5 de julio 2026

    5.Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.Ro.10:9

    Aquí se dice claramente que uno es salvo si cree en su corazón y confiesa con la boca que Jesús es el Señor, y que fue levantado de los muertos. Tan cercana y segura es la bienaventuranza eterna por medio de la “palabra de fe” (v.8). Al abrir tu corazón a esta palabra, tienes la fe verdadera en Jesús. Confesando sinceramente que Él es el Señor que descendió del cielo, murió y resucitó para ser tu Salvador, eres salvo.

    Pero, ¡pensémoslo bien! Cuando el apóstol hace la gran declaración: “Serás salvo”, menciona primero una señal característica de la fe verdadera, que también es, en cierto sentido, una necesaria muestra de esta fe. La señal característica de la fe salvadora es que nos convierte en amigos de nuestro Señor Jesucristo; y por “la abundancia del corazón” lo confesamos ante los demás, y tratamos de promover su Reino.

    La confesión o testimonio es una necesidad de la fe. La fe salvadora siempre enciende en el corazón el íntimo deseo y la decisión de dar testimonio de Jesucristo, porque Él llegó a ser el tesoro del alma. La fe también produce un celo de amor, que desea exaltar su Nombre, y colaborar en la salvación de los demás.

    La palabra “confesar” se refiere aquí a esa libre y espontánea expresión de la fe del corazón. No es solamente una confesión de labios, ni una simple repetición de algo previamente memorizado; tampoco es la confesión que pronunciamos en la liturgia del culto. Cualquier incrédulo también puede hacer esa clase de confesiones.

    La Biblia siempre habla en serio, y cuando habla de fe salvadora y de la consiguiente confesión, siempre se refiere a la fe sincera y a la confesión verdadera; a eso se refiere cuando dice: “la boca habla de la abundancia del corazón” (Mt.12:34). Además, el apóstol expresamente agrega las palabras: “…y creyeres en tu corazón”. O sea que el apóstol habla de una confesión que procede del corazón, como cuando David dice: “Creí, por tanto hablé” (Sal.116:10).

    ¿Y qué confiesa de Jesús el alma creyente? Que “Él es el Señor”, dice el apóstol. Esto es lo primero que un hijo de Dios cree y confiesa; es decir, que el tan despreciado, torturado y crucificado Jesús de Nazaret, es el “Señor del cielo”; y que “Él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos” (Hch.10:42). Sí, la confesión de que Jesús es el Señor abarca todo lo que creemos y confesamos acerca de su persona y obra.

    No podemos creer y confesar esto debidamente sin la iluminación del Espíritu Santo. En cuanto a esto el apóstol dice: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co.12:3). El apóstol se refiere a la confesión como una obra del Espíritu de Dios en el alma del creyente. Por la iluminación del Espíritu podemos creer en nuestros corazones ya ahora lo que un día confesará toda lengua: “Que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios Padre” (Fil.2:11).

    Pero según el apóstol el alma creyente confiesa algo más acerca de Jesús, es decir: “Que Dios lo levantó de los muertos”. Esta breve confesión de la resurrección de Jesús comprende todo lo que el alma creyente necesita para su plena seguridad y eterna felicidad. Cree y confiesa que “Jesús es el Señor” y que “Dios lo levantó de los muertos”.

    La fe salvadora abarca todo eso. Es lo mismo que la breve exhortación: “¡Cree en el Señor Jesucristo!” (Hch.16:31), o las expresiones “El que tiene el Hijo”(1 Jn.5:12); y “el que come mi carne, y bebe mi sangre” (Jn.6:54). Toda la Escritura testifica de esa fe en Cristo, que “todo aquel que en Él cree, no se perderá, sino que tendrá la vida eterna” (Jn.3:16).

    Nuestro texto declara: “…serás salvo”. Pensemos bien qué significa: “¡Salvo!” ¿Podemos estar a salvo y ser eternamente felices con Dios en el cielo? ¿Habrá algo que nos pueda dar la seguridad de eso? Ante esas preguntas nuestro texto adquiere una enorme importancia. Aquí el apóstol por inspiración de Dios dice que ya está bien establecido y decidido quiénes serán salvos.

    Afirma que si por la fe de tu corazón confiesas a tu Salvador; si tienes la verdadera fe, que confiesa a Cristo, entonces está decidido que serás salvo. Tendrás que sufrir solamente unos pocos años, o días, en este valle de lágrimas; ¡Luego disfrutarás la bienaventuranza eterna con Dios! ¡Es algo demasiado maravilloso! Sin embargo se debe proclamar como una firme decisión de Dios, asentada por escrito en la Biblia. En esta fe hemos de perseverar hasta el fin, confesado a Jesús.

    Sólo iluminados por esa fe un día estaremos al lado del Salvador y seremos invitados a heredar el Reino que fue preparado desde la “fundación del mundo” (Mt.25:34). Notemos el énfasis que el apóstol pone en las palabras: “Tu boca” y “tu corazón”, invitando a todo lector a preguntarse: ¿Soy yo un creyente así? ¿Es la confesión de mi boca la que se menciona aquí? ¿Tengo yo la costumbre de dar testimonio de Jesús, y de darlo impulsado por la fe de mi corazón?

    Nuestra seguridad de salvación será exactamente así de grande, como sea la fe de nuestro corazón en Jesús, y la confesión de nuestra boca en su resurrección y señorío.

    Publicado por editorial El Sembrador