6 de agosto 2026

    6.¡Esforzaos a entrar por la puerta angosta!Lc.13:24

    ¿Cuál es el objetivo final de nuestro estudio de la Palabra de Dios y de nuestra lucha espiritual, sino ser salvos? ¿Mantener buenas relaciones con Dios aquí en el tiempo presente, volver a Él en la hora de la muerte, y estar en Su presencia para siempre? ¿No debiéramos detenernos, entonces, para comprobar si nuestra carrera espiritual efectivamente nos llevará a ese bendito hogar, y así no no corramos “como a la ventura” y no peleemos “como quien golpea el aire?” (1 Co.9:26)

    Muchos necesitan descubrir si el camino espiritual que siguen los llevará -o no- al hogar celestial. ¿O todos los que buscan el Reino ¿de Dios, de una manera u otra, finalmente entrarán en él? o por el contrario, ¿existe un solo camino a la vida eterna? En este caso necesitamos asegurarnos que efectivamente estamos en ese único, bendito camino, para que podamos regocijarnos con el transcurrir de los años, al acercarnos cada vez más al final deseado… De no ser así, tenemos que convertirnos y andar por el camino nuevo, para poder morir en paz.

    ¡Qué terrible desgracia sería, si Dios no nos concediera más su gracia para pensar en esto! ¡Qué terrible si, en nuestra ligereza e indiferencia carnal, quisiéramos resolver este asunto por nosotros mismos, sin examinarnos ante el Señor! La persona que obtiene gracia para reflexionar y desea ser honesta, deberá cuidarse bien de no buscar la respuesta a sus preguntas en su propia mente. No debe sentarse a pensar y pensar, o esperar una respuesta inmediata en su corazón. Tampoco debe conformarse con la opinión de cualquier otro ser humano en un asunto tan importante. No, aquí hemos de consultar sólo las palabras del propio Señor, porque son éstas las que juzgarán a todos los hombres en el día postrero. Por eso recordemos algunos dichos de Jesús, dignos de mención ¡Qué Dios nos conceda sabiduría para entender lo que nos dice!

    “¡Esforzaos a entrar por la puerta angosta! Porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán” (Lc.13:24). ¿Qué significa esto? ¿Por qué muchos que tratarán de entrar por la puerta estrecha no podrán hacerlo? Afortunadamente, en la Escritura, el Señor explicó las causas de eso. Muchos buscan el Reino de Dios, pero no con suficiente seriedad como para poder pasar por la puerta estrecha. Son personas espiritualmente despiertas hasta cierto punto, pero no completamente. Quieren tener a Dios y su gracia, pero también la amistad del mundo impío. Quieren servir a dos señores. Están dispuestos a abandonar ciertos pecados, pero aprueban otros, y no quieren desecharlos como pecados, antes los defienden. Jesús dijo: “Si alguno viene a Mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo”. “Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc.14:26,33). Es como la persona “que comenzó a edificar una torre, y no pudo terminarla” (v. 28). Se esforzó e invirtió dinero, pero no obtuvo ningún beneficio de ello. El evangelio nos habla de un joven rico, dispuesto a seguir a Jesús, pero no podía hacer eso y al mismo tiempo conservar sus riquezas. Y cuando el Señor le dijo que debía abandonarlas, se fue triste (Lc.18:18-30). Eso es lo que ocurre con frecuencia.

    ¡Ah, qué pena dan los que se alejan entristecidos! ¡Estaban tan cerca de la entrada al cielo! Conocieron a Jesús y lo amaron en cierta medida. Sin embargo decidieron alejarse de Él, porque no estaban dispuestos a dejarlo todo por Él. Trataron de entrar, pero no pudieron. Algunos se alejan del Señor sin saberlo, con un falso consuelo.

    Pretenden ser de Cristo aunque les faltan todas las características distintivas del nuevo nacimiento y de la nueva creación.

    ¡Otros no quieren dejar de buscar la puerta de la salvación por nada del mundo! No pretenden que todo ya esté bien con ellos. Sin embargo, vacilan ante la mismísima puerta de entrada. Hablan del arrepentimiento y la fe, sin embargo nunca los ponen en práctica. No buscan aquí y ahora la gracia de Dios y la reconciliación con Él, el don de la fe, la vida y la paz que Jesús nos ofrece. A eso no llegan jamás. Esperan hasta que es demasiado tarde. Vacilan año tras año, y creen que el Señor siempre los estará esperando. Piensan que no les podrá cerrar la puerta, mientras todavía no hayan entrado. Y por engañarse tanto así, al final no pueden entrar.

    Es mucho más difícil entender esta segunda razón. Esta es la verdadera “piedra de tropiezo y roca que hace caer” (1 P.2:8). Esto puede explicarse de la siguiente manera: Muchos procurarán tan seriamente entrar por la puerta estrecha, que por amor al Reino de Dios son capaces de abandonar padre, madre, hermanos y aun su propia vida. Sin embargo, no podrán entrar sólo porque no están dispuestos a abandonar algo que los cautiva aún más que su propia vida, es decir: Su propia opinión, o el valor que creen que tiene su propia penitencia y renuncia.

    En otras palabras: Tratan de entrar por la puerta estrecha, pero no quieren que alguien les diga cuál es esa puerta estrecha. Avanzan y golpean con su cabeza contra una pared que no tiene puertas. Son las personas a las que se refiere Cristo cuando describe al hombre que entró a la salón de fiestas sin estar vestido de boda (Mt.22:11). O con el ejemplo de las vírgenes insensatas, que no llevaron consigo aceite para las lámparas para recibir al esposo (Mt.25:3). Son aquellos que conocen a Cristo y su doctrina, pero sólo en sus intelectos y en sus bocas. En sus corazones tienen otra cosa, que les importa más, es decir: No la Justicia de Cristo, sino su propia “justicia”, lo que ellos llegaron a ser y las obras que pudieron hacer…

    Publicado por editorial El Sembrador