6 de enero 2026

    6.El pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.Ro.7:13

    Al pecador que insiste y se esfuerza en realizar buenas obras para justificarse a sí mismo, no le sirve de nada Jesucristo el Salvador y la gracia de Dios. Quien confía en sus propios méritos, peca en pensamiento, palabra y obra por el solo hecho de procurarlos; ofreciendo sacrificios y penitencias, con esa actitud rechaza el único sacrificio aceptable por el pecado: El sacrificio de Cristo.

    Puede ser que, impulsado por las demandas de la Ley en su corazón, evite sumergirse y revolcarse en el fango de la corrupción. Sin embargo, la aparente superación lograda así por el ser humano, no es más que la pobre y falsa “santificación” de un hipócrita. Es cierto que se ha convertido, pero sólo de ser una persona abiertamente impía, en alguien religioso, en un porfiado hipócrita, que se jacta de su propia justicia. Se ha convertido en un verdadero fariseo.

    Repito: Quien conoce la impiedad de su naturaleza, la depravación e impureza de su corazón, y recurre a ayunos, oraciones, sacrificios, renunciamientos y obras de caridad, esperando obtener con eso la victoria sobre el mal, poniendo la confianza y esperanza de salvación en sus méritos personales, el tal se convierte en un fariseo.

    La persona que padeciendo la opresión y la miseria del pecado, no cree en Cristo, no obtiene su gracia por medio de la fe, y rechaza el consuelo y la eterna bendición que Él ofrece, jamás llegará a ser un verdadero cristiano. Podrá ser un falso “santo”, engañado e ilusionado con sus propios méritos, confiando en su aparente piedad; o un desesperado apóstata, que lo abandona todo, y vuelve a su anterior estado de diversión y alegría mundanas; o se entregará a la desesperación y al horror de la condenación. Y no estamos hablando aquí de los que deliberadamente se prestan a algún pecado manifiesto y favorito, sino de personas que realmente pretenden entrar por la puerta estrecha, pero que no son capaces de lograrlo. Su problema es que nunca le permiten a nadie explicarles debidamente qué es la verdadera santidad, o el verdadero propósito y objetivo de la Ley.

    ¡Ah, ojalá esta gente quisiera prestar atención a la Palabra de Dios! ¡Escuchar siquiera una vez! La Escritura dice expresamente: “Lo que dice la ley, se lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre, y todo el mundo quede bajo la sentencia de Dios” (Ro.3:19). Y en Ro.5:20 leemos: “La ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”.

    La ley tiene que realizar su obra en tu corazón, si la conversión ha de ser verdadera. No significa que tú debes volverte más santo y piadoso por medio de sus demandas y exigencias. Ni que debes llegar a serlo mediante otro bautismo con el Espíritu y fuego. No, por medio de la ley debes llegar a ser culpable, de “sobremanera pecaminoso”. Ninguna otra cosa te ayudará si deseas aprender el “arte” de recibir realmente a Cristo, de manera que engendre nueva vida en tu corazón. Dice en Gá.3:21: “Si la ley pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley”. Y en Gá. 2:21: “Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo”. La ley cumple su legítima función, sólo si se le permite penetrar el corazón. Mientras te toca superficialmente, puedas volverte una persona muy religiosa, tanto en tu imaginación como en tu conducta, pero sólo en apariencia; te convertirías en un fariseo, como se dijo anteriormente. San Pablo también se encontraba en esa condición, antes de “que viniese el Mandamiento” (Ro.7:9), antes de que las demandas espirituales penetrasen su corazón.

    Así son muchas personas religiosas hoy en día. Observan la Ley pensando que con guardarla realmente pueden volverse mejores y más piadosos. Sostienen que sólo hace falta intentarlo con toda seriedad, y que nadie debiera desesperar, antes debiera seguir orando y luchando.

    La verdadera conversión, sin embargo, es algo más profundo, la ley me muestra la maldad en mi corazón y me hace comprender que soy de “sobremanera pecaminoso”, para que sea avergonzado con todos mis presuntos logros, y hasta llegue a odiarme con todos mis “éxitos”, negándome a depositar cualquier consuelo en mí mismo. ¡Recuerda esto! Cuando Cristo explicó las demandas de la ley en el Sermón del Monte nos declaró que los requisitos espirituales de la Ley son tan elevados, que nadie es capaz de cumplirlos (Mt.5:21-48).

    Por eso, cuando alguien nos dice que desea convertirse y volverse piadoso y santo, debiéramos contestarle: Muy bien, pero primero, antes que nada, tienes que aceptar que eres pecador e impío; o sea, tienes que humillarte y reconocer tu propia perversidad, y comprender la criatura perdida que eres, totalmente depravada e impura.

    Sólo entonces podrás creer sinceramente en Aquel “que justifica al impío” (Ro.4:5), y llegar a ser realmente piadoso y santo.

    Publicado por editorial El Sembrador