5.El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.Ro.8:16
¡Qué sublime y glorioso es ser un hijo de Dios, y ser consciente de ello por obra del Espíritu de adopción, que nos confiere esa dulce comunión con Dios! Así habla el apóstol aquí, así lo declara toda la Escritura, y así lo confirma la más bendita experiencia de todos los cristianos, librados del poder de Satanás. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.
Preguntémonos a nosotros mismos, ¿cuál es nuestra situación -mi situación- con respecto a esta cuestión tan importante? Tú que lees esto, ¿eres feliz por tener el testimonio del Espíritu de Dios, asegurándote que eres un hijo de Dios? Tal vez eres cristiano, amas la Palabra de Dios, no hay nada de escandaloso que censurar en tu vida, pero ¿qué pasa con tu alma, con tu corazón? ¿Ya te has relacionado tan estrechamente con Dios, que puedes llamarlo Abba, Padre? Esto es lo principal. Toma especial nota de esto. Este es el tema más importante de toda nuestra vida cristiana: Que el corazón disfrute estrecha amistad con Dios por medio de Cristo, que podamos conversar con Él, que estemos unidos a Él. Este es el verdadero centro y la fuente de todo el cristianismo, de todo lo que comprende ser realmente cristiano. Es la vida del Paraíso restaurada, la vida que el hombre perdió por causa de la caída: La intimidad obtenida por el Espíritu de adopción, de andar y conversar con Dios, como lo hace un niño con su padre.
¿Posees tú este íntimo Espíritu de adopción? No dejes de lado esta pregunta antes de haberla respondido sinceramente. Este íntimo Espíritu de adopción es el verdadero centro de toda la vida espiritual, por el que llegan todas las demás bendiciones. Sin este Espíritu, todo es muerte y frialdad, esclavitud e impotencia. Y ¿de qué aprovechan todos los dones espirituales, si por la fe en Jesús no obtienes esa paz con Dios, esa estrecha comunión con Él? Cristo declaró expresamente que ningún otro auxilio nos llevará a la salvación, mientras no estemos personalmente unidos a Él (Jn.15).
En esta íntima comunión con el Salvador también radica el secreto del poder de la fe cristiana, tanto para practicar el bien, como para soportar aflicciones. Es la fuente de la que brota toda vida verdaderamente santa y agradable a Dios.
Cuán pobre, servil e impotente es la vida cristiana en aquellos que no tienen la seguridad de la fe, ¡la intimidad con Dios! Tendrán cantidad de buenas intenciones, decisiones y resoluciones, pero no conducen a nada. Todo el tiempo siguen siendo miserables siervos del mundo, siguen pecando en sus corazones, y son gobernados por el diablo de acuerdo a su voluntad. El Espíritu no está en ellos.
Algunos tienen la verdadera fe, pero su fe todavía es débil; el hambre y la sed de comunión con Dios todavía no fueron satisfechas. Otros, son cristianos por tradición; su fe perdió el vigor evangélico y su cristianismo se volvió tibio y legalista; se han vuelto impotentes y caen siempre de nuevo en algún pecado del que no pueden librarse; son lerdos y desinteresados para todo lo espiritual; silencian su profesión de fe; han perdido el fervor para orar, y sus corazones están fríos y falta el tesoro verdadero. Porque el corazón que ya no atesora la gracia de Dios ni tiene la paz de Dios que lo llene ni el Amigo que está por encima de todos los demás, pronto codicia nuevamente el pecado y la vanidad. Mucho más le pasa eso a las almas que aún no se han iniciado en la fe, ¡y todavía yacen bajo el yugo de la esclavitud del pecado!
En cambio, cuando el alma obtuvo ante Dios la feliz seguridad de haber sido perdonada, y vive en cercana amistad con su Salvador personal, ¡qué vida, qué delicia y poder, qué gozosa alabanza y qué valiente profesión de fe! ¡Qué disposición a separarse del mundo impío y de toda injusticia fluyen inmediatamente de ahí! A esas cosas se refirió Cristo cuando dijo: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, sino permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn.15:4-5). Y San Juan dice: “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe” (1 Jn.5:4). Lo mismo dice el profeta: “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (Neh.8:10).
Por eso, a fin de obtener poder para una vida santificada, para consagrarnos a Dios en nuestra profesión, para repudiar al mundo, para demostrar paciencia y fortaleza en los sufrimientos… ¡Cuán importante y necesario es poseer la seguridad de la gracia de Dios y estar estrechamente unidos a nuestro Salvador! Sí, cuán necesario es guardar esta verdadera confianza de un niño, que el apóstol llama el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Ro.8:15). ¡Guardemos esta fe como la más preciosa joya, como al ojo, o al corazón! Acaso no debiéramos reflexionar, entonces, y examinarnos en la presencia de Dios, preguntándose cada uno a sí mismo: “¿Poseo yo este íntimo Espíritu de adopción? ¿Poseo el testimonio de ser un hijo de Dios?”