5 de marzo 2026

    5.Cristo Jesús… nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.1 Co.1:30

    Entre las numerosas instrucciones referentes a la celebración de la Pascua en el Antiguo Testamento, había una disponiendo que el cordero debía ser consumido completamente, no permitiéndose que quedase sobrante para el otro día. Si sobraba algo, debía ser quemado. ¡Qué orden! ¡Debían comer todo el cordero, sin dejar sobras! ¿Entiendes eso? ¿Entiendes lo que el Señor desea decirte con eso? Significa que no puedes tomar de Cristo solo lo que de Él te agrada. Debes recibirlo entero, como Él debió entregarse enteramente por ti en la cruz, y como Dios ahora te lo ofrece enteramente en el Evangelio, para sabiduría, justificación, santificación y redención.

    No nos sirve de nada pensar o decidir algo por nosotros mismos en cuanto a la manera de salvarnos. Eso ya lo resolvió Dios. Lo único único que nos queda por hacer a nosotros es escuchar, creer y obedecer. Quien no quería comer la Pascua podía dejar de hacerlo, pero quien quería comerla debía hacerlo como estaba prescrito -no cortando al cordero en pedazos, sino consumiéndolo enteramente.

    Algunos cortan al cordero en pedazos: en otras palabras, aceptan a Jesucristo sólo por su sabiduría, como un maestro, y aprenden sus espléndidas enseñanzas, pero nada más. Creen que personalmente no necesitan sus bendiciones ni se sienten afligidos por sus pecados, como para tener que recibir perdón para ser justificados. No lo necesitan como Sumo Sacerdote ni dejan que llegue a ser el Rey que los gobierne ni quien les da la santificación y redención.

    Algunas personas son como filósofos que discuten acerca del cristianismo, y creen saberlo todo. Pero sólo conocen a Cristo con sus mentes, en conceptos y pensamientos bien definidos y estructurados. Nunca aplican lo que saben a sí mismos, a sus propias almas y vidas. ¡Ah, cuán terrible esa manera de degradar al Santo de Dios! Es precisamente a los que son solamente cristianos en teoría a los que el Señor dirá un día: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Jn.9:41).

    Otros aceptan a Jesús sólo como ejemplo o modelo de vida, o sea: para la santificación, y creen que con eso se justificarán. Quieren tener a Cristo solo por Rey, pero no por Salvador. Hacen gran alharaca de la imitación de Cristo, de lo que deben hacer y llegar a ser ellos mismos, de la humildad, caridad, oración, abnegación etc., por lo que tienen gran apariencia de piedad, como si fuesen los mejores cristianos. Sin embargo, debajo de ese manto se oculta una profunda e insondable distorsión de la verdadera piedad, porque por culpa de su arrogancia jamás se reconocen como pecadores miserables y perdidos, que por fe en la propiciación de la sangre de Cristo, le deben su vida y se consuelan únicamente en Él.

    Si bien confiesan muy correctamente con sus labios la doctrina de la fe, sus corazones siguen confiando en lo que son y lo que deben hacer ellos mismos. Y esto es también “la canción de sus bocas” -la primera y la última para ellos-, no la de los salvos en el monte Sion: “Gloria al Cordero, que ha sido inmolado, y nos ha redimido para Dios con su sangre” (Ap.5:9), sino: “¡Gloria al Cordero que es nuestro modelo y nos ha santificado con su Espíritu!” Lo que esto revela es que que el verdadero tesoro y consuelo de sus corazones descansa en la piedad que ha sido obrada dentro de ellos, no en lo que el propio Cordero les adquirió con su sangre.

    ¿Y qué debemos decir de esto? Debemos decir: Es verdad que la piedad y honestidad son grandes virtudes. Pero lástima que ustedes no profundizan un poco más, para ver que por naturaleza odian a Dios y no tienen nada de esa piedad; que como pecadores totalmente perdidos y condenados, sólo tienen culpa que confesar, y miseria de que avergonzarse (Is.64:6; Sal.143:2; Ro.3:23); y que ante Dios vale sólo “el Cordero que fue inmolado y nos ha redimido para Dios con su sangre”.

    En tercer lugar, también hay algunos que quieren aceptar a Cristo como Salvador, para la reconciliación, pero no como Señor, para santificación. Son los que se mezclan con la pequeña manada de los creyentes, pero andan “según la carne” (Gá 5:16-24); los que si bien escuchan que “ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom.8:1), pero ignoran la segunda parte de ese mismo versículo: “…los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu;” los que se alegran de oír, que nuestras buenas obras no nos salvan, pero no quieren oír ni saber nada de mortificar la carne y de imitar a Cristo; hasta protestan y se quejan de que con tales enseñanzas afligimos sus conciencias con la Ley, se quedan -como dice Lutero- “sólo con la forma del Evangelio” y saben hablar mucho de la gracia y de la fe, pero con sus vidas demuestran que no poseen nada del Espíritu del temor del Señor. Viven muy libremente en sus pecados e iniquidades. Son pámpanos en la viña de Jesús que no llevan fruto, y todavía no fueron extirpados, cortados y podados. Crecen como les gusta, en forma vigorosa y silvestre. Cristo no gobierna en sus almas.

    ¿Qué les diremos a estos? Bien, su celo por el Evangelio y la libertad de conciencia es excelente, pero ¿por qué no aman entonces a su Redentor y aceptan también sus instrucciones? ¿Acaso las Sagradas Escritura son sólo “para hacernos sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús?” (2 Ti.3:15). ¿No dice también, que “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra?” ¡Escucha, entonces! El Cordero no debe ser partido en pedazos. Debe ser consumido entero. Pero todos los recién mencionados se equivocan, porque en vez de escuchar y prestar cuidadosa atención a la Palabra, piensan que pueden recibir a Cristo solo en parte.

    Publicado por editorial El Sembrador