6 de diciembre 2026

    6.Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.Ro.7:15

    El peor veneno que la serpiente -el diablo- introdujo en nuestra naturaleza, es que debemos ser nuestros propios auxiliadores y salvadores. La promesa “seréis como Dios” (Gn.3:5), penetró hondo. Dejó muchas huellas en nuestra naturaleza, como ser, toda clase de soberbias. Produjo especialmente la perjudicial creencia, que tenemos en nosotros el poder para vencer al mal y hacer el bien.

    En cuestiones espirituales, el “libre albedrío” es un sueño. De esa idea errada surge tanto una falsa seguridad, como la desesperación. Si una persona que ha sido despertada espiritualmente pudiera ser convencida de que no es capaz de nada, que ha perdido su libertad espiritual, que ha sido vendida al pecado… entonces pronto recibiría consuelo en Cristo y enseguida abandonaría su empeño por auto justificarse. Como se agarra del salvavidas el que se está por ahogar, así su alma se aferraría a Jesucristo, esperando ser salva por la gracia de Dios.

    Es natural que en la mente humana todo el tiempo resuenen pensamientos como estos: “Todavía no has intentado como es debido. Aún no te has esforzado lo suficiente. No has velado, ni orado, ni luchado correctamente. Mañana tienes que hacerlo mejor”. Y así pasa un día de frustración y amargura tras otro. Y sigue resonando en la mente. “No has hecho todo lo posible; no lo has intentado realmente en serio. No has sabido prevenir debidamente el pecado. Mañana debes hacerlo mejor”.

    La pobre alma no comprende que no está dentro de sus posibilidades ser lo suficientemente serio, honesto, precavido ante el pecado, atento y sobrio en la fe, perseverante en la oración… que ni siquiera puede controlar sus propios pensamientos. No ha entendido aún que “no somos competentes por nosotros mismos” (2 Co.3:5). Somos pecadores totalmente perdidos. Cristo tiene que hacerlo todo. Él tiene que salvar lo que está perdido. El apóstol Pablo dice: “Sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado” (Ro.7:14). Dice que ha sido vendido al pecado, como un esclavo a un amo. Y agrega: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:19). ¿Dónde está, pues, el libre albedrío?

    El reformador de la Iglesia, el Dr. Martín Lutero, combatió enérgicamente la falsa doctrina que sostiene que tenemos libertad espiritual para elegir y decidirnos por Dios (libre albedrío). Algunos se asombran por qué Lutero se opuso tanto a esa creencia. Pero hay grandes motivos para ello. Si Cristo hubiese muerto cien veces por nosotros, y se nos predicase su Evangelio maravillosamente, no nos serviría de nada si aún creyésemos que tenemos la capacidad de hacer lo bueno. Pero el alma que ha sido despertada no piensa así. Sabe que si tuviésemos el poder para hacer el bien, la salvación no sería por la gracia de Dios. Por eso debemos grabar en nuestros corazones la verdad expresada por el apóstol: “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Ro.7:18-19). Incluso luego de que Cristo nos hizo “verdaderamente libres”, -del diablo y del pecado-, no recibimos aún el poder para hacer todo el bien que quisiéramos. Cristo retiene ese poder para él; no nos lo da en este mundo.

    Por eso los que han sido rescatados del poder de Satanás y hechos verdaderamente libres por el Hijo de Dios, lamentan y gimen mucho más su impotencia y miseria cuando el Señor los abandona en la hora de la tentación. Luchan, lloran, y ruegan ayuda a Dios. Y todo pareciera ser en vano. Llegan al borde del abismo de la desesperación. ¿Dónde está, pues, el libre albedrío? ¿Por qué no son puros y santos? Si tuviesen el poder en sí mismos, ¿por qué se lamentan, lloran, gimen y ruegan de esta manera? Solamente deberían rechazar al diablo, ser fuertes y gozosos. Si pueden vencerlo todo por medio de la oración, ¿por qué deberían desesperar?

    Los Salmos de David y los lamentos de todos los santos testimonian que ya no tenemos libertad espiritual, ni poder para hacer el bien. El apóstol Pedro quiso ser fiel y firme hasta la muerte, como lo demostró por un momento en el huerto de Getsemaní. Pero poco después cayó de manera escandalosa, ante la pregunta de una mujer… y negó a Cristo una, dos y tres veces seguidas. Luego lloró amargamente y aprendió que no tenía el poder en sus manos. Pablo oró tres veces pidiendo que el Señor le quitara un “aguijón en la carne” (2 Co.12:7), pero fue en vano. Y entonces comprendió el secreto: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co.12:10).

    No… El libre albedrío es una fantasía que viene de los días en el Paraíso. Nunca más los seres humanos hemos tenido la libertad espiritual para elegir y decidir, desde que Adán la utilizara para el mal. Desde entonces dependemos de la gracia. Necesitamos mendigar ante Dios cada miga de poder espiritual. Y cuando alguien implora algo, no puede tomarlo antes de que se lo den. Si el Señor nos dejara ir, enseguida nos precipitaríamos al abismo. Así somos los seres humanos desde la caída de Adán.

    Publicado por editorial El Sembrador