5.Tardándose el esposo, todas (las vírgenes que lo aguardaban) cabecearon y se durmieron.Mt.25:5
Estas palabras de Cristo acerca de las diez vírgenes, tanto de las prudentes como de las insensatas, se verifican todos los días ante nuestros ojos, en la inconcebible somnolencia y tibieza general prevaleciente en el cristianismo. El mundo incrédulo está espiritualmente muerto, confiado y ciego. Los hipócritas se engañan a sí mismos, año tras año, con una falsa fe y una falsa esperanza.
Los cristianos espiritualmente despiertos se vuelven olvidadizos, somnolientos y negligentes. Se detienen a mitad de camino o recaen completamente en la muerte espiritual. Y la razón es que: “el esposo se tarda”. Jesús demora su regreso prometido. Esa tardanza se torna larga y tediosa. Los impíos progresan y disfrutan su prosperidad. Parecen felices, seguros y contentos. Al que teme al Señor y procura los bienes eternos e invisibles lo consideran “desequilibrado”.
Frecuentemente sufre desdichas y adversidades. Ante sus ojos y oídos ocurren miles de cosas atractivas y su corazón está siendo cautivado por el mundo.
Los impíos son admirados por millones, pero son relativamente pocos los que dan a los cristianos una palabra de ánimo o consuelo. Se descuida la Palabra de Dios y la oración. Este es “el día malo” y “la potestad de las tinieblas” (Lc.22:53), por eso el creyente cae en sueño e indiferencia. Y si duerme mucho tiempo, el aceite que una vez tuvo puede agotarse, mientras duerme profundamente, hasta quedar ciego y espiritualmente muerto.
El sueño y la frialdad, en el que caen a veces inclusive fieles cristianos, hace que los bienes espirituales y celestiales les parezcan triviales y poco importantes, mientras que los bienes materiales se les vuelven valiosos e importantes. Esto se manifiesta cuando un cristiano comienza a sentirse satisfecho y seguro consigo mismo. No se hace problemas por sus pecados, ni por la lucha del Espíritu contra la carne. No teme al enemigo de su alma; no está atento a los peligros de su propia naturaleza corrupta. Pedro estuvo en esa situación cuando declaró: “Aunque todos se escandalicen de Ti, yo nunca me escandalizaré”, y apenas pocas horas después negaba a su Señor (Mt.26:33).
David pasó por lo mismo cuando subió a la terraza de su palacio y echó miradas codiciosas sobre una mujer, sin temer ningún peligro (2 S.11:1-12). Cualquier cristiano es así cuando no se empeña en crecer cada vez más en todo lo bueno; cuando la gracia de Dios en Cristo Jesús ya no deleita su corazón; cuando le perdió el gusto a la oración y a la Palabra de Dios… Lo que caracteriza a un espíritu honesto y distingue a un creyente fiel de un cristiano muerto, es que el primero se preocupa enseguida cuando nota que está empezando a sentirse satisfecho consigo mismo; y tan pronto como nota la mirada acusadora de su Señor sobre él, “sale y llora amargamente” (Mt.26:75). O si se excede y su vida se vuelve licenciosa y Dios tiene que aplicar frenos externos de disciplina y castigo, o censurarlo por medio de otro cristiano, como el profeta Natán censuró a David (2 S.12:1-15), él lo acepta para su propio bien, toma la advertencia o castigo a pecho, confiesa su pecado y dejadez y desea volverse a Cristo.
Por el contrario, es señal de muerte y ceguera espiritual cuando la persona sigue dormida y despreocupada; y es señal de un cristianismo falso cuando una persona no acepta advertencias, y queda confiada y contenta consigo misma. O persevera conscientemente en su pecado, lo niega, oculta y defiende, como lo hizo Judas Iscariote (Lc.22:3-6); o procede como las vírgenes insensatas, guardando externamente las apariencias de las vírgenes prudentes, pero careciendo en lo profundo del corazón de la verdadera vida y piedad de los fieles, dejando que todo siga por algún tiempo así, en silencio, hasta que sea tarde y se cierre la puerta (Mt.25:10b). ¡Ah, qué condición más terrible, cuando una persona queda incapaz de examinarse seriamente a sí misma, incapaz de detenerse y repensar asuntos tan trascendentales, incapaz de desconfiar de su propia naturaleza! Pero, lamentablemente, así es la naturaleza humana, sufriendo una terrible consecuencia de la muerte que habría de ser la paga de la caída: “Ciertamente morirás” (Gn.2:17). Y se cumple lo que está escrito: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Ro.3:18). Oyen, leen, y saben que muchísimas personas se engañan con sus propias suposiciones y se meten en problemas; sin embargo, no tienen miedo de engañarse también así mismas.
Leen y oyen acerca de las señales características de su condición, pero no prestan atención y se distraen rápidamente con asuntos secundarios. Lutero expresa una gran verdad cuando dice: “Quien no teme por su propio bien, tiene motivo para temer”. Debería asustarse. Si una persona ya no es capaz de temer o desconfiar de sí misma; si vive en un pecado secreto y favorito, sin considerarlo peligroso; si piensa que no vale la pena considerarlo pecado y si está satisfecho consigo mismo y con su piedad personal, muestra las terribles señales de una secreta muerte espiritual, que son el preludio de miseria eterna.
El espíritu del temor de Dios es sin duda la señal característica de un cristiano verdadero y despierto. En efecto, éste teme aun cuando no hay peligro. Sabe de su propia flaqueza. Tiene miedo de engañarse a sí mismo. Nunca está satisfecho consigo mismo. Y cuando se siente espiritualmente somnoliento y olvidadizo, eso le preocupa muchísimo. Este espíritu de temor se manifiesta también en la debida vigilancia, y hace que la oveja se mantenga cerca de su Pastor y que los polluelos se refugien todo el tiempo bajo las alas de la gallina. Hace que los fieles quieran revestirse diariamente con la Justicia de Cristo. Por eso están preparados en todo tiempo, para que la ira divina no los fulmine. Están a resguardo de todo lo que vendrá. Están vestidos de blanco y preparados para presentarse a cualquier hora ante del Hijo del Hombre.