33

    Los “elegidos de Dios” son los que están “en Cristo Jesús”. En ellos Dios se complace; a esas personas las “escogió antes de la fundación del mundo” (Ef.1:4). Son también las personas que en este tiempo presente apartó del mundo y separó para ser sus hijos y herederos.

    De ellos Jesús dijo: “Yo os elegí a vosotros del mundo” (Jn.15:19). Este es el único uso correcto y saludable de la palabra “escogidos”. Esta aplicación concuerda con toda la Palabra de Dios, e imparte tanto consuelo como temor de Dios. Es peligroso especular sobre la providencia y la elección de Dios -que es un secreto para nosotros- y sacar mis propias conclusiones, y fundar mi confianza en ideas y opiniones sueltas, actuando con ligereza en un tema tan serio.

    Lo único seguro es que nada nos podrá separar del amor de Cristo, mientras no pequemos “voluntariamente, después de haber recibido el conocimiento de la verdad” (He.10:26). San Pedro nos dice a los cristianos: “Vosotros sois linaje escogido” (1 P.2:9). Y el apóstol Pablo llama aquí (Ro.8:33), a los creyentes: “escogidos” de Dios.

    Además, nos da otra razón especial para el consuelo, de que no se nos hará ninguna acusación, es decir: “Dios es el que justifica”. El apóstol pregunta: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Y opone la respuesta: “Dios es el que justifica”. Cuando Dios justifica no prevalece ninguna acusación más. Este es el consuelo que nos da el apóstol en este texto.

    Es Dios el que justifica. Dios es el único y supremo Juez, al que hemos ofendido con nuestros pecados. Como dice David: “Contra Ti, contra Ti solo he pecado” (Sal.51:4). Y si Dios justifica, ¿Quién puede acusar? ¿Qué importan, entonces, las acusaciones de nuestro corazón y nuestra conciencia? Hay un consuelo especialmente poderoso en el hecho -que muchos pasan por alto- de que siendo Dios el único al que debemos temer, Él también es el que justifica.

    Es Dios mismo el que nos defiende; el que llevó nuestra causa a su corazón; el que emplea tantas palabras para convencernos de la solidez de su gracia.

    Recordemos que siempre, desde la eternidad, Dios tuvo esa intención. Desde el principio del mundo anunció que Él mismo iba a librarnos de nuestros pecados. Y cuando llegó el tiempo, entregó a su propio Hijo para conquistar todo lo que la Ley no pudo darnos. Por los méritos de su Hijo, Dios justifica a todos los que creen en Él. ¡Pensemos! ¿Cómo entonces pueden nuestros pecados tener todavía alguna influencia ante Dios para condenarnos? Si fuese así, Dios habría repudiado su eterno consejo y su propia obra, la más preciosa de todas: nuestra eterna redención en Cristo.

    Nunca debemos olvidar que nuestra justificación es la libre decisión de Dios. El apóstol dice bien claro: “En amor nos ha predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef.1:5). El propio Señor Dios también dice: “Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo” (Is.43:25). Y nadie puede redimir a un pecador de sus pecados y justificarlo -declararlo justo-, excepto Dios. Es sólo Dios quien justifica. ¿Cómo puede valer, entonces, una acusación contra alguien a quien Dios justificó?

    El apóstol habla aquí en el mismo tono consolador y desafiante con que habló Cristo en la parábola de los obreros en la viña, donde el dueño de la viña dice: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?” Si quiero dar a este que trabajó menos que todos un obsequio no merecido, ¿a ti qué te importa? (Mt.20:1-16). El apóstol quiere decirnos: “Dios es libre para justificar al que quiere”. Ahora bien, quiere justificar a todos los que “besan” a su Hijo (lo “honran”, creyendo en Él: Sal.2:12). A éstos los cubre con la Justicia divina, y ordena que no se les impute ningún pecado, y que no se los condene. Anuncia que les perdonará todos los pecados que todavía les afligen.

    ¿O acaso no tiene el derecho de hacer lo que quiere con los suyos, siendo Él sólo el Juez y Señor de la humanidad? Si no entendemos ni apreciamos bien la gracia redentora y los méritos del Hijo de Dios, Dios sí los apreciará. Él seguirá considerando grandiosa y preciosa su propia obra.

    Aunque nuestros corazones y conciencias no entiendan ni valoren debidamente lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de su Hijo, sino sólo sientan y recuerden nuestros pecados, esto no es algo que afecte la decisión de Dios. Y si no valen ante Dios, y están sólo en nuestros sentimientos, en nuestros corazones y opiniones incrédulas, entonces todas esas acusaciones ya no consiguen perjudicarnos verdaderamente. Sólo pueden afligirnos por un tiempo, pero no pueden condenarnos eternamente.

    Ésas son las cosas que el apóstol quiere decir cuando pregunta: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? ¡Dios es el que justifica!” Y como Dios mismo considera nuestra justificación como perfecta, ciertamente tenemos que alabar su maravillosa obra de gracia, en bendita paz y seguridad, diciendo:

    ¡Todo está bien! Dios lo hizo todo perfectamente bien. Aun si mis pecados fuesen mil veces más numerosos y graves, no pesarían nada frente a la justificación que Cristo me da. ¡Alabado sea su Nombre!

    Publicado por editorial El Sembrador