6.Compartiendo para las necesidades de los santos.Ro.12:13
Esta amonestación significa que los cristianos hemos de considerar como propias las dificultades y necesidades de nuestros hermanos en la fe. Hemos de estar tan interesados en ayudarles a ellos, como en ayudarnos a nosotros mismos. Hemos de sentir hacia ellos un amor tan genuino y real, que obramos conforme al dicho: “Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (1 Co.12:26).
Sí, hemos de vivir de acuerdo al gran Mandamiento del amor: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.19:19). Y cuando el apóstol menciona a los santos en particular (Gál.6:10), nos enseña que, si bien hemos de hacer el bien a todas las personas en general, conforme a la Ley del amor, lo hemos de hacer “mayormente a los de la familia de la fe”.
Nuestro texto habla acerca de la participación “para las necesidades de los santos”, aunque la comunión de bienes, originariamente introducida en la iglesia primitiva (Hch.2:44; 4:32), ya había cesado. La razón, sin duda, fue que gente deshonesta y haragana había abusado de esta costumbre, ya que infelizmente tales personas se afiliaron pronto a la iglesia. Debido a esto aprendemos que hemos de dar con discernimiento, para no fomentar la pereza y los vicios.
Hemos de “compartir para las necesidades”, las dificultades reales. Y hemos de hacer esto con el mayor gusto a los hermanos en la fe; tenemos que socorrerlos y hemos de hacerlo con amor abnegado y fraternal. Pero también hemos de cuidar que nuestra ayuda no sea abusada, fomentando la pereza y el derroche.
¿Y quiénes son esos “santos”, los “pobres que hay entre los santos”, como dice el apóstol en Ro.15:26? Ojalá aprendiésemos de una vez por todas, el verdadero significado de la palabra “santo”. Las cartas de los apóstoles emplean el calificativo “santos” continuamente, para designar así a todos los cristianos o fieles creyentes; no sólo a un grupo especialmente destacado de ellos, como los apóstoles y profetas, que se llaman “santos” en forma especial. “Santos” son todos los que el Espíritu Santo hizo nacer de nuevo por la fe en Jesús, los separó del mundo, y condujo a Dios. Este es el primer significado de la palabra. Estas almas regeneradas son santas para Dios en dos aspectos:
Primero, porque les fue imputada la perfecta santidad de Cristo. Y en segundo lugar, porque el Espíritu Santo comenzó en ellos la obra de la santificación. El apóstol indica estos dos hechos, diciendo que fueron “santificados en el Nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co.6:11).
Nosotros somos, entonces, los “santos” de Dios, -si bien todavía cometemos pecados. Vemos esto en el caso de David, cuando primero habla de su gran aflicción mientras encubría su iniquidad, y luego dice: “Por eso te adorará todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado” (Sal.32:6). De modo que somos realmente santos sólo en Cristo. Lutero recalca esto en términos dignos de ser recordados. Dice: “Pablo habla aquí de los santos en la tierra, o sea, de los cristianos; y los llama santos para la gloria de la gracia de Dios, gracias a la cual son santos por la fe, no por sus propias obras”. El propio Dios declara santo al cristiano. Sería un gran agravio contra Dios que un cristiano niegue su condición de santo. Con eso declararía que tampoco la sangre de Cristo, ni la Palabra, ni el Espíritu y la gracia de Dios… más aún, que ni siquiera Dios mismo es santo.
Estos, pues, son los santos, para cuyas necesidades hemos de compartir en forma tan entrañable, como si se tratase de nuestras propias necesidades. Hemos de ayudar a resolver o aliviar sus problemas. Si no lo hacemos, y disponemos todo lo que poseemos sólo para nosotros mismos, ciertamente no podemos vivir en el amor de Dios. Es muy diferente si por descuido nos olvidamos de hacer lo debido. Pero no poseer ni mostrar ningún amor, manifiesta algo aún mucho más grave, a saber: Que no poseemos el amor de Dios. Como bien pregunta Juan: “El que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano padecer necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Jn.3:17).
“No os olvidéis de la hospitalidad”. Esta exhortación aparece frecuentemente en la Biblia (Por ej. He.13:2; 1 P.4:9). La razón es que los primeros cristianos, durante las persecuciones, muchas veces fueron expulsados de sus casas a lugares lejanos.
Además en aquellos tiempos había muy pocos hospedajes públicos para los viajeros. Los hermanos en la fe debían hospedar gustosamente, con tierna compasión, a esos cristianos desalojados. Hasta debían buscar la oportunidad de hacerlo.
Hoy en día, si bien las condiciones cambiaron, la gran Ley del amor todavía está en vigor. Hemos de servir a nuestros semejantes en todas las formas posibles. Y nuestro amor no sólo ha de manifestarse en hermosas palabras, sino en hechos y acciones, aun si implica sacrificios y penas.
Aún hoy muchas veces nos pueden solicitar hospitalidad. Y aunque esto a veces causa problemas, no es algo imposible. Siempre hemos de estar dispuestos a socorrer al hermano necesitado. Y hemos de hacerlo con el corazón contento y el rostro sonriente.
Pedro observa que hemos de hacerlo “sin murmuraciones” (1 P.4:9), tal como quisiéramos que nos presten ayuda a nosotros, cuando estemos en necesidad. Como dice “la regla de oro” con respecto a nuestro prójimo: “Como queréis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lc.6:31).