6.Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová.Éx.12:11
El significado espiritual de esta orden del Antiguo Testamento en cuanto a la comida de la Pascua, es que cualquier persona que viene a Cristo y participa de Él, debe romper inmediatamente con su vida anterior bajo el dominio del pecado y de la vanidad del mundo. Debe decirle “adiós” a su viejo yo y nunca más mirar hacia atrás al internarse a un camino completamente nuevo. Debe escapar lo más rápido y lo más lejos posible del servicio al pecado y al diablo. Nunca más debe darle demasiada importancia a las cosas materiales ni tratar de instalarse un Paraíso aquí en la tierra, sino que debe considerarse un peregrino en busca de su patria.
El apóstol dice: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”(Col.3:1-3).
Así vive un verdadero cristiano: Está muerto a la pasada manera de vivir, y ha resucitado a una nueva vida con Cristo. Tiene su tesoro y su patria en el cielo, donde está Cristo; en fin, sigue las pisadas de fe de Abraham, de quien está escrito: “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”. (He.11:9,10).
Los creyentes de la antigüedad “miraron” de lejos lo que Dios les había prometido. Creyeron y por eso confesaron que “eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra… que buscan una patria”; es decir, la patria celestial (He. 11; 13,14).
Así es la vida cristiana: Tenemos que “comer el Cordero” vestidos con ropa de viaje. Como extranjeros y peregrinos, todo el tiempo caminamos rumbo a nuestra patria. El verdadero peregrino, si descubre algo valioso al lado del camino, no se detiene ni construye una vivienda allí, pues sabe que debe continuar incansablemente su peregrinaje, hasta alcanzar su destino. En la posada solamente pasa la noche, descansa y repone sus fuerzas, pero no puede permanecer allí. Toda la vida de un cristiano debe ser así. Tengámoslo siempre presente. No olvidemos jamás que debemos “comer el Cordero” vestidos con ropa de viaje.
Pero eso no es todo: Los hijos de Israel salieron apresuradamente del país de borrar servidumbre, la misma noche en que comieron la Pascua; y tan sólo unos días después, tuvieron al ejército opresor pisándoles los talones, al punto que se vieron perdidos, en manos de los enfurecidos Egipcios. De igual modo, la persona que Dios eligió y libró del mundo condenado para que sea un seguidor de Cristo, nunca debe olvidar que sus viejos enemigos lo perseguirán y acosarán desde el mismo comienzo de su vida cristiana. Por eso, recordemos siempre que cruzamos por una tierra hostil, llevando nuestras preciosas perlas en vasijas de barro, rodeados de asaltantes ávidos por arrancarnos las joyas (2 Co.4:7). En este mundo está el viejo enemigo de nuestras almas, que nos ha declarado la guerra a muerte, y que trata de cumplir su propósito con violencia, astucia y tenaz persistencia.
El mundo impío trata de seducirnos nuevamente a la impiedad. A veces mediante amenazas, y otras veces mediante atractivas promesas. También está el propio corrupto corazón, la naturaleza carnal, luchando siempre, desde el principio hasta el final contra el Espíritu Santo, y no buscando nunca el Reino de Dios. ¿Podríamos bajar la guardia y relajarnos en estas condiciones? ¡Claro que no! Debemos estar siempre muy alertas, “ceñidos nuestros lomos con la verdad”, “con el bordón en las manos”, “y calzados los pies con el apresto del Evangelio”, como los que están listos para salir de viaje (Éx.12:11; Ef.6:13-15).
El corazón humano tiene la continua tendencia a deleitarse en placeres terrenales. Inclusive el corazón de los creyentes, que busca su satisfacción en Dios, a veces quiere desviarse hacia otros objetivos. Siempre es peligroso cuando un cristiano comienza a sentir demasiado entusiasmo e interés por bienes terrenales: Sus negocios, su hacienda, su mercadería, su capital. Existe el peligro de que los bienes materiales lo cautiven tanto que le impidan concurrir a la gran cena del Señor (Mt.22: 4,5; Lc.14:18-20). Se trata de cosas que en sí mismas son totalmente inocentes; pero, ¿qué pasa con el corazón? Por causa de esos bienes materiales ¡comienza a postergar las bendiciones espirituales!
Seamos honestos: ¿Qué cosas cautivan nuestros corazones? ¿Dónde está nuestro corazón? “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. (Mt.6:21). Y: “De la abundancia del corazón, habla la boca” (Mt.12:34). El celo del Esposo de nuestras almas, no permite que entreguemos nuestros corazones a otro amor fuera de Él. “¡Deléitate en Jehová!” (Sal.37:4).
Es amargo para nuestra naturaleza no poder gozar de cierto placer pecaminoso, o no poder disfrutar las riquezas como la gente materialista. No es fácil mortificar la carne, ¡decirles “adiós” a las tentaciones y salir apresuradamente! ¿Pero qué importa? Así es el camino de un hijo de Dios, y al espíritu le resulta agradable.
Por lo tanto, ¡nunca nos dejemos seducir a instalar nuestro Paraíso aquí en este mundo! Vistamos siempre la “ropa de viaje”, la ropa de peregrinos, porque pertenecemos al pueblo del Cristo resucitado, y vamos hacia el encuentro con Él, en la patria celestial, nuestro destino final.