5 de agosto 2026

    5.A fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.Ro.15:4

    El propósito de Dios con “las cosas que se escribieron antes” en las Sagradas Escrituras, no es sólo darnos conocimiento para nuestras mentes, sino principalmente los beneficios y el poder que necesitamos para nuestras vidas, “a fin de que por la paciencia y consolación (derivadas) de las Escrituras, tengamos esperanza”. La Escritura, -si la estudiamos correctamente-, nos alienta con palabras y ejemplos a tener paciencia en los reveses de la vida.

    Ante todo, hemos de saber que la esperanza de la que se habla aquí, es la esperanza que los creyentes tienen en la eterna salvación y bienaventuranza.

    Obtenemos esa paciencia y consolación de las Escrituras, cuando leemos las piadosas y preciosas promesas de ella para los creyentes que se encuentran en tribulación y aflicción; o cuando meditamos en los hermosos ejemplos de personas, que debieron soportar sufrimientos muy prolongados y amargos, (y los sufrieron con paciencia), confiaron en la ayuda del Señor y acabaron siendo coronados con un glorioso final. Esto, entonces, nos da “la consolación de las Escrituras”, nos anima a tener paciencia y tenacidad también; a confiar en el Señor, esperando que nos dé también a nosotros un final feliz después de todos los sufrimientos. Las Escrituras nos alientan a creer que el Señor seguirá siendo el mismo fiel Dios de siempre, que nos dispensará la misma gracia que les dispensó a nuestros padres. Nos aseguran que nuestras esperanzas no serán defraudadas. La paciencia se la puede ejercitar únicamente en el sufrimiento y en las aflicciones, y sólo entonces se puede conocer y apreciar debidamente la consolación de las Escrituras. No habiendo sufrimientos y dolores, todos los textos bíblicos de consuelo carecen de todo poder y provecho. Es en la aflicción donde el consuelo de la Escritura cobra poder, y nos da paciencia y esperanza. Pero también esto ocurre únicamente por “la consolación de las Escrituras”. Porque si perdemos de vista la Palabra, su luz no nos alumbrará en la aflicción. Es sólo por la “paciencia y consolación de las Escrituras” como se fortalece la esperanza durante la aflicción.

    Recordemos algunos ejemplos, que nos harán ver enseguida algo de la consolación que nos imparte las Escrituras: “Habéis oído de la paciencia de Job”, dice Santiago (Stg.5:11). La historia de Job nos enseña de cuán terriblemente este amigo de Dios fue azotado. Primero fue privado de todo lo más querido que tenía en este mundo. Luego fue herido con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza (Job 2:7). Y finalmente aun su mujer y sus amigos le aconsejaron mal y lo escarnecieron. Pero el Señor durante todo este proceso seguía siendo su misericordioso Amigo, y al fin le dio el doble de los bienes temporales que había perdido, además del precioso testimonio de que no había “otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job.1:1,8; 2:3), ¡Cuánta enseñanza y consolación desprendemos de esto! Vemos que también nosotros podemos permanecer en íntima amistad con Dios durante todo nuestro sufrimiento; también nosotros podemos obtener alivio y consuelo cuando Dios lo disponga.

    Y aún después de esta vida, podremos hallar la bendita eternidad. Consideremos la larga prueba de Abraham, cómo al final recibió la bendición prometida. Dios le había prometido que sería el ancestro de una gran nación (Gn.12:2 ss.). Y luego lo dejó envejecer sin hijos, hasta su centésimo año. Y cuando finalmente le fue dado “el hijo de la promesa”, el Señor le ordenó que se lo ofreciera en holocausto (Gn.22:2). ¡Qué prueba! Sin embargo vemos ahí en qué forma gloriosa el Señor cumplió su promesa.

    ¡Miremos la numerosa y maravillosa descendencia que recibió Abraham! ¡La “Simiente selecta”, el Hijo de Dios, habría de provenir de ella según la carne! (Ro.9:5).

    Otro ejemplo es David, “varón conforme al corazón de Dios” (Hch.13:22). No obstante, ¡Qué experiencias indeciblemente amargas debió sufrir! Por ejemplo, cuando él, un santo profeta, sufrió caídas tan grandes y terribles que llegó a ser una obvia ofensa para todo el pueblo, dando motivo de burlas en Israel y comentarios blasfemos en las bocas de los infieles (2 S.12:14). Luego su propio hijo provocó una rebelión (2 S.15) y lo destituyó de su trono. Tiempo después David pecó de soberbia, haciendo censar a su pueblo (2 S:24), por lo que recibió un terrible castigo: Murieron de peste setenta mil hombres en Israel. Y David debió reconocerse culpable de toda esa desgracia (v.17; 1 Cr.21:8-17). ¿Quién más que David hubiese querido ser sólo de bendición para su pueblo? ¡Ah, con cuánta amargura puede afligir Dios a sus más queridos hijos! ¡David llegó al extremo de considerarse sólo como causa de aflicción para su pueblo! Primero por su grave caída, y en segundo lugar por su pecado de orgullo, al censar al pueblo. ¡Y sin embargo Dios no desechó a David! Al contrario, este mismo David encontró tanto favor con Dios, que el Hijo de Dios en su amargo sufrimiento en la cruz usó las palabras de David para expresar su más profundo dolor Comp. Mt.27:46 con Sal.22:1). ¡Tal es el consuelo de la Escritura!

    Con toda seguridad estos ejemplos pueden fortalecer nuestra esperanza, para que aún en medio de nuestras más amargas experiencias conservemos la confianza en nuestro extraño pero fiel Dios. El Nuevo Testamento nos remite continuamente al sufrimiento de Cristo, para que recordemos cómo fue atribulado, pero finalmente entró a su gloria, después de todas sus penas. “Para que corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”, dice el apóstol (He.12:1), “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual, por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a Aquel, que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse ni desmaye” (He.12:2-3). Tal es la consolación de la Escritura, por cuya enseñanza hemos de aprender a tener paciencia y esperanza hasta el fin.

    Publicado por editorial El Sembrador