6.Os ruego, hermanos, que soportéis la palabra de exhortación.He.13:22
En tanto que un cristiano siga siendo un humilde y obediente discípulo de la Palabra de Dios, deseoso de oír, creer y seguir toda la voluntad y las enseñanzas de Dios para su eterna felicidad, el Espíritu Santo realizará en él su buena obra. Ya la ha comenzado y en el futuro revelará lo que todavía puede estar oculto y corregirá lo que esté mal. Sin embargo, cuando una persona se propone no tomar en serio una censura o una exhortación y elige sólo lo que le agrada de la Palabra de Dios, no queriendo oír ni aceptar lo que ataca a la carne y al pecado, entonces se produce una situación que no se puede remediar tan fácilmente.
Los que aceptamos a Cristo debemos cuidarnos mucho para no dejar entrar a la Ley con sus maldiciones y juicios a nuestra conciencia, pues estas dos nunca pueden estar juntas.
Quien posee a Jesucristo, quien cree que tiene su justificación sólo en Él, está libre de la maldición de la Ley y debe permanecer así siempre, pues de otro modo menospreciaría la sangre de Cristo y las promesas de Dios. Esto en cuanto a nuestra relación con Dios. Pero, por otro lado, en lo que se refiere a nuestra vida aquí en el mundo, necesitamos amonestaciones, censuras o instrucciones; y por nuestro bien debemos escucharlas y corregir nuestras malas costumbres y prácticas, si queremos ser cristianos. Algunos desean darle libertad a su carne; quieren darse todos los gustos y por eso aceptan de la Biblia sólo las partes que les resultan agradables, pero evitan las que les molestan y atacan sus pecados. Se impacientan al oír las saludables amonestaciones, considerándolas enseñanzas legalistas, que ellos como creyentes deben dejar de lado. Se irritan al oír reprensiones fraternales; se vuelven enemigos de los hermanos que los amonestan, y defienden sus pecados y a sí mismos. A veces van a descansar junto a una arrulladora vertiente; es decir, al lado de hermanos flojos e inactivos, que les prestan un mal servicio espiritual, enseñándoles que uno puede ser “piadoso” y no obstante andar bien con los infieles, viviendo igual que todo el mundo…
Existe esa clase de religiosidad, y los que van por ese camino están completamente perdidos, a no ser que se produzca un excepcional milagro de la gracia de Dios. Porque se afirman todo el tiempo en ese principio que adoptaron, de dejar de lado la Palabra que los quiere corregir, con lo que descartan el único medio que podría ayudarles. Descartan la sana enseñanza.
No quieren molestarse con investigar mejor su propia situación. Este es el camino ancho y falso, preferido por muchos de los que lograron evitar el otro camino equivocado, el de tratar de justificarse mediante su obediencia a la Ley. Este camino errado lo toman inclusive algunos que revivieron espiritualmente, por medio de la fe en Jesús; pero mayormen te lo recorren personas que nunca fueron realmente convertidas. ¡Cuánto advirtieron los apóstoles en sus días contra esos dos falsos caminos! ¡Con cuánto fuerza e intensidad denuncia Lutero los mismos caminos errados! Por ejemplo, dice: “¡Miren la actitud imprudente que adopta la gente en todas partes frente al Evangelio! A veces no sé si vale la pena seguir predicando. Ya habría desistido hace tiempo, si no sabría que fue igual en los días de Jesús. Porque tan pronto como uno predica que no podemos merecer la salvación con nuestra conducta y buenas obras, sino que es un obsequio de Dios, ya nadie quiere seguir haciendo el bien, ni llevando una vida casta y obediente, diciendo falsamente ¡que somos nosotros los que prohibimos hacer buenas obras! Por otro lado, cuando alguien predica y exalta la vida casta y honesta, todo el mundo inmediatamente quiere conquistar el favor de Dios y construir su escalera al cielo por ese medio.
Pero Dios no lo soporta. Una vida depravada no vale nada, pero tampoco una vida solo aparentemente piadosa, con la que el pecador pretende justificarse a sí mismo.
En efecto, a los que pretenden salvarse con su conducta honrada y piadosa, siendo en realidad miserables y corruptos mortales, ¡les vendría mejor que fuesen manifiestos adúlteros, estafadores y criminales! (aunque Dios, por supuesto, no quiere que llevemos una vida depravada). ¿Cómo proceder entonces? Tenemos que quedarnos en el medio, sin caer en los extremos de la izquierda ni de la derecha. Hemos de llevar una vida pacífica, honrada y piadosa ante el mundo. Sin embargo no hemos de hacer ningún alarde ni pretender ganarnos el cielo con eso. Debemos llevar una vida casta y decente “gratuitamente”, de modo que nadie diga: “Gracias a tal o cual mérito voy a salvarme”. Yo quisiera que mis oyentes sean bien conscientes de lo que es una vida cristiana, pero un grupo quiere ser demasiado impío y el otro demasiado santo. Bien, quien pueda entender, que lo entienda. Nosotros no podemos hacer más que llevarlo a los oídos. Dios tiene que llevarlo a los corazones.”