5 de junio 2026

    5.¡No tendrás dioses ajenos delante de Mí!Éx.20:3

    Probablemente entendamos lo que demanda el Primer Mandamiento. Y si Dios quedaría satisfecho con nuestro conocimiento teórico, todo estaría bien.

    Pero es algo muy diferente lo que el Santo Dios reclama de nosotros. Es decir, que no sólo sepamos, entendamos y hablemos de ese conocimiento, sino que también obremos de acuerdo al mismo; que efectivamente hagamos lo que nos pide. Y a fin de mostrarnos que no tolera que se desprecie su Primer Mandamiento, añadió tanto una terrible amenaza para los transgresores, como una espléndida promesa para los cumplidores. Es precisamente a este Mandamiento al que agrega las palabras: “…porque Yo soy Jehová, tu Dios, fuerte y celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”(v. 5,6).

    Si bien estas palabras se aplican a todos los Mandamientos, cabe notar el santo celo del Señor por su Primer Mandamiento; y hemos de tomarlo a pecho, a fin de proceder en consecuencia. Después de todo, nadie quiere sufrir y soportar la ira de Dios. Es cuestión de hacer -no sólo conocer- su voluntad.

    Nuestro Señor Jesucristo le dijo al escriba, que le había recitado el Primer y Gran Mandamiento: “¡Haz esto y vivirás!” (Lc.10:28). Es burlarse del majestuoso Dios, es una terrible hipocresía y una payasada ante sus ojos, cuando nos contentamos con oír, leer, entender y comentar las palabras de Dios, olvidándonos de observarlas y practicarlas. Escuchemos, entonces, una vez más lo que dice: “¡No tendrás dioses ajenos delante de Mí!” ¿A quién se le ordena eso, si no a nosotros, que oímos esa voz, que leemos y entendemos este Mandamiento? ¿O pensamos que se dirige a otros, y que solamente ellos deben tomarlo en serio? ¿Por qué habríamos de ser una excepción nosotros? El Señor tampoco dice que podemos cumplir su Mandamiento “si nos gusta”.

    Simplemente ordena: “! No tendrás!” No somos libres para hacer o dejar de hacer lo que se nos ocurra. Hemos de guardar su santo Mandamiento, y evitar lo que éste prohíbe. De lo contrario, tendremos que cargar con la justa ira y condenación de Dios. Él tiene el derecho de demandar nuestra obediencia total.

    Tampoco dice que tenemos que abandonar la “mayoría” de los ídolos, pero que podemos conservar un par de ellos. Dice sencillamente: “¡No tendrás dioses ajenos delante de Mí!” Tal vez no estemos idolatrando a ningún ser humano, pero le damos más importancia a nuestro dinero que a Dios; tal vez no idolatremos al dinero o las riquezas, pero confiamos más en nuestro mérito personal o facultades personales. Tal vez tampoco estemos idolatrando nuestra piedad, pero poseemos un talento particular en cuestiones espirituales; una comprensión o sabiduría excepcional, que se convirtió en nuestro abominable ídolo. El Señor lo ve, y juzgará a cada uno sin distinción de personas. Hay una seriedad divina y eterna en este Mandamiento: “¡No tendrás dioses ajenos delante de Mí!”

    Pensemos ahora en el lado positivo del Mandamiento: En la palabra “¡Amarás!” Jesús explicó este Mandamiento diciendo: “¡Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente!” (Mt.22:37).

    “Amar” significa sentir un profundo aprecio. Si somos fríos ante Dios, si nuestro primer y último pensamiento y nuestro deseo más íntimo no es estar con Él, sino con otros; si no estamos interesados en hablarle a Él, ni en hablar de Él a otros; si nuestros pensamientos y palabras se ocupan más de otros temas, que nos resultan más atractivos, entonces no estamos amando a Dios en primer lugar.

    “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34) Si los Mandamientos de Dios nos resultan difíciles, de modo que tenemos que esforzarnos por hacer lo que le place; o si protestamos contra Él cuando nos quita nuestros ídolos, cuando impide nuestros pecados, o cuando nos envía sufrimientos, entonces no lo amamos con toda nuestra mente. Nos amamos más a nosotros mismos que al buen Dios y lo que a Él le agrada.

    Así estamos idolatrando al ídolo más abominable: A nosotros mismos, a nuestro ego. Y por eso, de acuerdo a la santa Ley del Señor, estamos condenados al infierno y nos corresponde parte con el diablo. Si, en cambio, observamos fielmente éste, el mayor Mandamiento de Dios, y a partir de este los demás Mandamientos, hemos de saber que Dios es sobremanera bondadoso; que se complace en todo nuestro ser, y que nos hará disfrutar de sus favores, en el tiempo y en la eternidad. Estas son las cosas que enseña la Ley.

    Si al considerar los Mandamientos de Dios permanecemos indiferentes, como simples oyentes o lectores, esperando que otros los tomen a pecho, mientras que nosotros mismos seguimos viviendo despreocupadamente, entonces despreciamos a Dios: No lo respetamos a Él, ni a su santa Ley. Tal vez seamos personas aparentemente piadosas y religiosas, que tratan de excusarse diciendo: “Esto es más de lo que cualquier ser humano puede cumplir…” Y así vivimos sin preocuparnos por la voluntad de Dios, en nuestra pobreza espiritual.

    Pobreza que no nos preocupa, ni aflige, ni inquieta para nada; sino que nos permite seguir viviendo tranquilos y satisfechos. O podemos ser de los que dicen: “Esto es verdad. Los cristianos debiéramos ser así. Debiéramos hacer esto y aquello”. Sin embargo, no tomamos parte en ese penoso esfuerzo, y por consiguiente tampoco notamos cuán corruptos y perdidos estamos con toda nuestra presunta piedad, porque rápidamente saltamos el examen de nuestro propio corazón. Si ese es nuestro caso, hemos de saber que somos ciegos e hipócritas como aquel escriba, que supo recitar correctamente el primer y mayor Mandamiento, pero aún pretendía “justificarse a sí mismo” (Lc.10:29).

    Publicado por editorial El Sembrador