5 de octubre 2026

    5.Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.Ro.8:13b El apóstol nos muestra aquí el poder para obtener victoria sobre la carne. Y lo hace para que les sirva de estímulo y dirección a los que reconocen su propia debilidad e incapacidad en la lucha. Pues se necesita algo más que capacidad humana para superar y mortificar las concupiscencias de la carne. Como dice Lutero al hablar de la mortificación de la carne por obra del Espíritu: “En el momento de la tentación, hemos de recordar la Palabra de Dios y fortalecernos contra la tentación por medio de la fe en la remisión de los pecados”.

    Ah, ¡Ojalá todos pudiésemos recordar esto cuando nos va realmente mal! Cuando nos falta poder en la lucha, y sólo sentimos la fuerza de la carne, de modo que muchas veces caemos y nos olvidamos de que somos cristianos, y nos parece que Dios ha muerto y desaparecido del mundo. ¡Si tan sólo pudiésemos recordar esto, que esa es la hora de desistir de luchar con nuestro propio brazo, y de volvernos sólo a lo que dice Dios acerca de su inmensa gracia por amor de Cristo Jesús! ¡Si en esa hora sólo pudiésemos acordarnos de volver al Evangelio y a los medios de gracia, a fin de recobrar la paz perdida; aquélla que recibimos por la fe en Jesús! Si en nuestra propia incapacidad y debilidad dejásemos de lado todas nuestras propias ideas, y tan solo preguntáramos:

    “Señor Dios, ¿me concedes tu gracia? ¿me darás el perdón de todos mis pecados?” A esta pregunta debemos recibir una respuesta positiva, antes de poder obtener cualquier poder. Sin embargo, no debemos buscar la respuesta en nuestros sentimientos, sino sólo en la Palabra de Dios. Si tengo la seguridad de que Dios es mi Padre y Amigo, debo dejar a su cuidado también el problema de superar mis tentaciones. Este es el secreto del poder para alcanzar la victoria.

    En tanto que me creo capaz de lograr algo por mí mismo, Dios siempre me dejará caer, porque el celo del Señor por la exaltación de su gracia es tan grande, que antes dejaría sucumbir la más hermosa vida, que darle su gloria a cualquier criatura.

    La conclusión final, respecto a la mortificación de nuestra carne, es que sólo el Señor tiene el poder para lograrla. Es el Señor quien la lleva a cabo, y lo hace de tal manera que no sólo nos causa ansiedad, sino que produce en nosotros humildad de espíritu y fe, buena voluntad y oración. Por eso nos exhorta a buscarlo todo en Él. Y cuando llegamos al punto en que nuestra fe sinceramente desea toda la gracia y la fuerza de Él, Él siempre cumple con su trabajo de mortificar nuestra carne, no importa cómo nos conduzca. Si oye nuestra oración y nos concede gracia y poder para renunciar a toda impiedad y a los deseos mundanos, entonces nuestra carne es mortificada, incluyendo la inclinación carnal más íntima del viejo hombre: La presunción sobre nuestra propia capacidad.

    Las obras de la carne a ser mortificadas son todas las manifestaciones de la degeneración natural, que se mezclan con nuestros pensamientos, emociones, palabras y actos. Nunca faltarán las ocasiones para mortificar la carne. En Gálatas 5 se enumeran muchas obras de la carne. Pero aun cuando no nos tienten pecados vergonzosos, siempre tendremos un profundo e infinito egoísmo; nuestra opinión, voluntad y orgullo propios, contra los cuales debemos estar perpetuamente prevenidos.

    Es más fácil pasar por alto esta depravación interna, porque es más fina o sutil que la externa, la cual es más grosera. Sin embargo, la fuente de todo mal y todo pecado, es interior y requiere una atención muy seria. Por eso, recordemos que – muchas veces – lo que nosotros pensamos y queremos, es lo primero de lo que debemos sospechar; lo que hemos de analizar a la luz de la Palabra de Dios, y eventualmente dominar en el poder del Espíritu.

    Cuando nos sentimos tentados a la ira e impaciencia hacia alguien, debemos recordar cuánto nos perdonó Dios, y cómo debemos perdonar por consiguiente a nuestro ofensor. O tal vez nos sentimos tentados a la arrogancia del intelecto, de nuestros estudios, arte o pericia. Recordemos entonces: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 P.5:5b). O nos sentimos tentados a los placeres sensuales y deseos impuros. Recordemos entonces que somos templos santos de Dios, y que por eso nuestros cuerpos no deben ser profanados (1 Co.3:16). Lo primero y lo último para nosotros es la eterna gracia y paz de Dios en la que vivimos, y por la que hemos de andar como es digno de nuestra condición. Tal vez nos sentimos tentados a la avaricia y codicia en el comercio y en nuestro trabajo. Recordemos entonces que somos herederos del cielo, por lo que hemos de buscar las cosas de arriba (Col.3:1-2; Mt.6:33).

    Ciertamente, hay una perpetua necesidad de afligir y domar nuestra carne. Mortificación ésta que muchas veces nos causará amargo sufrimiento, y que por eso nos demandará una infinita paciencia. Pero, ¡benditos los que permanecen firmes hasta el fin en esto! Son hijos de Dios y herederos del cielo.

    Muchas veces será amargo para nosotros; pero para Dios, sus ángeles, y todos los santos es una delicia ver cuando, por ejemplo, el joven que antes amaba mucho al mundo y sus placeres, ahora está dispuesto a perderlo todo por amor al Señor. O cuando el adolescente que por naturaleza era muy egoísta, ahora reprime sus propios caprichos, y somete su propia voluntad a la de Dios y a la de sus padres. O cuando la persona muy inclinada a la vanidad y soberbia, se vuelve modesta y simple, por la represión del Espíritu. En efecto, ¡Qué espectáculo más hermoso, cuando una persona arrogante y malvada comienza a corregirse a sí misma y a volverse suave, humilde y atenta! Cuando, por causa de la gracia de Dios, un ser humano comienza a enfrentar así a su propia naturaleza, y a combatir sus malas tendencias. Eso es ciertamente lo que se llama mortificar las obras de la carne por medio del Espíritu. Y el apóstol dice que esas personas vivirán e irán al cielo. Después de un corto tiempo de mortificar su carne, disfrutarán la vida eterna con Dios, con sus ángeles y santos, en una bienaventuranza sin fin.

    Publicado por editorial El Sembrador