6 de abril 2026

    6.Haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre.Ez.37:26

    Debido al quebrantamiento del pacto con Dios por parte de Adán, toda la humanidad se hizo culpable de castigo eterno. Y de esta terrible calamidad, los seres humanos somos totalmente incapaces de redimirnos a nosotros mismos, y de volver a cumplir la Ley de Dios. Pero como la providencia de Dios había previsto este desastre, y Dios, en su gran misericordia, había sentido compasión por la humanidad caída, Él tomó medidas para corregir esta desgracia.

    Antes de la fundación del mundo, y antes de que el primer ser humano habitase la tierra, en su eterno plan celestial, Dios había resuelto rescatar a la humanidad, sacrificando por ella a su Hijo.

    Mediante Él hizo un nuevo pacto. En relación a nosotros, seres humanos pecadores, fue un pacto de gracia y paz. Pero en otro sentido, fue el mismo pacto de Ley que Dios había hecho con Adán, pero que fue quebrantado, y que el hombre caído ya no podía cumplir. Era el mismo pacto de Ley, de la cual a todo hombre todavía le queda un tenue conocimiento en su conciencia. Esa Ley que, para enjuiciar a toda la humanidad, fue grabada con categóricas y explícitas palabras en dos tablas de piedra en el monte Sinaí.

    La Escritura dice: “Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro.8:3). Conforme al nuevo pacto, el Hijo de Dios unió la naturaleza humana y su eterna divinidad, para llegar a ser un verdadero ser humano: El segundo Adán de la humanidad. Y como tal, representar a la humanidad; reconciliarla y restaurarla, del mismo modo en que el primer Adán la representó, pero la llevó a la ruina al caer en pecado.

    Todo esto lo hizo el Hijo de Dios en el tiempo predeterminado por el Padre.

    En consecuencia, Cristo se propuso cumplir todas las demandas de la Ley en lugar de los hombres; y luego, someterse al castigo del que ellos se habían hecho merecedores por transgredir la Ley. En fin, ”haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8).

    Dice San Pablo que la promesa de bendición fue hecha a Abraham y a su Simiente, que es Cristo. Él obtuvo la eterna bienaventuranza originalmente destinada y prometida a la humanidad, pero perdida debido a la caída del hombre. Esto está incluido en el pacto y en la herencia. Usando las palabras de David, Jesús “tomó dones para los hombres” (Sal.68:18). Dones que reparte entre los seres humanos como Señor y Rey. Con ese propósito los hombres habrían de llegar a ser su propiedad: Para que Él los guarde y preserve, para vida eterna. Ellos mismos debían ser la recompensa de su obra.

    Todo esto se llama en las Escrituras, “pacto” o “testamento”. Por una parte está Dios, que toma una resolución. Por otra parte, los seres humanos, quienes se benefician con este pacto.

    Los principales beneficios de este pacto para los hombres son: El perdón de los pecados; la eterna justicia y paz con Dios; la adopción como hijos; el don del Espíritu Santo, el poder para la santificación y la victoria sobre todos los enemigos espirituales. De ese testamento se dice en Gál.3:17: “El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la Ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga para invalidar la promesa”. El testamento estuvo en vigor antes y después de la muerte del Testador; y gracias a la certeza del mismo, Dios lo consideró como cumplido ya al principio del mundo.

    El “Antiguo Testamento” es el período de tiempo de la administración especial, anunciadora y preparatoria de la Ley. Antes del nacimiento de Cristo, Dios se relacionó con el pueblo de Israel de una manera especial.

    El “Nuevo Testamento” es el período de tiempo de la Gracia, que comienza con la llegada de Cristo y se cumple con su obra propiciatoria. Cristo comparó esta administración y este período con una boda, iniciada con la llegada del esperado esposo.

    Pero el eterno pacto de Dios en Cristo, fue el mismo durante ambos períodos: El Antiguo y el Nuevo Testamento. Después de la caída, se les anunció a Adán y Eva el mismo pacto que a nosotros, es decir, que la Simiente de la mujer habría de aplastarle la cabeza a la serpiente. Abraham fue justificado por la fe en esa Simiente, igual que nosotros, al punto que las Escrituras a menudo nos presentan la fe y la justificación de Abraham como ejemplos. Como dice en Ro.4:3: “Abraham creyó a Dios (lo que Dios le prometió acerca de Cristo) y le fue contado por justicia”. Y David confesó la misma fe cuando dijo: “Bienaventurado el hombre, a quien Dios atribuye justicia sin obras… cuyas iniquidades son perdonadas” (Ro.4:6-7).

    Publicado por editorial El Sembrador