5.Tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios… y vuestros miembros a Dios, como instrumentos de justicia.Ro.6:13
Aquí el apóstol nos amonesta a que no llevemos a cabo iniquidades con los miembros de nuestro cuerpo, aunque no podamos evitar el movimiento interior del pecado con malos pensamientos y deseos.
Oponiéndonos a nuestra maldad interior, hemos de hablar y obrar de acuerdo a la Palabra de Dios. Pablo se refiere aquí a nuestro cuerpo mortal y a sus miembros: ojos, oídos, lengua, manos, pies etc. Por ejemplo, cuando tu ojo se siente tentado por el lujo y los bienes materiales, o por la belleza seductora de una mujer, o por la vanidad del mundo…
Estos objetos visibles pueden arrastrarte al pecado. Entonces has de suprimir el naciente deseo. Ni siquiera debes permitirle a tu ojo mirar esos codiciados objetos. Si lo haces, lo entregarás al pecado como instrumento de injusticia. Con el oído recibimos las tentaciones de una conversación pecaminosa y engañosa. Si nos detenemos a escucharlas, prestamos nuestro oído al pecado, como instrumento de injusticia. El odio nos tienta a herir, atormentar y menospreciar a nuestro prójimo por medio de la lengua. Un rencor o una envidia secreta nos tientan a calumniar o difamar a nuestro prójimo ausente, y a interpretar sus palabras o actos de la peor manera.
Si en tales ocasiones le damos libertad a nuestra lengua, se la prestamos al pecado como instrumento de injusticia.
Pero, ¡entreguémonos con cuerpo y alma, con todas nuestras fuerzas interiores y exteriores a Dios! Primero el temor, la confianza y el amor del corazón, y luego todo sufrimiento, acto de obediencia y de servicio. Eso es lo que hemos de darle a Dios. A Él hemos de confiarnos con todo lo que tenemos.
A Él hemos de dedicar toda nuestra vida con todas sus fuerzas. No hemos de negarle ningún trabajo que nos pide, ni evadir ningún sufrimiento o sacrificio que nos impone. Por amor a Él no hemos de estimar mucho nuestra vida ¡Ah, qué gracia que Dios nos permita consagrarnos a Él de esta forma! Él nos quiere poseer por entero. Quiere decirle a cada pobre pecador: “¡Hijo mío, dame tu corazón!” (Prov.23:26).
Y cuando nos hemos entregado así de corazón a Dios, con todo lo que tenemos, debemos consagrarle también el servicio de nuestros miembros como instrumentos de justicia. Aquí aprendemos que no es una verdadera piedad cuando uno quiere dedicarle a Dios sólo la devoción interior del alma, y guardar los miembros de cometer iniquidad, permaneciendo inactivo y sin hacer nada para el bien del prójimo y la gloria del Señor. El apóstol nos exhorta a servirle también con nuestro hombre exterior. Dice que hemos de “presentar a Dios nuestros miembros como instrumentos de justicia”. Hemos de ser piadosos no sólo absteniéndonos de obrar mal, sino ocupándonos también en hacer bien, y poniendo nuestros miembros al servicio del Señor como instrumentos suyos. Esto insinúa que nuestro Rey sostiene una guerra en este mundo, y que nuestros miembros deben servirle como armas allí. El apóstol dice: “como instrumentos de justicia”. De nuestro Rey dice en Jeremías 33:15, que “hará juicio y justicia en la tierra”, o sea: ejecutará todo lo que sea recto, bueno y santo. Y en ese cometido nos permitirá colaborar.
Podemos hacer eso de muchas maneras, cada cual de acuerdo al don que ha recibido (1 P.4:10). Hemos de usar nuestros miembros, ojos, oídos, manos, lengua etc., no sólo para lo que generalmente llamamos servicio divino, o sea escuchar y meditar la Palabra de Dios, adorarlo y confesarlo; sino también para todo lo que el amor demanda en nuestra vida diaria, en nuestra casa y ocupación terrenal. Inspirados y motivados por el amor de Cristo hemos de servir contentos a nuestro prójimo.
Cuando por amor al Señor, trabajamos paciente y honestamente, o compartimos generosamente nuestros bienes, le prestamos nuestras manos a Dios, como instrumentos de justicia. Cuando movidos por la inmensa gracia del Señor, nos compadecemos de los necesitados y los visitamos, le prestamos nuestros pies a Jesús. Cuando por amor a Él hablamos lo que es bueno y edificante, amonestando a los descarriados, o consolando a los tristes y enfermos, o enseñando e instruyendo a los niños y jóvenes en general, le consagramos nuestra lengua a Dios como instrumento de justicia. Cuando el obrero en el campo o en el taller, un humilde sirviente o una pobre empleada, motivados por la gracia de Dios, realizan su trabajo con fidelidad, y sufren sus dificultades con paciencia, deben saber que no sólo sirven a patrones humanos, sino al Señor mismo. Porque a todos los que sirvieron a sus prójimos en fe y amor por causa de Cristo, -de la mejor manera que pudieron-, un día, el propio fiel Señor declarará solemnemente en su reino de gloria: “A Mí me lo hicisteis” (Mt.25:40).
¡Qué poderoso consuelo y aliento si siempre pudiésemos tener esto presente! Mientras que todo el mundo sirve al pecado ¡Qué bendita vocación, que se nos permita dedicar nuestras vidas con todas sus fuerzas y capacidades al servicio del gran Señor, y participar de su santa lucha en la tierra! Esta es una invitación sobremanera dulce a nuestro espíritu: “¡Presentad vuestros miembros a Dios como miembros de justicia!” ¡Benditos todos aquellos que ponen en práctica su fe de esta manera! Los que responden a Dios: “¡Sí! y ¡Amén!”, con sus espíritus y con sus vidas.