5 de febrero 2026

    5.Mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella no por fe, sino como por obras de la Ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo.Ro.9:31-32

    ¡Miren lo que hace la elección de Dios! El Señor ha elegido el camino de la fe para salvar al pecador, no el de las obras; al “hijo de la promesa”, no al de la esclava.

    Cuando alguien trata de obtener el favor de Dios por medio de sus buenas obras, de su religión y de su servicio a Dios, no trata de hacer algo difícil, sino algo imposible. Dios eligió a los hijos de la fe. Es inútil tratar de cambiar la elección de Dios. Pues ocurrirá lo mismo que con el pueblo de Israel, que “iba tras una Ley de justicia, y no la alcanzó”; mientras que el que no iba tras ella la alcanzó, pues la recibe por fe en Jesús.

    En la parábola del hijo pródigo, el hijo mayor, que siempre había servido fielmente a su padre y nunca había contrariado su voluntad, no recibe por eso ninguna recompensa; pero el que había malgastado su fortuna con rameras, al volver arrepentido, recibe de pura gracia, por la piedad de su padre, un becerro engordado y una gran fiesta (Lc.15:29-30). Así “muchos postreros serán primeros, y primeros, postreros” (Mt.19:30).

    ¡Una actitud tan extraña puede llenar de asombro a los cielos y a la tierra! Porque están los que “han soportado toda la carga y el calor del día” (Mt.20:12), los que han mortificado sus cuerpos con ejercicios de penitencia, han dejado realmente de lado al mundo y los placeres, y se empeñaron en guardar los Mandamientos de Dios y en realizar obras de caridad. Sin embargo, éstos verán finalmente a publicanos y rameras, que un tiempo vivieron descarada y promiscuamente en pecado, “entrando al Reino de Dios delante de los sacerdotes y ancianos” (Mt.21:23,31).

    Estos últimos reciben la liberación, la paz y el gozo que el Evangelio promete -por los méritos de Jesús- a todos los que creen en Él; y se regocijan luciendo “el mejor vestido”: La perfecta Justicia de su Salvador; y el “anillo” de la adopción. Los primeros, en cambio, están absorbidos y agotados por sus muchos servicios, pero aun les falta la Justicia y el privilegio de la adopción (Lc.15:22,24).

    No sorprende que esta gente se sienta ofendida y amargada, y proteste contra tan extraña administración. Pero ¿de qué vale? Dios ya lo había resuelto en su plan, antes de la fundación del mundo. Y no es fácil discutir contra el Señor, “que mide los cielos con su palmo, y con tres dedos junta el polvo de la tierra” (Is.40:12). Él es infinitamente mayor y más sabio que nosotros, y tiene las llaves del infierno y de la muerte, “el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre” (Ap.3:7), “el que tiene misericordia, del que tiene misericordia” (Éx.33:19).

    La salvación de ninguna persona depende de la voluntad o del esfuerzo humano, sino sólo de la misericordia de Dios. Él elige al que quiere, y le agradó elegir a los que creen en el Nombre de su unigénito Hijo, y no a los que quieren conquistar el cielo por sí mismos. Esta es la eterna predestinación de Dios. Él nos eligió en Cristo, y sólo en Cristo, ya antes de la fundación del mundo. Quien no presta atención a esta elección, sino que se esfuerza por salvarse a sí mismo pensando que puede despreciar la gracia de Dios, arremete con su cabeza contra una muralla de roca; una muralla que no tiene ninguna puerta ni abertura que dé paso…

    Después de haber perseguido la justicia con todo empeño, tendrá que aceptar el rechazo: ¡Llévate lo que mereces y vete! Aunque suene despiadado, la Palabra de Dios dice: “Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre”. “Porque todos los que dependen de las obras de la Ley, están bajo maldición” (Gá.4:30;3:10).

    Dios nos eligió en Cristo y entregó a su Hijo a los tormentos de la muerte para propiciar por nuestros pecados y obtenernos la salvación. Ninguna otra cosa en el cielo y en la tierra satisfizo su divina justicia, sino la obediencia y la sangre de su unigénito Hijo. Por eso, su celo por la gloria del Hijo arde como un gran fuego que avanza sobre todo el mundo y devora todo lo que encuentra a su paso, aunque fuese la mayor santidad humana.

    ¡Que nadie jamás se presente ante Dios en su propio nombre! ¡Nunca tratemos de conquistarnos el favor de Dios por otro medio, que no sea el sacrificio de su amado Hijo! Posiblemente tú seas sincero en tu piedad, ores asidua y fervientemente, te arrepientes sinceramente de tus pecados, veles y luches contra las tentaciones, y practiques la caridad. Todo eso es hermoso y bueno.

    Pero haz todo esto y aún más: Sé la mejor persona del mundo, y no obstante, serás condenado ante Dios. No te servirá de nada si no aprendiste a considerarlo todo como basura, y Cristo -sólo Cristo- llegó a ser tu Justicia y tu único Salvador.

    Publicado por editorial El Sembrador