5 de noviembre 2026

    5.Si dejaren sus hijos mi ley… entonces castigaré con vara su rebelión… mas no quitaré de él mi misericordia.Sal.89:30-33

    ¿Qué significa esto? Aquí hay algo llamativo. Se dice que los hijos de Dios pueden caer en pecado, y en ese caso Él los castigará con vara, los azotará. Sin embargo, se aclara que Dios no quitará su misericordia “de él”. ¿Quién es “él”?

    Al leer el Salmo podemos ver quién es “el primogénito” de Dios. A él Dios le promete misericordia eterna: “Le pondré por primogénito… para siempre le conservaré mi misericordia, y mi pacto será firme con él. Pondré su descendencia para siempre, y su trono como los días de los cielos”.

    ¿Puede Dios retirar la misericordia prometida, si sus hijos pecan? Sí, pero sólo si sus hijos, además de pecar, abandonan a Cristo y persisten en la incredulidad. Porque la gracia ha sido prometida por medio de Cristo, “el primogénito entre muchos hermanos” (Ro.8:29). La gracia es para los seres humanos, pero Dios hizo el pacto con su Hijo, el primogénito. Cristo es nuestro Salvador; en él tenemos la certeza de nuestra salvación. Él es nuestro Redentor y Abogado ante el Padre. Él ha intercedido por nosotros, ha pagado nuestras deudas, y ha satisfecho las demandas de la Ley. Por eso, por los méritos de Cristo, Dios no quitará su gracia, aunque los hijos pequen.

    Tengamos en cuenta que dice: “Sus hijos”. O sea, los que le pertenecen a Él, los que adoptó como hijos suyos, por medio del bautismo y la fe.

    Los que confían en Él y dependen de Él, así como los hijos confían y dependen de sus padres, y buscan en ellos sustento y protección. Los que tienen un corazón filial y buscan en Él la justificación y el consuelo. Los que no quieren apartarse de Cristo; los que reconocen sinceramente sus faltas ante Él, y confiesan que no deseaban cometerlas. Estos son sus hijos.

    Los hijos de Dios pueden desviarse y pecar gravemente. Eso se indica con las palabras: “Si dejaren mi ley… y no guardaren mis mandamientos…” ¿Qué hace Dios entonces? Dice que castigará con vara su rebelión y con azotes sus iniquidades, pero no quitará de él su misericordia. Lutero dice al respecto: “Cuando parece que Dios está airado conmigo y quiere rechazarme, puedo responder: -Santo Padre, antes de rechazarme a mí debes rechazar a tu amado Hijo, Jesucristo. Él es mi Redentor y mi Abogado. Si lo aceptas a Él, entonces también yo soy aceptado y soy salvo”.

    Posiblemente creas en Cristo como tu Salvador, y sinceramente desees vivir como un hijo de Dios. Pero ves que tienes muchos defectos, y crees que es inevitable que Dios te rechace, debido a tu conducta tan deficiente. No es así, pero puedes esperar que Dios te discipline con vara y con azotes, para purificarte. Lo hará internamente, apelando a tu conciencia cristiana. Y también externamente, mediante las pruebas, aflicciones y dificultades que fueren necesarias.

    Dios quiere corregir tus faltas y pecados. Para ello es necesario que Él utilice distintos tipos de varas y azotes. Sin embargo, Dios no quitará su misericordia, porque se la prometió a su Hijo. Con respecto a la gracia de Dios, tú no tienes nada que aportar. Él ha hecho un pacto con tu Mediador y Salvador. La misericordia y la gracia de Dios no se basan en tu persona ni en tu conducta; sino que, tienen otro fundamento: se trata del Hijo de Dios, Jesucristo. Tus pecados no pueden impedir la misericordia de Dios. Si fuera así, la gracia no sería gracia.

    Cuando sientas el peso de la amenaza de Dios, su vara y sus azotes en tu vida; en medio de la angustia y aún en la agonía, entonces puedes acudir y confiar en su misericordia, aferrándote a sus promesas de eterna gracia en Cristo. Si has pecado, y Dios tiene que disciplinarte con vara y azotes, no debes malinterpretarlo, pensando que Él está enojado contigo. ¿Por qué habrías de desesperar? Dios ha dicho de antemano que te corregiría por tus transgresiones. En medio de ese proceso, su misericordia sigue tan segura como siempre.

    Cuando sientas remordimientos y angustia por tus pecados, mira más allá de los negros nubarrones y di confiadamente: “Santo Dios, tienes justos motivos para disciplinarme, y te ruego que me azotes todo el tiempo que fuere necesario. Pero no me quites tu gracia, ni dejes de tener misericordia de mí. Así podré soportar y hasta podré alegrarme en medio de mis tribulaciones”. Esto es algo normal en la bienaventurada vida espiritual de los cristianos.

    Pero, si no experimentas la disciplina paternal de Dios en tu vida; si no sientes terrores y angustias, como azotes en tu conciencia, sino que vives tranquilamente sin preocuparte por tus pecados, practicando libremente algo que sabes que está mal ante Dios, entonces no eres un hijo, sino un bastardo.

    En ese caso, estarías espiritualmente muerto, y serías un hipócrita, una virgen insensata que se quedó sin aceite en su lámpara… A muchos hijos de Dios les cuesta creer lo que la Biblia dice, con respecto a la manera en que Él trata con nosotros. Tienen corazones débiles y temerosos, si bien buscan refugio en Cristo y confían en que son justificados por sus méritos.

    En este Salmo se nos dice que, en medio de todas nuestras debilidades, gozamos de la gracia y la misericordia de Dios, porque la misma se basa en el rescate ofrecido por nuestro Salvador Jesucristo. El pago por nuestra redención, consumado por el Hijo de Dios, es válido por toda la eternidad. Por eso, la gracia y la misericordia de Dios en Cristo, también son eternamente válidas.

    Publicado por editorial El Sembrador